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En el 1948 fue asesinado Jorge Eliécer Gaitán, candidato liberal a la Presidencia de la República, y su muerte desató la violencia entre liberales y conservadores de Colombia

Tomo prestado el título de la novela inconclusa de Truman Capote, no para hacer chismes de sociedad, como hizo él en la obra, sino específicamente por la frase de Santa Teresa de Jesús que, según el escritor, dio título a su obra: “se derraman más lágrimas por las oraciones contestadas que por las no contestadas”.

Esas plegarias atendidas son las que se han venido rezando con fervor en Colombia, por la paz, desde hace muchos años, sin que, hasta el momento, a pesar de algunos éxitos que pronto dan paso a fracasos, logremos ese estado de tranquilidad y armonía.

La Vorágine, la novela de José Eustasio Rivera, de 1924, ya clásica del género, señala desde su comienzo el sino violento de Colombia: “Antes de que me enamorara de mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”. Habla de las condiciones de esclavitud a que eran sometidas las tribus indígenas del Amazonas por los caucheros que hicieron ingentes fortunas a costa de su opresión.

Oí contar a funcionarios estatales que prestaban sus servicios en esas regiones, cómo en tiempos todavía recientes, había hacendados que organizaban cacerías de indígenas, y que decían con total frescura que no tenían idea de que eso fuera algo malo.

En el 1948 fue asesinado Jorge Eliécer Gaitán, candidato liberal a la Presidencia de la República, y su muerte desató la violencia entre liberales y conservadores, en medio de la cual se creó una organización de autodefensa campesina de liberales para protegerse de la violencia de los conservadores, que en el 1964, bajo la orientación del Partido Comunista, se convirtió en las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), desmovilizadas en el 2016, mediante un Acuerdo de Paz con el Estado.

Pero no fue con la muerte de Gaitán como se inició la violencia, como lo prueba el hecho de que dos meses antes el caudillo, como era llamado, organizó la marcha del silencio para protestar por la violencia, aunque con su asesinato las diferencias entre los dos partidos se convirtieron en enemistades a muerte.

En los años 60 del siglo pasado nació también el Ejército de Liberación Nacional (ELN) bajo el influjo de la Revolución Cubana y, a pesar de los 18 intentos de desmovilización que han realizado varios gobiernos de distinto tipo, nunca se ha decidido a aceptar un Acuerdo de Paz.

En los años 70 nació el M19, una guerrilla más urbana y con más audacia política que casi desde sus inicios proponía negociar la paz hasta cuando en el 1989 lo logró con resultados notables.

En medio de estas luchas rebeldes aparecieron las grandes mafias del narcotráfico que aterrorizaron al país y dejaron su impronta de dinero fácil que tanto daño ha causado y que hoy en día reclaman la paternidad de organizaciones armadas que actúan en el campo, algunas buscando camuflarse como grupos políticos.

La mezcla fatídica de narcotráfico, extrema derecha y pretexto de lucha contra guerrillera, desembocó en la creación de los grupos paramilitares, cuya desmovilización (que resultó en gran parte ficticia) negoció el Gobierno de derecha de Álvaro Uribe y cuyos jefes buscan ahora ser incluidos en la justicia restaurativa (JEP), creada en el Acuerdo de Paz con las FARC, que les permitiría pagar penas alternativas a la prisión.

Ahora nos encontramos con que el ELN, de origen y postulados revolucionarios, comparte espacios en el campo con los grupos de narcotraficantes organizados bajo siglas que pretenden camuflar sus orígenes puramente mafiosos, a los cuales ahora se suman dos disidencias de las FARC (una que desertó después de haber firmado el Acuerdo de Paz y otra que se formó con antiguos guerrilleros que nunca adhirieron a ese pacto), todas desarrollando sus acciones de manera que difícilmente escapa a la práctica del narcotráfico.

Así que nuestra plegaria por la paz, atendida mediante la negociación con las FARC, nos deja ahora con una guerrilla decidida a perpetuarse en el monte y otros grupos, matándose entre sí, atropellando campesinos y asesinando a firmantes de paz y líderes sociales: 243 hasta el momento y la dolorosa cuenta sigue aumentando.

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