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En su columna de hoy, Zheguer Hay Harb, señala el actuar del presidente de Colombia, Gustavo Petro

Cada vez que el presidente de Colombia, Gustavo Petro, aparece con una medida audaz -y polémica, como suelen ser las que rompen el statu quo- sale la oposición a decir que está pavimentando el camino para instaurar en Colombia una dictadura tipo Cuba o Venezuela y quedarse en el poder.

Es cierto que algunas ideas del presidente -que parecen quedarse sólo en eso: ideas, como la de proponer una Asamblea Constituyente luego de que fracasaran sus proyectos de reforma en el Congreso de la República-, pudieran generar alguna preocupación que no tiene por qué llegar siquiera a temor, pero de ahí a que la oposición deduzca que ya está pavimentando el camino a su presidencia eterna hay un trecho imposible.

El presidente -y las fuerzas que lo apoyan- perdió las elecciones del año pasado a alcaldías y gobernaciones, la Colombia Humana, su partido, cada día acusa mayor debilidad; la Alianza Verde, el partido donde se alojan varios de sus simpatizantes, amenaza disolverse, y ni siquiera su equipo de Gobierno ha podido consolidarse por el cambio frecuente de cabezas de ministerios y entidades, como ha ocurrido con el Departamento Nacional de Planeación, el de Riesgos y Desastres y la Unidad de Protección.

Por otra parte, el Ejército y la Fuerza Pública en general, con la purga que hizo el presidente apenas asumido el poder, en virtud de la cual fueron llamados a calificar servicios más de 100 generales, pero sin que se haya cambiado radicalmente la doctrina militar, no da señales de estar siendo preparado para que acompañe una toma violenta del poder por el mismo Presidente de la República. Lo que sí ha ocurrido es que las Fuerzas Armadas han recibido la orden de no bombardear donde se conozca de antemano la presencia de niños, como ocurrió en el periodo anterior, con la justificación del entonces ministro de Defensa de que eran “niños convertidos en máquinas de guerra”.

Pero, al parecer, sí se han generado resentimientos en el estamento militar que, como suele ocurrir en esos casos, se conoce sólo por rumores que filtra la prensa porque manifestaciones expresas serían imposibles.

Así que la situación está lejos de ofrecer un escenario con una Presidencia de la República tan poderosa que haga delirar a su dirigente máximo con que quiere convertirse en dictador absoluto. Hay que pensar, más bien, en un juego opaco de la oposición para sabotear propuestas presidenciales.

Ante el hundimiento en el Congreso de la Reforma a la Salud, de la cual venía hablando desde su campaña presidencial y aún desde antes, cuando como senador criticaba el modelo de salud, el presidente emitió el decreto de intervención de las dos mayores Empresas Promotoras de Salud (EPS), como tuve oportunidad de comentar en mi columna anterior. La oposición no se hizo esperar: lo acusó de implantar por decreto lo que proponía en el proyecto de reforma. Señalamiento injusto porque esa era una posibilidad de dar un vuelco total al Sistema de Salud, de lo cual este era apenas un aspecto.

De todas maneras, ese fue un paso peligroso: cuando el día a día de unas empresas de salud ahora estatales empiece a mostrar las demoras para conceder citas, el desgaste de los ciudadanos en espera de los medicamentos que posiblemente no vayan a recibir, las cirugías atrasadas, los programas de prevención desatendidos, el descontento pondrá al Gobierno en una situación más difícil que la que hoy enfrenta. Son aproximadamente 17 millones de afiliados que debe atender un Ejecutivo que no ha demostrado capacidad organizativa ni de gestión. Me atrevería a decir que ese fue un tiro en el pie que se dio el Gobierno nacional.

Los enfrentamientos con el empresariado se están haciendo cada vez más frecuentes y algunos mandatarios regionales se unen para que su oposición al poder central tenga un peso mayor. Los medios de comunicación se han sentido ofendidos por el presidente y reaccionan en consonancia.

Ante este panorama, es urgente salvar los proyectos esenciales para el país, como el de salud, infraestructura y la Paz Total, y para eso tiene que haber un propósito nacional por encima de simpatías o enfrentamientos. Esto lo he dicho en este espacio varias veces y en la prensa muchos insisten en ese llamamiento. Sin acuerdo nacional no hay país posible; el presidente y la oposición están en mora de dar el primer paso.

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JG