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Cultura

A través de una puesta en escena y una entrevista se vuelve a escuchar la voz de María Uicab, sacerdotisa y lideresa militar de los mayas rebeldes o cruzo’ob

Todas somos miel, todas somos María Uicab

Rosa Cruz Pech

Christi Uicab es creadora escénica, investigadora y actriz, nacida en Mérida, Yucatán, hace 27 años. Su proyecto “In k’aabae´ María Uicab” (Me llamo María Uicab) fue beneficiario del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA 2021), para ser realizado en Yucatán y Quintana Roo.

La obra teatral, en formato unipersonal y bilingüe, en contraste con lo que el público sospechó no trató del personaje histórico María Uicab.

Fue más bien un trabajo escénico que tomó como pretexto la vida de la guerrera histórica para desembocar en la historia de la actriz protagonista que, al mismo tiempo, es la historia de muchas mujeres mayas en el descubrimiento de su identidad como mujer y como maya.

Christi se aventuró en un camino de investigación histórica y antropológica que la llevó a abrazar su cuerpo y dignificar aquella memoria personal, familiar y comunitaria. Su apellido Uicab es la pregunta inicial de su búsqueda; su nombre el mapa y como documento histórico, su cuerpo.

La obra “In k’áabae’ María Uicab” (Me llamo María Uicab) conmocionó al público porque durante su desarrollo cada persona se fue conectando con su propia historia de vida o la de sus ancestros.

Uicab: miel de las xunan kab

En la puesta en escena, con tan sólo tres cajones de madera, se recrearon diversos momentos en la vida de la protagonista: desde sus primeros pasos hasta la vida adulta. Christi Uicab llega a Felipe Carrillo Puerto, Q. Roo, preguntando por una tal María Uicab. Haciendo un guiño a Juan Preciado en la búsqueda de Pedro Páramo.

Uicab, que en lengua maya significa camote de la colmena y jalea real, es el apellido que comparten ambas mujeres. Mientras Christi busca con ansias su genealogía se resalta la importancia de la miel al relatar que María Uicab nace de un panal y tiene miel en la sangre.

Porque al igual que las abejas xunan kab, un tipo de abeja meliponera sin aguijón denominada entre los habitantes de las comunidades mayas como la “señora abeja”, las mujeres mayas han sido parte fundamental en la construcción de la historia. Han llenado sus propios ui’ o ánforas de miel y se han organizado en pro de la supervivencia de su comunidad.

Tener un apellido maya, ser boxita y ser mujer

En el andar de la historia, se evidenció el auto-rechazo con el que muchas mujeres crecen por mirar su piel morena, por tener los ojos y el cabello negro, por hablar maya y no español (mucho menos inglés), por tener apellidos mayas, por sentarse a tortear la masa, por la diversidad de corporalidades y habilidades que no coinciden con los perfiles ni con los privilegios de mujeres u hombres blancos. Porque esas experiencias componen nuestro pasado, pero también resuenan en nuestro presente.

Sin embargo, las heridas históricas se revierten hasta que la protagonista se encuentra con un personaje histórico que la llevó a conectar con su cuerpo, con la memoria colectiva y con las luchas contemporáneas del pueblo maya.

María Uicab

María Uicab fue una sacerdotisa y lideresa militar de los mayas rebeldes o cruzo’ob (guerreros de la cruz parlante) del Oriente de la Península de Yucatán durante la Guerra Social Maya, o popularmente llamada Guerra de Castas del siglo XIX. En el transcurso de la puesta en escena, se mostró cómo su existencia llevó a Christi a imaginar otras formas de habitar su cuerpo y de mirar el presente.

La sacerdotisa aparece representada como una mujer maya fuerte, valiente y luchadora junto a su pueblo. A pesar de que, en aquel momento, los tsulo’ob (militares federales blancos) la minimizaron y dudaron de su existencia por el simple hecho de ser una mujer con poder. Y aunque no existen evidencias arqueológicas sobre su imagen, es posible imaginarla con el rostro de cualquier mujer maya y, en este espacio, con el de Christi Uicab.

La protagonista viaja a través del tiempo y nos comparte la presencia de la mujer y la comunidad maya en el presente: lo doloroso de ver a los pueblos originarios bajo el control social de las élites dominantes, la continuidad de la esclavitud y el despojo de los territorios de las comunidades, la explotación de la tierra, el narcotráfico y los trabajos forzosos en los hoteles y proyectos extractivistas. Desde luego, también aparece el racismo que aún continúa vigente en nuestras psiques, en prácticas y en representaciones culturales en nuestra sociedad peninsular.

¿Cómo es posible amar algo que me han enseñado a odiar?

Durante el cierre de la última función, subió al escenario a un personaje importante durante la puesta en escena: el señor Virgilio Martín Tapia, abuelo de Christi Uicab, cuyo apellido fue cambiado de Balam a Martín. Porque borrar nuestra identidad ha sido clave para intentar desaparecernos: desde la Guerra de Castas hasta la actualidad. Cambiar nuestros apellidos mayas a castellanos ha tenido la intención de borrar nuestra historia y cortarnos la utopía de alcanzar la autonomía y libertades en nuestras comunidades.

Conocernos para amarnos ha sido la lección de esta puesta en escena. Finalmente, después de diversos recorridos espaciales y temporales, la obra termina con la protagonista escuchando una cumbia en lengua maya durante su viaje de regreso de Felipe Carrillo Puerto a Mérida y en un momento anterior, sale a escena perreando un rap en lengua maya.

Las mujeres mayas en la actualidad usan hipil, hacen tortillas a mano, hablan maya, pero también usan pantalón, su lengua materna (tras generaciones familiares de rechazo lingüístico) es el español, saben rapear y perrear. Junto a su comunidad siguen luchando por su libertad y autonomía, por el reconocimiento de sus derechos humanos, por rescatar y divulgar su memoria histórica.

Porque todas tenemos miel en la sangre, todas somos María Uicab.

La historia silenciada y la identidad negada de los mayas cruzo’ob

Georgina Rosado Rosado

Después de tanto libros, artículos y conferencias académicas sobre la llamada Guerra de Castas, una pensaría que uno más se antoja innecesario, el desgaste inútil de palabras sobre un acontecimiento en apariencia disminuido ante una vorágine de eventos actuales trascendentes que requieren nuestra atención. Sería así, si no fuera porque negar esta importante etapa histórica, desconocida por amplias mayorías, incluso por los legítimos herederos de este territorio, ha sido más que un descuido accidental de quienes nos trasmiten la historia; es la estrategia ideal para borrar identidades. Aquellas que precisamente, más allá del folclor y la recreación de ceremonias para fines turísticos, son capaces de que sus depositarios se asuman como legítimos dueños de su territorio y poseedores de una gran cultura, y, por lo tanto, de enfrentar a quienes todos los días pretenden enriquecerse despojándolos de sus montes y playas, contaminando sus sagrados cenotes y poniéndonos a todos al borde de la extinción.

Hace una semana, una joven mujer de Cancún se mostró sorprendida al conocer sobre la relevancia del levantamiento de 1847, en el que murieron más de la mitad de los habitantes de la península y que se prolongó por más de 50 años, permitiendo la creación de la nación de los cruzo’ob en el territorio actual del Estado de Quintana Roo. No es de extrañar su desconocimiento, ya que se ha pretendido que la población ignore, entre otros, las causas de tan importante acontecimiento que cimbró las estructuras sociales de la península de Yucatán, ya que son las mismas que, 176 años después, continúan generando malestar e inconformidad entre las poblaciones mayas y el despojo de sus territorios a nombre de un “desarrollo” depredador que sólo beneficia a las élites empresariales.

También se oculta que, en la nación que fundaron los mayas en el 1950, se recrearon elementos prehispánicos, como la transmisión de mensajes de sus deidades a través de sus Ajau, llamados santos patronos por los cruzo’ob, investidura ejercida por parejas. Por lo tanto, mientras las mujeres blancas occidentales luchábamos para que se nos reconociera apenas algunos derechos, ellos aceptaron el carácter sagrado de las mujeres, lo que les permitió ser interlocutoras de la Santísima Cruz, ejercer el cargo de gobernadoras, e incluso ser llamadas reinas, como fue el caso de Hilaria Nahuat, María Uicab y Agapita Contreras.

Pero ¿porque no está en los libros de texto?, me preguntaba la misma joven mientras sus ojos se nublaban de llanto, cuando le narré que el general Victoriano Huerta, en 1901, entró con un ejército de waches al territorio de Tulum, lugar donde se encontraba el santuario de la Santísima y con armas modernas y de gran alcance, masacró a la población. En aquel entonces ese ejército persiguió, ejecutó a hombres, mujeres y niños, quemó vivas a familias enteras, a tantas y tan ferozmente que de los miles que conformaban las comunidades de Muyil y Tulum, entre otras, apenas sobrevivieron algunas, escondidas en los montes viviendo grandes penurias.

Pese a estos tristes acontecimientos, debemos decir que a esos llamados “bárbaros de Oriente”, que fueron perseguidos y masacrados les debemos la conservación de Sian kan, la puerta del cielo, rica en fuentes de agua dulce, ríos subterráneos, cenotes y lagunas, fauna y flora hoy extinta en el resto de la península y de todo un ecosistema que de destruirse pondría en serio peligro nuestra subsistencia.

Sin embargo, la historia negada no termina con el fin de la persecución militar en el territorio de los mayas rebeldes, después de ella siguieron otras invasiones aparentemente menos peligrosas para sus habitantes, pero que a la larga resultaron tan destructivas como las otras, si consideramos que rompieron de una vez y para siempre la autonomía de los cruzo’ob para gobernar su territorio. Nos referimos a la instalación de centros turísticos, principalmente en la costa del Caribe, acompañados de procesos migratorios que el Estado mexicano no sólo alentó sino operó, ofertando ejidos y terrenos gratis en el territorio de Quintana Roo a personas de otros lares. La población de mayas cruzo’ob disminuida en número por el genocidio compartió su territorio con una verdadera avalancha de colonos y los sectores más privilegiados de estos nuevos pobladores son quienes hoy en día ocupan los cargos políticos de mayor jerarquía en la Entidad. 

Las grandes cadenas de hoteles y los proyectos extractivitas se implantaron en la zona y aunque en un principio los mayas originarios de esta región se negaron a participar en los mismos y se adentraron en la selva, donde continuaron practicando sus formas de producción, y en sus iglesias, las convicciones espirituales que le dan sentido a su identidad. Actualmente, sus integrantes más jóvenes, obligados por la necesidad e impactados por las continuas campañas de promoción en sus poblaciones, poco a poco se han ido incorporando a las ofertas de trabajo de los emporios turísticos.

En esta nueva realidad, los mayas de lo que hoy es Quintana Roo, antiguo territorio de la nación cruzo’ob, actualmente ocupan las posiciones más subalternas, ya que los comercios informales están en su mayoría en manos de mexicanos de otras regiones del país y los dueños de hoteles y restaurantes de lujo son extranjeros que los contratan como mano de obra barata de estos establecimientos, es decir, como albañiles, meseros, empleados domésticos, lava platos, etc. En resumen, se convirtieron de nuevo en sirvientes, siendo los legítimos dueños de su territorio, lo que ha tenido como consecuencia que muchos de ellos abandonen su lengua, religión, formas de organización familiar y comunitaria propias, elementos que le dan sentido a una identidad positiva con la cual pudieran enfrentar los continuos intentos de despojo y subordinación.

La buena nueva es que en las iglesias Maya Masewales de Quintana Roo aún se reza a la Santísima y se practican ceremonias que la antropología llama sincréticas, las cuales mantienen vivas la espiritualidad y la filosofía de una de las más grandes culturas del mundo; y en las que la mayoría de quienes asisten a sus centros ceremoniales detentan una identidad positiva y mantienen viva las semillas que germinarán cuando las condiciones sean menos adversas, porque, como ellos dicen: Kuxa’ano’on, ¡estamos vivos!; jach maya’on, ¡somos mayas!; weyanone’, ¡aquí estamos!

Entrevista a la reina y sacerdotisa maya de Tulum, María Uicab, en el Xibalbá

Carlos Chablé

Se impone su personalidad, domina el castellano y me vaciló en maya cuando en algún momento no controlé mi perplejidad, de pronto cerré los ojos y sentí frío, ahí estaba, junto a la mismísima María Uicab, había bajado al Xibalbá.

Cómo hablar con ella que trató en su momento con ingleses, libaneses, asiáticos y afrodescendientes, es nada menos que María Uicab, la gobernante y guía espiritual del pueblo maya masewal, de los cruzo’ob.

–¿Sabe que se ha escrito una novela en la que usted es el personaje principal?, balbuceó apenas el Cronista de Felipe Carrillo Puerto.

–Buenos días, sí, estoy enterada que tienen muchos años buscándome, sé que han estado haciendo entrevistas y conversando con los dignatarios, revisando documentos. Eso me alegra mucho porque mi voz había sido callada por mucho tiempo y no solo mi voz: la de todas las otras mujeres que, como yo, han luchado junto con los hombres masewales cruzo’ob por la libertad, por la defensa de nuestros montes y nuestra cultura.

La voz de María Uicab es encantadora y firme. Me da confianza y sigo escuchándola…

–Sí, soy mujer maya masewal y somos cruzo’ob, por eso tengo un carácter y una fuerte voluntad, pero eso no es lo principal o extraordinario de mi persona, ya que ancestralmente las mujeres, y más las mujeres mayas, siempre hemos hecho presente nuestra voluntad y nuestras decisiones, respondió a otra de mis preguntas y así continuó.

–Es absoluta mentira querernos pintar como mujeres débiles y sin voluntad. Muchas tenemos un carácter fuerte, imagínate qué es enfrentarte a la guerra, cuando tienes que luchar contra los enemigos ts’ulo’ob que vinieron a robar nuestra tierra y nuestros montes: te tienes que enfrentar como mujer maya, con valor y fortaleza, esa es nuestra característica, que no quede ninguna duda sobre eso.

Acerca de si hubo participación de otras mujeres en la llamada guerra de castas, dijo:

–Claro que sí aunque, te digo primero, me molesta que unos extranjeros llamen guerra de castas a nuestra lucha que, en verdad, fue un gran levantamiento maya contra el despojo y contra la esclavitud. Nosotros estábamos luchando por nuestra libertad, por defender nuestros montes y nuestra cultura, así que no sé a qué se refieren con eso de que fue una guerra de castas.

María Uicab, alza la voz de tal manera que este Cronista abre más los ojos y pone mucha atención a lo que ella afirma:

–En esta gran lucha y defensa que hemos hecho no soy la única, sería muy soberbio de mi parte pensar que solo he sido yo, pues antes a Hilaria Nauat se le conoció como nuestra primera reina; desde que yo era casi una niña y escuchaba sobre ella supe de su enorme poder e incluso me enteré de que la asesinó el ejército yucateco; ahora platicamos y descansamos juntas, aquí en el Xibalbá y ¿sabes?, desde aquí seguimos luchando, transmitiendo nuestras voces a nuestro pueblo, a las mujeres.

Cuando le pregunté acerca de sus tres maridos, María, tajante, aclaró:

–¡Me molesta que hablen de ellos!, deben saber de mi enojo cuando hablan con desprecio hacia ellos, enfatizó para luego explicar que “los tres esposos que tuve fueron grandes hombres a los que amé, aunque tengo que confesar algo: fue Ignacio Chablé quien quedó más profundamente en mi corazón; no fueron tristes maridos como dicen algunos ts’ulo’ob, ellos y yo gobernamos juntos, transmitimos las órdenes de las cruces en aquella época cuando los ts’ulo’ob y uaches invadían y asesinaban”.

María Uicab, acomoda su hermoso hipil, ella resplandece y detalla…

—Las mujeres participamos en la guerra y también la dirigimos, pero eran casi siempre los hombres los que se enfrentaban cuerpo a cuerpo con los uaches y ts’ulo’ob durante las batallas; por eso es que quedé viuda tres veces, cada uno de ellos fue un gran dolor en mi corazón. No me molesta que se hable de ellos, pero sí, y mucho, que lo hagan con desprecio.

Los historiadores, dice, no quieren aceptar que en nuestra cultura los hombres y las mujeres mayas podamos gobernar juntos, en paz y en equilibrio.

–Claro que estoy enterada de que hay quienes no quieren aceptar que las mujeres somos iguales a los hombres. Ahí está Crescencio Poot, que terminó desconociéndome y existen jefes mayas que todavía no le dan el lugar que les corresponde a las santas patronas en las Iglesias las han marginado, se les olvida que nosotras hemos luchado, como ellos, desde hace siglos.

–¿Qué piensa acerca de que se hable sobre usted en una novela?, ¿es importante?

–Sí, es importante hablar de mí y de todas ¿por qué hablar solamente de los hombres? solo de los grandes guerreros, por qué no se hablaría de nosotras si también supimos guiar a nuestro pueblo. Hablar de nosotras, las mujeres mayas, permitirá que se hable de otras mujeres también. No me molesta, por el contrario, es muy importante que se hable de mí, de María Uicab, la que fue gobernante y guía, la Santa Patrona que anunció los mensajes de la Santísima y sus cruces hijas; que hablen de mí que soy hija de Ixi’im, el santo maíz, padre y madre nuestros. Estoy aún aquí para recordar quién fui y quiénes fueron otras mujeres que, como yo, participaron en esta lucha por defender nuestra tierra, que luchamos por todo lo que somos y debemos seguir siendo.

La gran María Uicab ganó todavía más mi admiración, con ese su carácter, y me dijo:

–Conozco la novela que dices: En busca de María Uicab, se llama, supe de ella desde el momento en que Georgina Rosado y tú la escribían; no lo notaban, pero junto al viento, entre los aromas y las esencias del incienso que encendían y que les rodeaba, ahí, ahí estaba yo, observando, mirando lo que escribían, escuchándolos cómo debatían y luego se ponían de acuerdo.

No quepo de asombro, me estremezco:

–También vi lo contentos que estaban ustedes al recibir su libro.

–De Antonia, su secretaria, qué puede decirnos, le pregunté.

–Mi querida Antonia, ella creía que yo no sabía el inmenso amor que me tenía y que traspasaba el amor que se tiene por una guía espiritual y amiga; siempre lo supe, ya hablé con ella, la tranquilicé. Sí, era mi secretaria, pero antes que eso, era mi mejor amiga, la persona en la que más confiaba y la que conocía todos mis secretos. Ahora está aquí, conmigo, estamos juntas, recordando esos terribles sucesos; ella entregó su cuerpo a Xtaab que luego con dulzura la puso en mis brazos. Ya vez, periodista, soy dura muchas veces, las necesarias, pero en mi corazón hay espacio para que el amor se acreciente.

Al mencionar a Bernardino Cen, dijo que éste fue el mejor de sus guerreros:

–Tengo que reconocer que nadie hubo como él para guiar a nuestros guerreros, sí es verdad que tenía un carácter un poco explosivo y que era muy difícil controlarlo, por eso una vez tuve que quitarle su cargo de jefe, pero en realidad nadie como él para guiar a la gente en los ataques de castigo a los yucatecos. Lo sigo esperando, pero él no quiere renunciar a esa vida a la que perteneció, todavía no está aquí, él sigue ahí atrapado en la búsqueda de su amada Josefa, no ha entendido que estamos aquí, esperándolo, dígale, si va usted al Museo de Tihosuco, que aquí estamos Josefa y yo, esperándolo con los brazos abiertos.

María Uicab, arreglando su largo y abundante cabello, prosiguió:

–De Crescencio Poot, ¡ay! qué te puedo decir de Crescencio. En realidad, era también un gran guerrero, extraordinario, pero el cansancio y la ambición le ganaron, ya vez, quiso negociar primero con Belice sobre la extracción del palo de tinte en nuestros montes, rompiendo nuestra unidad y sin consultarle a los demás jefes o a mí, a la representante de la Santísima. Luego, quiso negociar con los yucatecos, y yo en realidad no estoy cierta aún de que su estrategia fuera equivocada. Él pensaba que negociar con los yucatecos era una alternativa para nuestro pueblo y quizá, de haberse firmado el tratado se hubieran salvado muchas vidas. Pero su error fue querer hacerlo a espaldas de nosotros, de los santos patrones de Tulum y de los demás tatiches, por eso no nos quedó otra que castigarlo, luego vinieron muchos males y muchas cosas terribles para nuestro pueblo.

–¿Qué aconsejaría a su pueblo en estos tiempos tan difíciles y en especial a las mujeres de la Península de Yucatán?

-Que por favor aprendan de las lecciones que nos da la vida, si fuimos derrotados en parte fue por las traiciones y por no mantener la unión entre nosotros; que no se dejen seducir por esos que quieren hablar a nuestro nombre y que les ofrecen reconocimientos y dinero; que se mantengan como pueblo para poder impedir la destrucción de nuestros montes, que no olviden que ahí habitan nuestros dioses, que en Tulum está el camino hacia Xibalbá, que ahí está el río que nos une a nuestro lugar sagrado… si permiten que sea destruido, si dejan que nuestras aguas sean envenenadas, el mundo como lo conocimos morirá. A las mujeres les digo que recuperen, porque lo han perdido, ese poder que tuvimos hace tiempo, que exijan su lugar junto a los hombres y también, como santas patronas, junto a los santos patrones.

María Uicab se me acercó, se imponía:

–Oye bien, Cronista, esto que te digo: no se trata de pelear entre hombres y mujeres, se trata de que recuperemos esa unidad entre ambos para seguir transmitiendo juntos nuestra historia y la voluntad divina. Que las religiones extrañas no alejen a la Santísima de sus corazones y que nuestras voces, transmitidas ahora por ese libro que ustedes escribieron, sean tomadas en cuenta, ese es mi mensaje y herencia para ustedes.

Su voz se hizo cada vez más lejana, perdiéndose entre sonidos de flautas y tunkules. Sentí una suave brisa con rico aroma de copal, María Uicab, la sacerdotisa, desapareció de mi vista sin darme cuenta, pero sus palabras se me quedaron grabadas muy hondo.

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