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Opinión

En Colombia se conjugan el fenómeno de El Niño y su temporada seca con las condiciones atmosféricas que ocasionan las corrientes de polvo del Sahara

Desde antes de que se declarara oficialmente que Colombia había entrado en el fenómeno El Niño, con sus alzas inéditas de temperatura y la sequía que arrasa cultivos, empezaron a presentarse incendios forestales. Estos constituyen serias amenazas para la vida humana, relacionada con la muerte de animales, algunos en peligro de extinción, la destrucción de la fl ora nativa y de los cultivos de los cuales muchas familias derivan el sustento.

No es un peligro menor y está relacionado con los efectos del cambio climático en el mundo entero. El 21 de enero, Natalia Bateman escribió un artículo en la revista Cambio, en el que relata cómo una noche en una playa al Sur de Australia los despertaron las alertas sobre incendios forestales. Al día siguiente, el Sol se negaba a salir: “El Sol había desaparecido y todo tenía un tinte naranja, como si hiciéramos parte de una fotografía antigua. Pronto nos quedamos sin electricidad y para el 2 de enero estábamos incomunicados, pues los teléfonos se habían descargado… Ese verano, el fuego arrasó 17 millones de hectáreas en Australia, miles de familias perdieron sus casas, al menos 33 personas murieron y más de 3 billones de animales desaparecieron de la faz de la Tierra”.

En Colombia se conjugan el fenómeno de El Niño y su temporada seca con las condiciones atmosféricas que ocasionan las corrientes de polvo del Sahara.

En épocas secas, sin lluvias que limpien la atmósfera y sin las corrientes verticales de aire, las partículas contaminantes permanecen cerca de la superficie. Los incendios liberan, además de partículas, gases contaminantes, entre ellos el más dañino de todos: el carbono negro, generado principalmente por la combustión de combustibles fósiles y de biomasa.

Ya en las ciudades de Bogotá y Medellín (con 8 y 4 millones de habitantes, respectivamente) la calidad del aire se ha deteriorado considerablemente. Y los incendios forestales agravan la situación. Los cerros tutelares de Bogotá, sus páramos, de donde nace el agua para su vida, están ardiendo. Pero los incendios no sólo están en los cerros de estas ciudades: en Santa Marta, la Sierra Nevada, gran pulmón caribe habitado principalmente por comunidades indígenas, también se está incendiando y el Instituto de meteorología y estudios ambientales (Ideam), alerta sobre concentraciones de carbono en las regiones Caribe, Andina y la vertiente del Orinoco, muy cerca del Amazonas.

Las entidades del Gobierno han lanzado alertas y recomendaciones sobre los peligros de esta situación, pero la gente suele tomarlas a la ligera aunque para los adultos pueden consistir en cardiopatías isquémicas y accidentes cerebrovasculares y en los niños en infecciones respiratorias y agravamiento del asma.

Lo absurdo es que estemos lanzando esas alarmas a estas horas, cuando hace 223 años Alexander von Humboldt, estudiando el descenso del nivel de las aguas en el lago Valencia de Venezuela y la aridez de las zonas circundantes, determinó que el ser humano, con la tala de árboles y la extensión de las áreas de cultivo a expensas de los cuerpos de agua y los bosques, era el culpable y esbozó la idea del cambio climático.

Lo reiteró cuando subió al Chimborazo, cuando analizó la extensión de la colonización del Oeste en Estados Unidos y la destrucción de los bosques “como han hecho los cultivadores europeos en todo el mundo”, conclusiones en las que lo apoyaron Benjamin Franklin y el presidente Thomas Jefferson. Simón Bolívar se declaró partidario de sus ideas. Humboldt contradecía con sus comprobaciones científicas en terreno lo que en el 1748 había dicho Montesquieu observando los jardines y granjas: que la humanidad había hecho la tierra más apta para vivir en ella. Johann Wolfgang Goethe, Charles Darwin, Julio Verne, Lord Byron, Napoleón Bonaparte, Aleksandr Pushkin, Henry David Thoreau, se maravillaban con las conclusiones de Humboldt, quien fue el primero en descubrir que “la naturaleza es una totalidad viva… todo está entrelazado. Hay una sola vida derramada sobre las piedras, las plantas, los animales y los seres humanos… la especie humana está afectando al clima mediante la deforestación, la irrigación descontrolada y las grandes masas de vapor y gas producidas por los centros industriales”, como nos recuerda la magnífica biografía de Humboldt de Andrea Wulf, La invención de la naturaleza.

Esa noción de naturaleza cambió la forma de entender el mundo, sin embargo, más de dos siglos después, seguimos actuando como si nuestra forma de habitar las ciudades y el campo no tuviera nada que ver con los peligrosos trastornos del ambiente en que vivimos.

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