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Cultura

Rina Altamira Gómez presenta su poemario 'Entre la vida y la muerte sobreviven los sueños', en el que aborda temas como la melancolía, como señala Joaquín Tamayo en el prólogo, desde la influencia de autores como Pita Amor, Fernando Pessoa o Amparo Dávila

El verso “Sentada en el rincón se encuentra la prosa”, de Rina Maribel Altamira Gómez, parece una declaración de principios poéticos. A mí me hubiera gustado que así se llamara este volumen, porque me dio la impresión de que con esa línea la autora estaba, de alguna manera, separando todo aquello que se escribe a renglón seguido de la musicalidad pura, íntima y versificada que impregna Entre la vida y la muerte sobreviven los sueños, obra editada por el Ayuntamiento de Mérida.

Si bien es cierto que es un volumen corto, delgado, nadie puede objetar que su sombra se extiende, como una amenaza de tormenta, hacia la geografía de varios temas: la soledad, la pérdida, el tiempo, el delirio, el desamor y la noche; en fin, esas cosas de las que se suele alimentar la melancolía. Pero ese carácter breve, acotado, no riñe con la profundidad, donde habita la esencia de ese canto suyo que dice lo necesario. Y nos lo dice siempre al oído insomne, para despertar a nuestra alma con sobresaltos:

Mientras duermo tiemblan mis sueños,/ las palabras se agitan ansiosas/ y viajan dentro de una madrugada/ que entreteje una historia.

En contraste con otros poemarios, leí estas páginas sin tregua, de corrido, aunque no podía identificar qué era lo que tanto me intrigaba de ellas y, en simultáneo, qué me retenía en las palabras de la escritora. Entonces recordé al argentino Alberto Girri, quien alguna vez afirmó que a la poesía no se le define, sólo se le reconoce. Y esa idea es exacta. De manera que, de pronto, reconocí a la legítima poesía en sus imágenes. Admito que me conquistaron el ritmo, la plasticidad y la contundencia de sus metáforas. Ya volveré a leerlas como si fuesen un conjuro, una invocación, ante la monotonía cotidiana que todo arruina y desvanece. Así lo señala ella en otro instante de su poemario:

Desde la espesa oscuridad veo a los muertos que se levantan,/ a los tibios morirse/ y a los que estaban de pie, caerse./ Y yo he muerto por cada uno.

No conozco en persona a Rina Maribel Altamira Gómez. Para mí, ella siempre ha sido una voz, lo mismo en el teléfono que en las hojas de su escritura. Pero es casi seguro que, por el rostro de sus poemas, podría –si supiera– retratarla al detalle. De entrada, la dibujaría peleando contra la noche para liberar la luz de su existencia o mirando amorosa el rincón donde crece su poesía.

Entre la vida y la muerte sobreviven los sueños

(Fragmentos del poemario)

Rina Altamira Gómez

Prefacio

Todos tenemos una noche que nos persigue

desde el día en el que nacimos.

Pero yo desde el vientre de mi madre

ya tenía un cielo sin estrellas,

un cielo ciego de esperanza.

 

Mis primeras palabras no fueron palabras,

sino un silencio abrumador

que no se dirigía hacia ningún lugar

ni tampoco se extendía al amanecer.

 

Durante muchos años me alimenté de la incertidumbre/ mientras caminaba en las filas mortuorias,/ esperando/ caer/ en cualquier momento/ dentro de algún agujero,/ dentro de alguna hilera de huesos apilados.

 

Yo estaba a la espera

de que la noche interminable

terminara.

Pero todo era cuestión de algo tan ridículo

como el tiempo.

El tiempo que espera a que la noche se alimente de toda mi sangre./ El tiempo que me condena a seguir dando vueltas por el mismo paraje sin salida./ El tiempo que puede cercenar de repente mi agonía con un adiós./ El tiempo que ha estado conmigo desde el día en el que nací.

 

Broté después de un plenilunio,

de una suave cáscara invernal.

Mi voz se quebró como una cascada

por los pasillos donde nadie llegaba.

Todo antecedió al desamparo,

como una nota lunar discordante.

En medio del silencio de plata,

el aullido de la noche mordió mi cabeza

y dejó una cicatriz en mi sien derecha.

Cuando llegó la hora,

en la cama de un hospital cualquiera,

un hilo se entrelazó entre las sábanas blancas

y dejó la constelación de nuestro ADN.

 

La ceniza que cubría mi cabeza era la huella

de una noche que se había dormido

profundamente

encima de mí.

Así que un día, agarré a la noche para convertirla en sueños/

y dije:

“Todos tenemos una noche

rancia,

purulenta,

sola,

muda,

amarga,

conmovedora

 o

ciega.

Esa noche de la que nadie habla.

Esa noche que duerme en nosotros.

Esa noche en la que dormimos”.

Diluirme

Quiero subir a la rama más alta del árbol

y dejarme caer como el viento.

Quiero sentir el vértigo

y descender como un pájaro herido.

Quiero diluirme en alguna nube de papel.

Lengua de barro

No sé hablar con vivos.

Yo hablo con animales y con muertos.

No sé soñar con besos ni con colores.

Yo sueño con escaleras,

con bocas enormes,

con garras,

con gigantes,

con monstruos,

con perros deformes,

con pies en arena de granito.

Sueño con extraños,

con sus caras apagadas y grises,

y cuando les hablo no me contestan;

en su lugar, me responden las piedras.

Sueño con esto todos los días

y, cuando abro los ojos,

escribo sus nombres en una lista inmensa para no olvidarlos.

 Tengo…

Tengo un agujero en mi corazón.

Tengo un agujero en mis sentimientos.

Tengo un agujero en el cerebro.

Tengo un agujero en el recuerdo.

Tengo un agujero en mi pasado,

presente y futuro.

Tengo un agujero en mis calcetines,

donde el largo invierno duerme cuando hace frío.

Tengo un agujero en mi piel

y en mis manos.

Tengo un agujero en mi pared

y otro en el muro del patio,

 donde me deslizo hacia la nada

 y desaparezco lentamente.

Abyección

Qué devastadora es la oscuridad.

Qué persistente es el aguijón en su cruel existir.

¿Quién puede salvarse ante la ausencia de luz y regresar dos veces por el mismo camino cuando se transita por el lindero de los muertos?

Pesadillas

Tocan la puerta y abro.

Del otro lado de la puerta salen unas manos

elásticas y largas que se extienden hacia mi cuello;

 pero mis brazos crecen

y con una fuerza descomunal

cierro la puerta.

Regreso a mi cama e intento cerrar los ojos, pero no puedo.

Respiro una y otra vez mientras digo:

“Puedes luchar contra todo lo que desconoces”.

Río de sueños

Hay un río de sueños que crece

y recorre la nervadura de la noche hasta exprimir las horas.

Lleva en su cauce lo incierto.

Las palabras

Las palabras se transmutan de hierro a espada,

de espada a sueño.

Atraviesan el espacio y el tiempo.

Sueñan dentro de otro sueño

y se mueven por todo el universo.

No sólo son noctámbulas,

sino también son funambulistas.

Y llegan a ser poesía también.

Umbral

Abro las alas de mi ventana,

liberando el pus de la herida

y la sombra de la muerte.

Voy resanando sus grietas con mis manos de cal y arena,

resguardando entre sus pliegues la edad.

Mañana no sé qué será de mí,

supongo un silencio absoluto.

¿Acaso una última despedida?

Rina Altamira Gómez

 Escritora nacida en Cozumel, Quintana Roo, el 4 de enero de 1969. En 2014 obtuvo el segundo lugar del certamen Flores a Cozumel. Ha participado en diversas antologías y revistas literarias, como Excodra y La Revista Inexistente.

Asimismo, ha recibido mención honorífica en concursos de composición de trova yucateca. Su poemario Vérsame estará disponible próximamente. Actualmente, estudia en el Centro Estatal de Bellas Artes, en el área de Creación Literaria en Lengua Española.

Entre la vida y la muerte sobreviven los sueños fue obra ganadora del Fondo Editorial del Ayuntamiento de Mérida.

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