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A través de dos ensayos se reflexiona se invita a entender todas las identidades de género y orientaciones sexuales, así como los antecedentes y referentes del movimiento feminista en América

Género, la categoría incomprendida

Georgina Rosado Rosado

Es el género, una ideología peligrosa que borra las diferencia entre hombres y mujeres y que por lo tanto nos condena a un mundo homogéneo y empobrecido, tal cual afirmó hace unas semanas el Papa Francisco, o como advirtió un grupo feminista nacional: “la identidad de género es el borrado de las mujeres que niega la opresión con base en nuestro sexo (biológico)”. Definitivamente no es así. Estas afirmaciones nacen de la confusión y el desconocimiento de lo que es el género, y de los niveles que lo constituyen, pese a la gran cantidad de literatura que existe al respecto. Es por eso, que me siento obligada a tocar este tema fundamental al que me dediqué, en la formación de múltiples generaciones de profesionistas en la Universidad Autónoma de Yucatán, desde la década de los ochenta y durante más de tres décadas. 

Dado que soy antropóloga, iniciaré mencionando el vínculo de esta ciencia con la categoría género, disciplina que desde los años treinta del siglo XX rompió de tajo con cualquier clase de esencialismo o biologismo, posturas que aún permean en gran parte de la sociedad. Y es que sí, le debemos a antropólogas como Margaret Mead y Henrieta Moore, entre otras, a sus extensos y bien documentados trabajos de investigación, el poder conocer las diferentes y muy variadas formas en que distintos grupos sociales interpretan las diferencias biológicas (sexo) y construyeron con base en ellas, tanto lo que significa ser mujer u hombre, como lo que es femenino y masculino. Resultando que muchos de los rasgos y roles asignados a las mujeres en nuestra cultura occidental, como el cuidado de los hijos, determinado arreglo corporal o vestimenta, en otros grupos sociales se asigna a los hombres.

 Demostrando con esto la gran diversidad de formas y expresiones genéricas posibles, distintas a las existentes en nuestra sociedad patriarcal.  Sin embargo, dado que solamente un 1.7 por ciento de la población mundial son intersexuales (nacen con características de ambos sexos biológicos), las diferentes construcciones culturales sobre los géneros se basan en las diferencias sexuales visibles del 93% y por lo tanto son binarias. Aclarando que, dependiendo del grupo social o el tiempo histórico que se trate, este binarismo puede ser extremo, es decir, lo masculino y femenino contienen elementos excluyentes y contrastantes, o por el contrario tienden a lo andrógeno, es decir, compartir un buen número de rasgos y características.

Pese a este binarismo predominante en nuestras identidades de género, en algunas sociedades a las personas transgénero se les asigna una categoría distinta al de hombre o mujer. Este es caso de los muxes de Oaxaca, que algunas personas consideran un tercer género, sin embargo, esta identidad se construye a partir de los rasgos femeninos predominantes de esa cultura: vestimenta, roles sociales, conductas y demás, es decir, no rompe con la dualidad.          

Es importante también señalar que la construcción histórica de lo que es ser hombre o mujer, en el mundo occidental, no sólo implicó establecer un binarismo basado en características rígidas y excluyentes, sino también jerárquico y donde lo masculino se construyó como superior a lo femenino. Por supuesto, ante esto como en cualquier relación de desigualdad o dominación, las personas interesadas en romper o trasformar estas construcciones que conllevan desigualdades y violencias son quienes resultan afectadas negativamente, en este caso por supuesto, las mujeres.

Sin embargo, retrocedamos un poco. Afirmar que el género es una construcción cultural, para quien no conoce a fondo cómo se dan las transformaciones sociales, puede conducirnos a grandes equívocos. Suponer que lo biológico es inmutable y lo cultural se puede transformar de manera fácil y arbitraria de acuerdo a nuestros sentires resulta una postura peligrosa, sobre todo cuando nos referimos a las identidades de género y a los aspectos más profundos de nuestra cultura.

Conocer cómo se dan los cambios culturales, donde intervienen elementos estructurales (cambios en los sistemas socioeconómicos), como también la participación de los diferentes sujetos sociales (ojo; sujeto social no es igual a individuo, se refiere más bien a colectivos), al igual que comprender cómo en determinadas sociedades (la nuestra, por ejemplo) se construyen las identidades de género y orientaciones sexuales (homosexual, heterosexual o bisexual), es fundamental para no caer en estrategias erradas.

Si bien sexo no es igual a género, ya que la identidad (si me identifico como hombre o como mujer), no necesariamente corresponde a las características biológicas.  La identidad de género, así como la orientación sexual (ambos), de acuerdo a estudios serios y científicos, son adquiridas en los primeros tres años de la vida, al mismo tiempo que el lenguaje y la mismidad (identidad individual). Por lo tanto, a diferencia de otras identidades (profesionales, nacionalistas, partidarias y demás) las identidades de género son imposibles de transformar a voluntad, por más radicales y de avanzada que puedan parecer quienes afirman lo contrario. Sobre los procesos psicosociales a través de los cuales se adquiere la identidad de género en los primeros tres años de vida, existe un gran numero de libros científicos, y explicarlo requeriría otro extenso artículo.  

Es fundamental entender que todas las identidades de género y orientaciones sexuales son igual de válidas y legítimas, así como también que no se pueden cambiar a voluntad, por lo tanto, las terapias de conversión son inválidas y una violación a los derechos humanos. Y, por supuesto, esta realidad científica no pone en peligro al mundo, ni tampoco invalida la lucha de las mujeres por nuestros derechos.

Aclarando que, por lo tanto, mujeres somos todas las que portamos esta identidad, independientemente de nuestro sexo biológico; excluir de esta categoría a las que no tienen genitales femeninos implica un acto de discriminación y violencia. Tampoco se requiere utilizar otra categoría para describirnos, por ejemplo, “personas menstruantes”, a menos que sea para señalar las distintas formas de discriminación que padecemos. Así, podemos ser violentadas por nuestro género y además por nuestra orientación sexual, por ser transexual o por ser indígena, en una sumatoria, pero en todos los casos seguimos siendo mujeres.

Ahora bien, quiero aclarar la diferencia entre identidad de género y expresión de género, la primera es como me defino (hombre o mujer). La segunda, la expresión de género, es la forma en que manifestamos nuestro género mediante nuestro comportamiento y nuestra apariencia; masculina, femenina, andrógina o cualquier combinación de las tres. Nuestra expresión de género efectivamente puede ser fluida, no binaria y transformada a voluntad.

Las trampas del patriarcado

Aclarados estos puntos quiero comentar que me parece peligroso, como señalé al principio, suponer que los cambios culturales son fáciles y a voluntad. Dado que no lo son, las estrategias y políticas públicas que debemos impulsar deben atender la realidad de hoy, así, como las estrategias necesarias para su trasformación. Por ejemplo, independientemente de que pretendamos un mundo donde las tareas domésticas y las labores de crianza sean compartidas equitativamente por ambos géneros, hoy son las mujeres quienes la realizan fundamentalmente, por lo tanto, ciertos apoyos deben estar dirigidos a ellas. Sin dejar de promover en las diversas instituciones sociales los cambios en los estereotipos implantados y, por lo tanto, la participación de los hombres en dichas esferas.

Segundo ejemplo, por supuesto, queremos un mundo donde nuestro cuerpo, erotismo y ejercicio de la sexualidad sean libres y para nuestro placer, sin embargo, no podemos dejar de lado que actualmente vivimos en un mundo machista que nos considera objetos sexuales y por lo tanto peligroso.  Ojo, esto no significa validar las acusaciones machistas que culpabilizan a las víctimas de violaciones y feminicidios con falsos argumentos como; “su forma de vestir”, “si se fue de fiesta hasta tarde”, etc. sino más bien que debemos protegernos de situaciones que hoy ponen en peligro nuestra vida y corporalidad. Es decir, tomar medidas precautorias como son: regresar acompañadas de las fiestas, evitar lugares peligrosos, cuidar que nuestras imágenes y la información que damos en las redes no sea utilizada en nuestra contra. Todo esto, al igual que en el primer caso, sin dejar de promover los cambios culturales que nos permitan vivir nuestro erotismo y corporalidad en libertad.

Tercero, hay que evitar que el sistema patriarcal nos cosifique y convierta en objetos sexuales, aceptando prebendas y privilegios a cambio de exponer nuestra corporalidad y erotismo. Obtener ascensos laborales, cargos públicos, dinero o votos utilizando nuestro cuerpo y erotismo, no es parte de nuestra liberación sexual, es por el contrario hacerle el juego al patriarcado promoviendo la cosificación de las mujeres. Y si bien, de momento las mujeres que por su edad y características físicas pueden obtener ventajas utilizando su cuerpo, sobre otras quizás más preparadas, pero que no pueden o no quieren utilizarlo para ello, a la larga perdemos todas. Se pierde la oportunidad de que nuestro género sea reconocido y valorado por nuestra inteligencia y capacidades, lo que le ha costado mucho, incluso la vida a gran número de mujeres. 

En conclusión, romper con esencialismos biológicos o religiosos, no supone el borrado de las mujeres, ni un mundo empobrecido ni homogéneo, sino por el contrario un mundo diverso, donde las diferencias en nuestras identidades, expresiones y roles no impliquen desigualdades en nuestros derechos, discriminación o violencia. 

 

Francesca Gargallo y la descolonización del saber

Cristóbal León Campos

Los cuestionamientos al orden patriarcal han calado poco a poco y diversas estructuras que se consideraban inamovibles han visto derrumbarse sus preceptos más arraigados, una de ellas es la referente al “saber”.

Hace apenas unos años era muy común escuchar la frase “la historia la escriben los vencedores”, haciendo referencia al hecho de que lo que conocemos como historia hasta la fecha ha sido narrada por quienes detentan el poder en contextos específicos de espacio y tiempo, ocultando las voces de los seres oprimidos -sean individuos, pueblos, naciones, culturas o todo ello junto-. Esta máxima tiene mucho de verdad, pero, a la luz de los reclamos sociales actuales queda corta ante la necesidad de visibilizar a las clases o grupos que han permanecido relegados de las grandes historias oficiales y, sin duda, una incalculable deuda –aún vigente- es la necesidad de reconocer en su totalidad el papel de las mujeres en el devenir de las sociedades.

En Latinoamérica y el Caribe la negación que se hiciera de su esencia tras la llegada de los invasores europeos dejó huellas muy profundas que con el tiempo fueron encontrando refugios para su desarrollo en el orden colonial, y, más tarde, con el desarrollo del capitalismo en la región, se consolidaron como “verdades” incuestionables, pero que a fin de cuentas sólo resultaron ser falsas leyes, entre ellas, las sinrazones que sustentan al patriarcado y a la cultura machista, esa negación colonialista contribuyó también a la opresión en particular de la mujer, invisibilizando su importancia y sus grandes aportaciones al desarrollo social.

La intelectual feminista Francesca Gargallo se dio a la tarea de cuestionar esos falsos supuestos para demostrar las aportaciones a la cultura y al pensamiento de las mujeres en la historia latinoamericana y caribeña, sus obras. Las ideas feministas latinoamericanas (2004) y Feminismos desde Abya Yala. Ideas y proposiciones de las mujeres de 607 pueblos en nuestra América (2014), son aportaciones para divulgar las reflexiones en torno a sus realidades y al devenir de sus pueblos realizadas por mujeres de diversas épocas, además, ambos libros cuestionan también la raíz de aquello que durante décadas hemos llamado filosofía latinoamericana, por no escapar de esas miradas segregadas en las que la mujer es confinada a posiciones de supuesta “inferioridad”.

Gargallo aportó elementos puntuales que sirven de antecedentes y referentes del movimiento feminista en nuestra América, recuperando el pensamiento de escritoras y filósofas, y ampliando el conocimiento que se tiene sobre la participación de las mujeres en los debates intelectuales, políticos y culturales que se desarrollaron desde la Colonia hasta nuestros días. Tal y como la autora afirma: “[las mujeres] empezaron a manifestar masivamente que su escritura estaba determinada por su cuerpo y por el lugar que éste tenía en las historias familiar, nacional y continental”. La concientización sobre sí mismas puede observarse en el conjunto de textos reunidos en estas obras.

Se trata de una autora –Gargallo- imprescindible para conocer y analizar el avance de los movimientos feministas en América Latina y el Caribe, sus aportaciones abren rutas para profundizar en la filosofía latinoamericana desde una perspectiva más amplia y justa, donde las reivindicaciones y preocupaciones de las mujeres forman parte de un corpus aún inacabado y en constante renovación.

Al respecto de algunas expresiones del feminismo latinoamericano, Gargallo se refirió al que surge de forma comunitaria al interior de los pueblos originarios, en países como Bolivia, Guatemala, Ecuador, Perú y México, donde de acuerdo con estas filosofías: “la colonización de América fue una colonización de género. […] La colonización impuso un sistema de género de corte binario: o eres mujer o eres hombre; si eres mujer te ocupas de ciertas cosas, si eres hombre te ocupas de otras. […] Antes de abrirnos al mundo tenemos que encontrar nuestra historia de resistencia a la colonización como mujeres y nuestra historia de buena vida ahora y como mujeres de esta comunidad especifica, que necesita sanarse a sí misma del colonialismo y del patriarcado que ha crecido con el colonialismo. La colonización impuso la dote y los matrimonios obligados, que no existían antes”.

Otra de las aportaciones que realiza Gargallo, es la propuesta que presenta para explicar el desarrollo de las ideas feministas en América Latina, pues argumenta que su existencia antecede a lo que se conoce como su acción en la historia y que están ligadas a las reflexiones realizadas con respecto a la alteridad de las mujeres en relación con el mundo patriarcal y colonial, por ello, estas ideas tienen un origen antihegemónico, antipatriarcal y libertador. Las obras de Francesca Gargallo están abiertas al diálogo con las nuevas generaciones de mujeres feministas que han ya puesto en práctica muchos de los planteamientos que en su momento fueran reveladas por el trabajo intelectual de investigadoras como ella, que, junto a otras, han logrado poner muy en claro la fuerza de las ideas feministas en nuestra América; la descolonización del “saber” es una de esas grandes aportaciones.

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