El arte de no hacer enemigos

Estados Unidos es responsable de las tensiones que lo enfrentan a Rusia y China, que altera los equilibrios mundiales y genera tensiones cada vez más peligrosas
domingo, 21 de enero de 2024 · 14:53

Desactivada la Guerra Fría y finiquitadas las contradicciones ideológicas antagónicas entre el socialismo y el capitalismo que alimentaron la confrontación Este-Oeste y la Guerra Fría, no es difícil probar que Estados Unidos es responsable de las tensiones que lo enfrentan a Rusia y China, con los cuales se fomenta una confrontación que altera los equilibrios mundiales y genera tensiones cada vez más peligrosas.

Mijaíl Gorbachov, Boris Yeltsin y Vladimir Putin, los tres últimos líderes rusos, han realizado los mayores esfuerzos y otorgado enormes concesiones para mejorar las relaciones con Estados Unidos y por esa vía con todas las potencias Occidentales.

Antes lo hizo China. En el 1972, Mao Zedong y Chou Enlai pactaron con Richard Nixon y Henry Kissinger arreglos estratégicos para normalizar las relaciones entre ambas potencias que las sucesivas generaciones de líderes chinos, desde Deng Xiaoping a Xi Jinping han cumplido al pie de la letra.

En la construcción de las avenencias hubo también aportes de los Estados Unidos. En el 1933, el presidente Franklin D. Roosevelt, enfrentando la oposición del establishment estadounidense, reconoció a la Unión Soviética y en el 1942, también bogando contracorriente, se alió con ella para formar la coalición antifascista y derrotar al eje Berlín-Roma-Tokio.

La Unión Soviética fue consecuente y tras establecer la alianza con Estados Unidos, en el 1943, procedió a la disolución de la Internacional Comunista fundada por Vladímir I. Lenin en el 1919, con el desmesurado cometido de promover y organizar la lucha antiimperialista y anticapitalista a escala universal, propósito que, a la altura referida, había perdido vigencia.

Al concluir la II Guerra Mundial, a pesar de la opulenta propaganda anticomunista, la Unión Soviética y su líder, Joseph Stalin, disfrutaban de enorme popularidad en los Estados Unidos, mientras Gran Bretaña era admirada porque, liderada por Winston Churchill, con impar heroísmo, plantó cara a los nazis. Por su desempeño político, militar y diplomático en la II Guerra Mundial, los Estados Unidos de Roosevelt asumieron un legítimo liderazgo de Occidente.

El espíritu que prosperó en la lucha antifascista no sobrevivió en la victoria, entre otras cosas, por la muerte de Roosevelt. Aunque no pudo impedir la Guerra Fría, facilitó la consolidación de la ONU y evitó la confrontación armada entre las potencias.

Como aporte estratégico al equilibrio en las relaciones entre las potencias, en el 1955, concluida la Guerra de Corea (1950-1953) y en los momentos más tensos de la Guerra Fría, la Unión Soviética, liderada por Nikita Jruzchov adoptó los preceptos de la Coexistencia Pacífica en las relaciones internacionales. La doctrina que, desde entonces y hasta el último día guio la proyección internacional soviética, auspició la convivencia y la cooperación entre estados con diferentes regímenes sociales.

Un fruto directo de la Coexistencia Pacífica, brevemente alterada por la Crisis de los Misiles en Cuba, fueron los acuerdos para la supresión de las pruebas nucleares, la limitación de armamentos nucleares, así como de las fuerzas convencionales en Europa y el Tratado de no Proliferación Nuclear.

En fecha reciente, en entrevista con el periodista Sean Hannity, afamado conductor de televisión en la cadena Fox, el expresidente Donald Trump declaró: “Me llevé bien con Putin... Tuve conversaciones con el presidente Xi Jinping, tengo una gran relación...” “Me llevaba bien con el líder norcoreano, Kim Jong-un”. Son tantos a su favor.

De mis estudios sobre el desempeño político de los Estados Unidos, he llegado a la conclusión de que, a este poderoso país, el que en más conflictos militares ha participado, no siempre provocado por ellos como fue el caso de las dos guerras mundiales, la paz le ha proporcionado mejores resultados que las guerras.

La admiración que en los últimos siglos concitó Estados Unidos, se debe más a su cultura, a los frutos de su industria, a su tecnología, inventiva y capacidad para el emprendimiento y la innovación, y para generar talentos, a su música y su cine y, sobre todo, a su fabulosa economía y a sus finanzas, dólar incluido, que a su desempeño en los campos de batalla.

Varias veces he realizado la prueba y no he encontrado a algún menor de 40 años, incluidos mis hijos y sobrinos, que puedan hablarme de Iwo Jima o Guadalcanal; pocos conocen algo del día “D” o de Normandía, lo ignoran todo sobre la Guerra de Corea y casi siempre cuestionan el bombardeo atómico contra Hiroshima y Nagasaki. Para bien suyo, creo yo, Estados Unidos no ha forjado nada parecido a las leyendas de Esparta, tal vez nunca se lo propuso.

A pesar de sus muchos críticos, no conozco algún país interesado en confrontar directamente a los Estados Unidos, en todo caso, se alistan para, si es preciso, defenderse de ellos. La lista de los que se atreverían a provocarlos militarmente es tan exigua como enorme es la de los que desean mantener relaciones normales y mutuamente ventajosas.

Por qué, si con muy pocas excepciones, todos los países desean llevarse bien con Estados Unidos, algunos líderes de Estados Unidos insisten en llevarse mal con algunos.

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