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Opinión

Zheger Hay Harb reconoce la amplia labor periodística de Don Mario Renato Menéndez Rodríguez, fundador de Por Esto!

Conocí a Mario por allá por el año 1975, cuando ambos estábamos exiliados en Cuba. Incansable, nunca daba muestras de cansancio ni de abatimiento y fue siempre un apoyo generoso del hervidero latinoamericano que era La Habana en esos tiempos tumultuosos. Su habitación del hotel donde vivía era sitio obligado de reunión de los intelectuales y dirigentes latinoamericanos que pasaban por La Habana.

Su periodismo combativo había denunciado la represión la movimiento estudiantil, de los campesinos copreros en Guerrero, en 1967, cubrió las manifestaciones estudiantiles y la represión del 1968, y su revista Por Qué fue el único medio de comunicación que registró la masacre en la Plaza de Tlatelolco el 2 de octubre de ese año; dio a conocer la rebelión de Genaro Vásquez en Guerrero y del Partido de los Pobres de Lucio Cabañas.

En 1971, la revista sufrió un atentado que destruyó las rotativas y Mario fue encarcelado en el llamado Palacio de Lecumberri. Una acción guerrillera de Genaro Vásquez lo liberó junto con otros ocho presos políticos que fueron recibidos como asilados en Cuba. Nunca dejó de ser periodista.

Donde estuviera y en las circunstancias en que se encontrara era, por encima de todo, periodista. Prensa Latina fue su refugio habanero para mantenerse informado y estaba enterado del acontecer mexicano como si nunca hubiera salido de su país. Fue para mí en el exilio un nexo espiritual y afectivo con Colombia; aquí era un periodista famoso, que había hecho para la revista Sucesos una entrevista en plena selva a la guerrilla del ELN.

Esa es una crónica ejemplar, que se estudia como ejemplo de Periodismo, hecha con maestría desde las preguntas, las fotos y el registro de la vida guerrillera, hasta el cuidado y la astucia con que resguardó los rollos de las grabaciones porque sabía que el Ejército lo detendría una vez que regresara a Bogotá. Un día apareció por la casa donde yo vivía en La Habana con su nena, de apenas meses, que parecía perderse en los brazos de su padre, entonces un hombre bastante corpulento.

Era conmovedor verlo, llevándola sobre sus hombros, cantándole para llevarla al círculo infantil. Su casa y su familia fueron los míos y nuestro reencuentro posterior en México no hizo más que afianzar esos lazos de hermandad. La vida me fue llevando por los caminos de la democracia y allí también nos reencontramos y me llamó a colaborar en el periódico.

Cuando su hija asumió la dirección de Por Esto! me contó orgulloso lo tranquilo que estaba porque sentía que su legado estaba seguro y su obra tendría por fin la continuidad que él había estado esperando. Hace dos meses, por una de esas intuiciones del corazón, fui a quedarme unos días en su casa con él y su esposa Alicia.

Mario se hacía cada día más dulce; el amor lo hacía vencer la traición del cuerpo para sostener y animar a su compañera de toda la vida y los males desaparecían y le cambiaba el semblante apenas veía llegar a su hija. Se fue Mario, mi amigo irreemplazable, y le doy gracias a la vida por haberme permitido ser su amiga

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