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Georgina Rosado Rosado analiza las discrepancias entre los feminismos, para buscar un punto de convergencia en el que la violencia y la discriminación ya no tengan cabida

Trampas del patriarcado

Después de casi 10 años de jubilarme y casi 40 de haber iniciado la difusión de la perspectiva de género en la docencia, investigación, activismo y gestión pública, consideré que mi misión había finalizado. Primero porque aquellas marchas feministas en las que participé en la década de los ochenta, iniciaron con 50 mujeres, después llegaron a 200 y más tarde a 500, ahora son de miles. Segundo, porque en la década de los noventa, no existían en las escuelas y universidades las materias o cátedras que abordaran el estudio de la sexualidad con perspectiva de género, el feminismo y los derechos de la comunidad de la diversidad sexual. Por lo tanto, era urgente incorporarlas a las matrículas de estudio, algo que inicié en la UADY. Sin embargo, 40 años después, felizmente esta situación ha cambiado, encontrándonos una importante cantidad, pero aún insuficiente, de materias, cátedras, y personas que la aplican en diversas universidades y escuelas.

Entonces, ¿por qué preocuparme en dialogar sobre el tema, en vez de disfrutar de mi retiro a salvo de las polémicas, los pleitos en las redes y de los linchamientos mediáticos? La respuesta: me preocupa algo que está sucediendo y pone en peligro lo alcanzado por el movimiento feminista, amenazando con hacer retroceder lo avanzado en la lucha por nuestros derechos. 

Por supuesto que, ante el avance de nuestro movimiento, la respuesta patriarcal es feroz, de ahí el aumento de feminicidios y crímenes de odio contra la comunidad de la diversidad sexual. No es casual que el propio Papa salga a decirle a su feligresía que la “ideología” de género atenta contra Dios y su santa iglesia, y que además un par de presidentes, el de El Salvador y Argentina, decidan prohibir las políticas públicas con perspectiva de género.  Pero no es esta respuesta de la derecha conservadora, que era de esperarse, la que pretendo abordar en este y otros artículos, sino las diferencias existentes entre los diferentes grupos feministas incapaces de establecer diálogos, entendiendo estos como la disposición de aceptar que las otras pueden tener parte de razón, y se expresan cada vez de manera más violenta.

Las diferencias entre académicas y activistas, jóvenes y adultas mayores (me niego a llamarnos viejitas), feministas cisgénero y feministas transgénero, mestizas e indígenas, teóricas del género y movimiento queer, entre otras, no sólo nos distancian, sino también nos hacen olvidar que quienes tienen el poder y sostienen el capitalismo patriarcal, que lastima a todas, siguen siendo nuestro enemigo principal y, por lo tanto, debiéramos establecer puentes para dialogar. Es necesario encontrar, pese a nuestras diferencias, lo que nos une para, como decían las feministas de la década de los sesenta: “caminar separadas y avanzar juntas”.

En un artículo es imposible hablar de todas las contradicciones, reales o no, que nos enfrentan, sin embargo, me animo a dar el primer paso en este diálogo, señalando algunas de las confusiones sobre la llamada perspectiva de género.

Primero, desde que en los años ochenta se inició la aplicación de la perspectiva de género, la ciencia en sus diferentes vertientes aportó elementos que fortalecieron el movimiento feminista y viceversa, por lo tanto, la primera mentira patriarcal que no deberíamos repetir es que las académicas y las activistas son grupos diferentes. A las pruebas me remito: las primeras, en su gran mayoría, también participamos activamente en los movimientos marchando, gritando consignas, en plantones, etc. Y es este vínculo entre activismo y academia lo que ha fortalecido la lucha por nuestros derechos.

Segundo, la perspectiva de género jamás podría llevarnos a negar que las mujeres transexuales o transgénero son eso: mujeres, ya que precisamente a esta debemos los estudios que, desde diversas áreas del conocimiento, principalmente la psicología y la antropología, han demostrado que el género es un constructo socio cultural y no un hecho biológico o divino. De ahí la preocupación del Papa para prohibirla. Por ello propongo que en las marchas feministas nos llamemos simplemente mujeres, sin nada que nos divida o propicie que algunas se sientan más legítimas que otras.

Aunque para el caso de algunos movimientos sea necesario diferenciarnos, ya que como bien señala esta perspectiva, el género se construye a partir de relaciones de poder que no sólo involucran a los hombres y mujeres, sino a las etnias, clases sociales, personas con orientación sexual diferente y demás.

Por lo tanto, una mujer puede sufrir diversos tipos de violencia, por su etnia, clase social, orientación sexual, por ser transexual o transgénero, etc. y muchas sufren dobles y triples formas de violencia, lo que requiere una agenda específica, que no debiera contradecir la que nos une a todas.

Tercero, en este primero de varios artículos, atiendo el tema más difícil: las contradicciones entre el movimiento queer y el feminismo, que también es fruto de la ignorancia y que ha llevado a linchamientos, exclusiones e interrupciones violentas de eventos de las feministas emblemáticas y que por lo tanto merece un artículo especial, ahora solo adelantaré algunos puntos.

El género no sólo implica la construcción de lo femenino y lo masculino, sino que dicho constructo en nuestra cultura occidental implica desigualdad y dominio, así la categoría de mujer (blanda, fría, molusca), implica en sí misma la pertenencia a un grupo estigmatizado. No es de extrañar entonces que haya quienes piensen en su negación. Por otro lado, un porcentaje de la población no se identifica con ninguna de las dos categorías (hombre o mujer) y se declaran contra el binarismo que presupone el género.   

Si se trata de descolonizar el feminismo y mirar hacia otras formas de conocimiento, les platico que, en la sociedad mesoamericana, mucho antes que las feministas occidentales, europeas y neoyorquinas, se reconocía la existencia de fuerzas, energías, entidades, que no son puras, es decir, que mantienen elementos femeninos y masculinos. López Austin le llamó “unidad dual”, lo que coincide con nuestra biología (todos, todas y todes tenemos hormonas femeninas y masculinas en nuestro cuerpo en diferente proporción). También con nuestras expresiones de género, ya que aquello culturalmente considerado femenino o masculino (varia en el tiempo y en cada cultura), puede y de hecho está presente en todas las personas, sean hombres o mujeres.

Ahora bien, esto no rompe con la dualidad, ya que las construcciones culturales, en todo el mundo, se realizan a partir de la observación del entorno, donde nos encontramos diferencias físicas visibles entre hembras y machos, aunque también un pequeño porcentaje de personas (aproximadamente el 1.4 por ciento) con ambos genitales. Por lo tanto, existen categorías para diferenciar a los hombres y las mujeres.

Lo que varía de cultura a cultura, es si la dualidad se presenta de manera antagónica en las personas. Es decir, hombres y mujeres son totalmente diferentes o comparten elementos, o sea, en el lenguaje actual si son géneros fluidos, como algunas entidades mesoamericanas o antagónicos como en la occidental.  Pero en los dos casos la dualidad está presente y lo está porque la mayoría de las personas se identifican con algún género, independientemente de su sexo biológico, y porque por más combinaciones que hagamos en nuestra expresión de género, bigote, falda, lazos rosas y botas militares, etc., utilizaremos siempre elementos considerados en este contexto cultural como femeninos o masculinos.  Si en algún punto de la historia de la humanidad ya no será así, está por verse. Lo importante ahora es que nadie, absolutamente nadie, por su género o expresión de género, sufra violencia o discriminación.   

En otros artículos seguiré abordando el tema, por ahora, para no alargarme lo dejó hasta aquí. Pero antes quiero felicitar al Por Esto!, a su fundador Mario R. Menéndez Rodríguez por los 33 años de periodismo libertario, profesional y muy preciado. Gracias, muchas gracias por ser mi casa editorial por varias décadas. ¡Larga vida al Por Esto!

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