La flor de cerezo: belleza efímera

domingo, 11 de abril de 2021 · 14:05

Quizás la flor que más remite a Japón es el sakura, o como se le denomina en Occidente: flor de cerezo. Lo es incluso más que el crisantemo, que es un símbolo nacional, utilizado como sello por la Familia imperial. Esta delicada flor, cuyos colores pueden ser de un rosa suave, blanco o un rosado intenso, florece desde finales de marzo hasta principios de mayo, empezando en el Sur de Japón y extendiéndose hacia el Norte. El esplendor máximo de estas flores dura solamente una semana. De ahí que el cerezo tenga tanto simbolismo dentro de la cultura japonesa.

El sakura forma parte del pensamiento japonés; más allá de su concepto estético, es una alegoría a su visión de la vida y de la muerte. Al tener una floración, decíamos, de aproximadamente una semana, en el budismo nipón la caída de los pétalos representa lo efímero de la vida; simbolizan la brevedad de nuestra estadía en el tiempo. En el bushido, un antiguo código ético del guerrero japonés, los samuráis vivían bajo un concepto referente a lo anterior. Ellos creían que se debía vivir con pasión y morir joven (utsukushiku ikiru), lo que significa hacerlo con sinceridad y belleza interior, aunque la existencia sea breve. Debido a esto, la flor del cerezo representaba la vida del samurái y la caída de sus pétalos la reencarnación sucinta de aquellos que habían muerto en los combates.

En la literatura y música japonesas es muy recurrente la imagen del sakura. La primera mención escrita sobre ello fue en el año 720, en el Nihonshoki, el segundo libro más antiguo sobre la historia japonesa. En él, se describe una escena donde los pétalos de la flor se posan en la copa para beber el sake del emperador Richû (s. V). Además del paisajismo, en la literatura la mujer es comparada con esta flor, debido a su delicada belleza.

En el waka y el haiku, ambos géneros de poesía japonesa, existen ciertas palabras que señalan la estación de la que se hace referencia en el poema. Este término se denomina kigo y se divide en cinco: primavera, verano, otoño, invierno y año nuevo. En el caso de la primavera, el kigo es el sakura, ya que su florecimiento se da en esta estación, generalmente a principios de abril.

En las artes escénicas tradicionales, como el nô, el kabuki o el rakugo, es usual que los espíritus de los árboles de cerezos sean representados y hay historias en las cuales las escenas representan la naturaleza humana en plena celebración del hanami (la tradición japonesa de observar las flores).

Otro concepto cultural que se atribuye al sakura es la época de las graduaciones, las cuales coinciden con la época de florecimiento, simbolizando así el cierre de un ciclo, pero a su vez la promesa de un nuevo comienzo. De hecho, existía un término utilizado por los estudiantes para notificar a sus familias la aprobación de los exámenes finales relacionado al sakura, que es sakura saku, cuyo significado sería “los cerezos florecen”. Dicho mensaje era enviado por telegrama por los jóvenes que debían trasladarse a las ciudades vecinas para continuar sus estudios. En caso de no recibir la nota aprobatoria, el mensaje enviado era sakura chiru, o “los cerezos se marchitan”.

Existen muchos términos o frases que hacen referencia a la flor del cerezo. Incluso la palabra hana, cuyo significado es “flor”, ha sido utilizada para referirse al sakura en particular. Algunas de estas frases son las siguientes:

Hanzakari: designa la temporada en la que los cerezos están en su máxima floración.

Hana no kage: cuando se está a la sombra de los cerezos en flor.

Hanami: su traducción literal es “ver o contemplar los cerezos”, pero también es un término que describe las conocidas meriendas al aire libre que los japoneses realizan durante esta temporada para disfrutar del brote de estos árboles.

Hana no kumo: o nube de flores, es una representación poética para describir una concentración de ellas en un espacio determinado.

Yozakura: se refiere al espectáculo nocturno de pasear entre los árboles de sakura iluminados.

Hana fubuki: de forma literal, la palabra fubuki significa “tormenta de nieve”, pero refiriéndose a las flores se traduce como “lluvia de pétalos”. El término alude al precioso espectáculo de los pétalos cayendo de los árboles, como un manto color rosa o blanco que al tocar el suelo o el agua lo cubren casi en su totalidad.

La relación con la naturaleza

Algo que siempre sorprende de Japón es el contraste entre la naturaleza y el paisaje urbano. ¿Cómo en un país cuya tecnología es tan avanzada, los espacios naturales aún prevalecen y conservan un área considerable en proporción a la modernidad que se desarrolla día con día? Para responder esto, debemos saber que Japón es una isla situada en la intersección de cuatro placas tectónicas y que, debido al constante movimiento de éstas, lo convierten en un espacio geográfico por demás impredecible e inestable, dada la constante formación de maremotos, tifones y terremotos que esto ocasiona, sin mencionar la cantidad de volcanes activos que hay a su alrededor: aproximadamente cuarenta.

Sin embargo, a pesar de las amenazas, los japoneses guardan una relación de respeto y adoración hacia la naturaleza. Han encontrado la manera de formar parte de ella, sin necesidad de buscar dominarla. Muy por el contrario, buscan la armonía, considerándose como un integrante más de su presencia. Esto también se debe a la religión predominante, que es la sintoísta, la cual demuestra un importante amor por la naturaleza y el respeto a quienes la integran.

Dicho esto, si buscamos algo relacionado a los jardines tradicionales japoneses o incluso si escribimos en nuestro buscador el nombre de algunas de las flores más comunes en ese país, nos encontraremos con miles de fotografías que muestran campos, calles, parques e incluso jardines urbanos con las flores en su máximo esplendor, fusionándose con el concreto de las calles o creciendo por varios kilómetros más allá de nuestra visión. Es increíble que, siendo un país propenso a sufrir desastres naturales con frecuencia, se sobreponga tan rápido, mostrando su belleza ante los ojos que deseen mirarlo y conocerlo.

En primavera se puede apreciar la belleza de los árboles de cerezos, los ciruelos y los durazneros con sus ramas llenas de pequeñas florecillas, que se mecen con la suave brisa, dejando caer sus pétalos encima de los caminantes, o una alfombra sobre el agua de los canales, o tapizando las calles, un espectáculo que cualquiera que vive o visita Japón desea capturar como un bello recuerdo. En verano, las cosmos adornan los campos y jardines con su sencillez y alegres colores que animan a cualquiera que pasee entre ellas. Así como las hortensias con sus colores suaves en contraste con el verde oscuro de sus hojas llenan los bosques, parques e incluso los jardines caseros, una preciosa y popular estampa de estas flores que crecen en racimos queda bañada de rocío y el sol reflejado en las gotas les proporciona cierto brillo.

También están los árboles de glicinas, cuyas flores cuelgan en racimos y pareciera que uno se encuentra bajo un cielo morado o blanco según el color que tengan. Otoño anuncia su llegada con el retoño de la flor del equinoccio (Lycoris radiata) cuyo color rojo vibrante y la singular forma de sus pétalos resultan inquietantes y a la vez hermosas. Durante esta estación, las hojas del momiji o arce japonés cambian de color. Quien visita un parque durante esta temporada no podrá evitar sentir cierta calidez ante los colores que predominan en los árboles, la tierra e incluso en el aire, una mezcla de rojo, naranja y amarillo, mezclados con la tranquilidad del ambiente otoñal.

Finalmente, en invierno todo queda cubierto por la nieve. Los paisajes blancos que se pueden encontrar en Hokaido, al Norte del país, contrastan con el cielo azul y el sol que se ve reflejado en el hielo, que puede llegar a deslumbrar en más de un sentido a quien lo ve. A finales de la estación, en la prefectura de Kochi, las camelias brotan en la costa, despidiendo al invierno con el llamativo color rojo de sus pétalos.

Hinamatsuri

Una de las características más llamativas de Japón es la gran variedad de celebraciones que se llevan a cabo, habiendo por lo menos un festival para cada mes del año que conmemora algo en específico, como la deidad protectora de algún santuario, la fertilidad, la memoria de los difuntos, la llegada de las estaciones, entre muchos otros. En esta misma vertiente, existen celebraciones, como los llamados gosekku, que presumen una antigüedad de aproximadamente 1000 años.

Los gosekku, como su nombre lo indica, son cinco festivales celebrados según el calendario chino en la antigüedad, que fueron adoptados por la corte imperial de Japón basándose en el pensamiento taoísta de ese mismo país. Cada una de estas celebraciones ocurre en una fecha precisa del año, en la que el número impar del día coincide con el del mes, lo cual, según las antiguas creencias, es cuando la suerte es mayor. Los festivales son: el Jinjitsu (1 de enero), en el que se celebra el Año Nuevo; el Hinamatsuri (3 de marzo), o Festival de las muñecas; el Tango no sekku (5 de mayo), o día de los niños; el Tanabata (el 7 de julio), o festival de las estrellas, y el Kiku no sekku (9 de septiembre), o Festival del crisantemo. Durante estas celebraciones se suelen preparar platillos y decoraciones características para cada una.

Por ser el mes de marzo el más cercano, hablaremos del Hinamatsuri. Como mencionamos anteriormente, cada 3 de marzo se lleva a cabo en Japón el Festival de las muñecas, también llamado Festival de las niñas. Dicha celebración data del periodo Heian y se le conocía como Momo no sekku o Festival del durazno, ya que la festividad coincidía con el final del invierno y los árboles de estos frutos comenzaban a florecer. El nombre fue cambiado cuando Japón empezó a usar el calendario gregoriano como referencia, aunque aún en la actualidad sigue siendo uno de los nombres por el que se le reconoce.

Durante el periodo Heian, se tenía la costumbre de hacer sencillas muñecas de papel llamadas hitogata. Su función era servir como amuletos contra espíritus malignos; también se acostumbraba hacer el ritual de nagashi bina, que consistía en poner a las muñecas a flote en un río que desembocara en el mar y que con ellas se fueran los presagios de enfermedad y mala suerte.

Las practicas modernas derivan de esta tradición de fabricar muñecas de papel, pero no fue sino hasta el periodo Edo cuando esta tradición adquirió la costumbre de exhibir unos pequeños altares con varias muñecas que simbolizan al Emperador y a la Emperatriz junto con su Corte, ataviados con trajes representativos del periodo Heian. El festival, por otra parte, se asocia a las niñas por el juego tradicional con las muñecas al que se le llama hina no asobi; a su vez, celebra la salud, la felicidad y el buen desarrollo de todas ellas.

Si en una familia japonesa hay por lo menos una niña, las muñecas, o hina ningyô, son expuestas en la entrada de la casa. La composición suele representar a la Corte imperial del periodo Heian y el orden en el que se colocan va de la siguiente manera: en la parte superior del altar están el Emperador y la Emperatriz flanqueados por un biombo dorado en miniatura; seguidamente, en la segunda plataforma, se coloca a tres sannin kanjo o cortesanas, quienes solían servir a la pareja real y sus invitados; la plataforma tres es ocupada por los cinco gonin bayashi o músicos que entretienen a la nobleza, y cada uno lleva un instrumento diferente; la cuarta plataforma es designada para los muñecos que representan a los ministros y guardaespaldas, así como regalos dedicados a la pareja real. Finalmente, la plataforma cinco era un nivel reservado para los guardias del palacio. En caso de que se decidiera añadir un sexto nivel, generalmente se ponen objetos domésticos tradicionales de aquella época. Se colocan en orden descendente sobre una escalera, cubierta con una alfombra roja. Los altares se suelen poner a mediados de febrero, pero se acostumbra retirarlas puntualmente pasado el día de la celebración, ya que en marzo también comienza la temporada de lluvias y deben protegerlas de la humedad; aunque esto también se debe a antiguas supersticiones donde se cree que la niña tendrá problemas en el futuro para contraer matrimonio si se guarda pasada la fecha.

Cuando la niña nace, por lo general son los abuelos los que le regalan las hina ningyô. Pero estas preciadas muñecas suelen ser muy caras, costando aproximadamente entre mil 400 y dos mil 300 euros por un set compuesto de cinco plataformas, por lo que se suelen pasar de generación en generación, convirtiéndolas en valiosas reliquias familiares. Incluso algunas mujeres ya casadas acostumbran a llevárselas consigo a su futuro hogar.

Recordemos que en cada uno de los festivales gosekku se preparan platillos especiales. Pues bien, en el hinamatsuri los platillos que se preparan son el hina arare, que son unas galletas de arroz azucaradas de colores pastel; el chirashi zushi o sushi ligeramente endulzado servido con sopa de almejas, y el hishi mochi, que son pasteles de arroz en forma de rombo que tradicionalmente simbolizan la fertilidad. Pueden ser de tres colores: blanco, que simboliza la nieve; rosa, que remite a las flores de durazno, y verde, que representa la llegada de la próxima primavera. Respecto a las bebidas, tradicionalmente se sirve el amazake, una variante del sake sin contenido alcohólico.

Para concluir, debe decirse que este festival, al ser una de las celebraciones más importantes para los japoneses, se celebra en varias partes del país. El evento más popular es el llamado Katsûra Big Hina Matsuri, que se realiza en la ciudad costera de Katsûra, en la prefectura de Chiba a partir de finales de febrero hasta principios de marzo. Durante estas fechas, se presentan cerca de unas 30 mil muñecas en varios puntos de la ciudad, así como puestos ambulantes que venden los platillos tradicionales de esta celebración.

En Tokio, los peldaños de la Escalera de los cien pasos, un lugar famoso ubicado en el edificio Meguro Gajoen, se ocupan con las muñecas hina. Asimismo, en zonas como el distrito Asakusa, aún se puede presenciar el ritual de poner a flotar a las muñecas río abajo, en eventos como el Festival Edo Nagashi Bina.

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