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Bajo la mirada feminista de Virginia Carrillo y Georgina Rosado podemos ver las batallas contra el conservadurismo yucateco y el reconocimiento de la violencia que sufren las mujeres indígenas

LAS DESOBEDIENTES:

Relato periodístico sobre feministas, conservadurismo religioso y pánico moral en la ciudad blanca

(Primera parte)

Con un breve, brevísimo asomo a avances derivados de mi investigación doctoral, vengo a exponer algunos datos para mostrar que en Mérida “de que las hay, las hay” y las habemos y les hemos habido desde hace más de 150 años, hablo de las desobedientes de la razón patriarcal. Mi postura epistémica y política es feminista y desde aquí persigo datos que me permitan comprender el contexto social en el que se da la batalla simbólica entre las feministas y el conservadurismo que caracteriza a esta capital yucateca. Porque lo personal es político, desarrollo actualmente una investigación desde el análisis del discurso que, entre otras cosas, busca desdecir la cansina repetición de la ciudad blanca pacífica y buena.

En estas páginas retomo dos sucesos noticiosos reportados por la prensa yucateca para realizar un análisis del discurso con enfoque feminista que lleva a identificar los recursos comunicativos y dispositivos simbólicos que utiliza el contradiscurso del conservadurismo religioso para oponerse a los derechos sexuales que reclama el feminismo, principalmente el acceso al aborto voluntario, su despenalización y la posibilidad de encontrar el servicio en la sanidad pública con la garantía de que se respetará la salud física, mental y social de las mujeres y personas gestantes. Así, encuentro que el conservadurismo yucateco subsume la disputa en torno a los derechos de las mujeres en una narrativa hegemónica que desautoriza y combate el activismo y las demandas feministas. En la actualidad el conservadurismo ha tenido una derivación conocida como neoconservadurismo que se define como una repolitización del campo religioso que, junto con la racionalidad neoliberal, contribuye con los procesos de desdemocratización en el mundo (Sonia Corrêa y Richard Parker 2020). El neoconservadurismo opera con una discursividad que tiene la cautela de no apelar a creencias religiosas cuando argumenta en contra de los derechos humanos, sino a referentes científicos o pseudocientíficos. En el neoconservadurismo puede reconocerse la unión de grupos sociales y religiosos de diversa procedencia que comparten objetivos de odio y buscan impedir el progreso hacia la igualdad sustantiva. El neoconservadurismo politiza lo religioso y lo moral para dar lugar a un activismo anti-derechos que opera para cristianizar el orden público (Juan Marco Vaggione 2022) y es un proceso en expansión por toda América Latina. En Mérida coexisten ambos fenómenos, el conservadurismo y el neoconservadurismo, animados por la religiosidad fundamentalista.

Los dos hechos noticiosos ocurridos en Mérida que se analizan en este trabajo son: 1) el incidente policial derivado de la colocación de la imagen de Nuestra Señora de la Vida frente a un grupo de rezadoras que realizaba una campaña de acoso religioso contra la Clínica de Servicios Humanitarios en Salud Sexual y Reproductiva A.C. (SHSSR) en marzo de 2018 y 2) la estigmatización municipal de la intervención feminista al Monumento a la Madre[1] ocurrida el Día de la acción global por la despenalización del aborto y su comparación con una marcha del Frente Nacional por la Familia, en septiembre de 2019.

Primero debo hacer el deslinde del sobrenombre histórico de ciudad blanca que tiene un origen discutible —posiblemente colonial o decimonónico— y cuya identificación temporal está inacabada, pero que persiste en los relatos culturales que aluden a Mérida, como se halla, por ejemplo, en el repertorio de la trova yucateca, que mantiene vigente su uso y que se relaciona según diversas hipótesis con la limpieza de su entorno, con el atuendo de sus habitantes o con el color de sus fachadas. Ariel Avilés Marín (2021), argumenta que el alcuño de ciudad blanca fue creado por el explorador francés Desiré Charnay impactado por la apariencia de Mérida y el atuendo de la gente, así lo expresó en una carta enviada a la Comisión Científica de París en 1888. Sin embargo, el giro racista que la asocia con la blancura de la piel de sus habitantes privilegiados resuena en el fondo del epíteto; sobre ello Eugenia Iturriaga dice que “En la Ciudad Blanca, el racismo parece enclavado en la vida cotidiana de la sociedad, de las élites y de los otros, mestizos y mayas, y norma las relaciones sociales.” (sic) (2016, 16).

Va mi deslinde: para este análisis identifico otro significado de la expresión ciudad blanca[2], es una representación construida desde el imaginario del poder político que ha gobernado Mérida desde 1991[3] y funciona como marco escénico del discurso en el que ocurre el enfrentamiento enunciativo entre el feminismo y el conservadurismo que se refleja en los medios de comunicación masiva. El marco escénico en el que se inserta la escenografía en el análisis del discurso se entiende como uno de los componentes de la situación de enunciación, descrita por Maingueneau (1996) como las coordenadas lingüísticas que posibilitan la existencia del enunciado. Para este estudio entiendo que la ciudad blanca representa el proyecto político que desde la ideología panista se ha diseñado para Mérida a lo largo de todos sus años de gobierno.

La ciudad blanca se define por sus espacios privilegiados, aquellos donde se encuentra el patrimonio edificado considerado de más alto valor, lo que se conoce como “el Norte” en detrimento del “Sur”; quienes habitan en Mérida, podrán saber con facilidad a qué me refiero. La ciudad blanca se ostenta católica y el moralismo de esta religión determina numerosas decisiones y acciones del Gobierno Municipal, incluso policíacas como en los dos casos de análisis.

La ciudad blanca es la que viola sin obstáculos el carácter laico del Estado mexicano, de ello va un ejemplo: la actividad con la que se inicia la agenda de festejos por el aniversario de la ciudad promovida por el municipio, es una misa organizada por la Arquidiócesis en la Catedral y celebrada por el Arzobispo a la que acuden el Alcalde, altos funcionarios municipales, estatales y personalidades del ámbito empresarial y social. Esto empezó a hacerse a partir del aniversario 450, en 1992, durante la primera administración municipal encabezada por Ana Rosa Payán Cervera[4]. Sobre la falta de respeto al laicismo constitucional Franco y Quintal (2016) explican que en Yucatán se observa cómo la acción de grupos católicos y la religiosidad dominante en la Entidad desvía el desarrollo de derechos humanos, ello puede constatarse con la correspondencia entre poderes civiles y religiosos a través de organizaciones como la Red Pro Yucatán y los medios de comunicación tradicionales que logran incidir en las decisiones del Poder Legislativo, en la impartición de justicia y en las instituciones que prestan servicios de Salud. La óptica de la mayoría católica o del poder mayoritariamente católico, se impone por encima del carácter laico de las instituciones del Estado.

Asimismo, la ciudad blanca utiliza como recurso de promoción turística la cultura maya prehispánica, pero desprecia a los mayas vivos y los reprime; le rinde homenaje a sus conquistadores —el monumento a los Montejo fue colocado en 2010 durante el último día de la administración de César Bojórquez Zapata—, y privilegia un modelo de mujer específico: blanca, católica, recatada, maternal, dócil y conservadora para lo cual cuenta con la complicidad informativa de casi toda la prensa local.

En la ciudad blanca predomina una narrativa mediática que se corresponde con la razón patriarcal al establecer estereotipos de feminidad que da continuidad a la opresión femenina y a la de toda aquella existencia que, desde el sujeto normativo, sea considerada inferior o inferiorizante. Para ello la prensa usa micromachismos expresivos que fortalecen la razón patriarcal que subordina a las mujeres. Según Luis Bonino “Los micromachismos son prácticas de dominación y violencia masculina en la vida cotidiana, del orden de lo ‘micro’, al decir de Foucault, de lo capilar, lo casi imperceptible, lo que está en los límites de la evidencia.” (Bonino, s.f, 3). Para Celia Amorós (1995), la razón patriarcal es el logos del patriarcado, la noción de los títulos de racionalidad que le proporcionan legitimidad a la genealogía del patriarcado que lo es en cuanto institución cultural y social.

Este fenómeno produce una pugna discursiva entre los voceros del conservadurismo religioso y el movimiento feminista meridano. La disputa enunciativa con los feminismos locales se emprende desde la sociedad civil organizada, la autoridad gubernamental, sus cuerpos policiacos y los medios de comunicación masiva con el aliento de personajes con capital social, cultural y económico de influencia en la opinión pública.

Caso 1: Nuestra Señora de la Vida

Durante más de 20 años, con una visión feminista y con fines altruistas la clínica de Servicios Humanitarios de Salud Sexual y Reproductiva (SHSSR) que fundó y dirigió hasta su fallecimiento en diciembre pasado la doctora Sandra Peniche Quintal (1955-2022), ha ofrecido en el centro de Mérida —y a través de programas de visita a comunidades rurales— servicios ginecológicos y de orientación sexual a muy bajo costo para la población. Entre ellos, se cuenta la aplicación de la Norma 046 que ampara la realización de abortos legales en casos de violación sexual y la anticoncepción de emergencia.

Desde 2016, agrupaciones religiosas incorporadas a la campaña internacional anti-derechos “40 días por la vida”, realizan periódicamente acciones de acoso en la calle frente a sus instalaciones. Ello consiste en el apostamiento de pequeños grupos mayormente conformados por mujeres que, en relevos, oran frente a la clínica a lo largo del día. La opinión pública local les llama “rezadoras”. Además, expresan actitudes hostiles a las personas que acuden al lugar y ocasionalmente ejecutan otros actos de intimidación como lo fue la colocación de una caja con fetos de plástico cerca de sus instalaciones, también en marzo de 2018.

Durante la mañana del 9 de marzo de 2018 —al día siguiente de la conmemoración por el Día Internacional de la Mujer—, la doctora Peniche dejó en la parte de carga descubierta de su camioneta, estacionada a las puertas de la clínica y frente al lugar donde se apuestan los grupos de oración, un cuadro confeccionado sobre una base de madera donde entre los contornos de lo que parecía ser una imagen de la Virgen de Guadalupe, se dibujaba una vulva; la médica la nombró “Nuestra señora de la vida”. Alrededor colocó ramos de flores, a modo de altar. Según Sandra Peniche, las rezadoras confundidas se pusieron a orar frente al cuadro, al percatarse de lo que realmente representaba, una de las integrantes del grupo llamó a la Policía Municipal, llegó una unidad cuyos agentes instaron a la doctora Peniche a retirar la imagen de la vista pública y después acudir a los separos de la Policía a lo que se negó. Las acosadoras acusaron a la víctima por defenderse. El incidente fue videograbado con un teléfono celular y dicho material se difundió en medios de comunicación digitales, principalmente.

Una semana después, Sandra Peniche fue atacada con un desarmador por un hombre a quien las autoridades de impartición de justicia de la Entidad valoraron como “afectado de sus facultades mentales”; la herida aunque fue seria, no afectó sus órganos internos. Hacia finales de 2019 al hombre se le encontró culpable solamente de lesiones calificadas. Ella señaló que el agresor no actuó por iniciativa propia, dijo “fue el Gobierno del Estado, fue la Iglesia Católica, en particular de unas oficinas que salen de la Iglesia de Santa Ana, eso lo sabemos…”[5] (sic) (Anayeli García 2021).

Continuará…

Descolonizar el feminismo: retos actuales

Georgina Rosado Rosado

Descolonizar el feminismo pasa por reconocer que las mujeres indígenas han sido víctimas de violencia y discriminación a lo largo de la historia y también han desempeñado papeles fundamentales dentro de sus comunidades, que no sólo implican la preservación de saberes y el trabajo cotidiano que permite su sobrevivencia, sino la conducción de la resistencia, histórica y actual. Por eso es importante visibilizar tanto a mujeres del pasado como María Uicab o Felipa Poot, que condujeron importantes luchas del pueblo maya, como a las mujeres actuales destacadas en diferentes campos sociales, económicos y culturales por sus valiosos aportes. Es decir, hay que promover una identidad positiva, alejada de la visión de que son inferiores o que esta necesitadas de un tutelaje por parte de las mujeres blancas sin considerar su auto percepción y conocimientos propios.

Las mujeres mayas contribuyen de manera importante en la economía y por lo tanto en la sobrevivencia de sus grupos sociales ya sea como campesinas, artesanas, granjeras, obreras, empleadas domésticas, profesionistas etc. En las comunidades son poseedoras de importantes conocimientos médicos y terapéuticos, transmitidos generacionalmente, particularmente las parteras y sobadoras; también muchas son artistas, creadoras que diseñan, “pintan con agujas”, tejen, bordan, moldean, escriben poesía y actúan en obras teatrales.

Pero también, hay que reconocer que, tristemente, si bien las poliédricas participaciones de las mujeres indígenas contribuyeron a la construcción de nuestra sociedad, hoy siguen siendo el sector más empobrecido y menos favorecido de las políticas públicas y las reformas constitucionales. Hay que recordar siempre, que el padecer siglos de colonialismo implica que en sus comunidades se reproduce el machismo, la violencia y la discriminación. Sin embargo, y de manera esperanzadora en muchas partes del país, actualmente las mujeres indígenas están tomando un rol activo asumiendo el liderazgo en la defensa de sus territorios y simultáneamente luchan por sus derechos como género.

Considerando esta realidad, las feministas mestizas y occidentales no debemos imponer estrategias sino más bien establecer un diálogo e intercambio de saberes entre mujeres de diferentes orígenes étnicos y sociales. Es necesario reconocer que muchos de los conceptos, con los que se construyó el feminismo blanco occidental, no se aplican necesariamente a otras culturas y que dentro de la etnia maya hay elementos que habría que conocer, respetar e incluso promover, como parte de nuestra lucha.

El papel de las mujeres en la espiritualidad maya, la ancestral forma de organización doméstica que implicaba que fuera una mujer mayor quien administraba los recursos de la familia ampliada, el sentido de comunidad centrado en el “nosotras”, que les han permitido su sobrevivencia física y cultural, entre otros temas, deben considerarse fundamentales. Estos elementos mencionados, propios de la cultura maya, chocan frontalmente con algunos conceptos del feminismo liberal, que están centrados en la autonomía personal, en el famoso “emprededurismo empresarial” o en el pensar que con sólo llamarlas “microempresarias”, se les libera y se transforman las relaciones de dominio y explotación en las que están inmersas.

Son buenos tiempos para que las colectivas feministas revisen sus estrategias y que todas recordemos que la violencia es interseccional, es decir, que una misma mujer sufre discriminación por diferentes variables, por género, orientación sexual, clase social y demás. En el caso de la Península de Yucatán, las mujeres mayas sufren dobles y triples formas de discriminación y violencia, a la vez que son depositarias de un gran cúmulo de conocimientos y capacidades que es fundamental incorporar en nuestro movimiento.

Un tema fundamental a tratar, dentro de las acciones afirmativas que debemos promover, son los espacios en los cargos de elección popular asignados a la etnia maya y, por supuesto; a las mujeres de este importante sector de la población. En el Estado de Yucatán este tema es de particular importancia, ya que junto con Oaxaca y Chiapas es de los tres Estados que, gracias a las acciones afirmativas, estarán obligados a registrar candidatos y candidatas indígenas en los distintos distritos electorales con un porcentaje mayor al 40 por ciento de esta población. Tomando en cuenta los resultados del último censo poblacional, en el caso de Yucatán todos, absolutamente todos los distritos, deberán tener candidaturas indígenas. Es decir, cruzando variables, un buen porcentaje de esas candidaturas debieran asignarse a las mujeres mayas, resarciendo con esto una deuda histórica y respetando el precepto de “primeros en tiempo, primeros en derecho”.  

Pese a este marco legal favorable para las candidaturas de hombres y mujeres mayas, urge evitar a toda costa las usurpaciones por parte de personas que con trampas intenten ostentar falsamente esa identidad. El apellido, la lengua, la vestimenta, el lugar de nacimiento (no todas, pero la combinación de algunas de esas variables), deberán ser aplicadas como requisitos para que no suceda lo de anteriores procesos electorales donde algunas personas oportunistamente se ostentaron como mayas y le pagaron a alguna autoridad ejidal por una carta que los avalara como tal. Es decir, deben ser auténticas mujeres mayas y no mujeres disfrazadas con hipiles quienes ocupen estas posiciones, aquellas portadoras de una autopercepción indígena, capaces de defender sus derechos como mujeres, de su etnia y de sus comunidades.  

Por lo tanto, para descolonizar el feminismo, tema de este artículo, las mujeres blancas o mestizas debemos ser las primeras en renunciar a cualquier usurpación o tutelaje y exigir que sean ellas, las mujeres mayas, quienes ocupen esos cargos, confiriéndoles, no sólo el legítimo derecho, sino las capacidades para ocupar cargos de elección popular. En un Estado como el de Yucatán, segundo a nivel nacional con población indígena, donde las mujeres mayas deben estar representadas en los órganos de decisión, quienes nos decimos feministas debemos estar dispuestas a defender ese derecho, por ellas, por nosotras, por todas.

[1] Réplica de una escultura de Alfred Lenoir, colocada en 1928 a iniciativa de la Liga de Acción Social en el parque contiguo al templo católico de la Tercera Orden, calle 60 por 57 y 59, en el centro de Mérida, Yucatán.

[2] Se usan las cursivas para diferenciar la ciudad blanca correspondiente al imaginario gubernamental del sobrenombre histórico.

[3] Como es sabido, con una breve interrupción de dos años (2010-2012) cuando la alcaldía fue ocupada por la priísta Angélica Araujo Lara.

[4] Ana Rosa Payán ha sido dos veces presidenta municipal de Mérida, la primera de 1991 a 1993 y la segunda de 2001 a 2004.

[5] “Sandra Peniche Quintal: Transformar la sociedad desde la práctica médica feminista” en CIMAC TV. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=9LgPCs91eVk

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