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Opinión

Georgina Rosado fija su postura respecto a los argumentos en contra del uso del lenguaje inclusivo de género, así como lo necesario que resulta

Este artículo lo escribo pensando en los amigos y amigas, que de verdad estimo, pero me suelen enviar en las redes carteles y videos en donde no sólo se cuestiona a las personas que utilizamos el lenguaje inclusivo, sino que además se nos cataloga como ignorantes. Dichos mensajes, a manera de sentencia, generalmente incluyen una frase donde se afirma que la RAE (Real Academia Española) ya prohibió el uso del lenguaje inclusivo o incluyente. Ante esa afirmación hay que hacer una primera aclaración: la RAE puede emitir una postura sobre el uso del lenguaje, pero no tienen la facultad de prohibir o sancionar sobre su uso.

El lenguaje ha cambiado radicalmente a través del tiempo al grado de que, para poder leer un documento escrito en el español del siglo XV, por ejemplo, los y las historiadoras tienen que tomar cursos de paleografía. Dichas transformaciones no tienen nada que ver con dictámenes de expertos, sino más bien con los cambios culturales, mismos que se reflejan en el habla común de los diferentes grupos sociales.

Para aportar a la discusión sobre la pertinencia de utilizar el lenguaje inclusivo de género debo recurrir a investigaciones científicas que van mucho más allá de opiniones personales, aunque sin negar su vinculación con posturas políticas, en este caso para lograr un mayor equilibrio de poder entre los géneros.

Partimos de una pregunta elemental, y para su respuesta debemos apoyarnos en estudios serios y científicos de todo el mundo. ¿Hasta qué punto el lenguaje determina el modo en que pensamos? La adquisición y el uso del lenguaje mantienen una fuerte relación con diversos procesos psicológicos básicos como la memoria o la atención. Así, los resultados de diversas investigaciones apoyan la existencia de la relación entre el uso lingüístico de los objetos y el modo en que razonamos sobre ellos (es decir, en términos masculinos o femeninos). Por ejemplo, se ha observado que, al evaluar distintos objetos en la dimensión de fuerza, tanto hablantes españoles como alemanes tienden a catalogar como más fuertes o potentes los términos que en su propia lengua son gramaticalmente masculinos, que aquellos que son femeninos.

Las implicaciones prácticas de estos resultados son relevantes. En primer lugar, el género gramatical de los términos genéricos que usamos para hacer referencia a las personas (p. ej., “médico”, para referirnos tanto a hombres como a mujeres) puede determinar las representaciones mentales que activamos. Así, se ha observado que el uso de términos genéricos masculinos reduce el número de mujeres que recordamos o, que la proporción de hombres y mujeres que creemos forman parte de un grupo, varía según el término genérico que usemos para referirnos a ese grupo (Braun, Gottburgsen, Sczesny, & Stahlberg, 1998).

Por lo tanto, el uso de esta clase de términos en nuestro lenguaje podría incluso afectar a la nominación de mujeres y hombres para diferentes puestos laborales, como sucede con los cargos políticos. Asimismo, los publicistas podrían utilizar distintos géneros gramaticales para activar diferentes representaciones mentales de los productos (p. ej., la asociación del género femenino con productos del hogar, y el género masculino con productos tecnológicos), potenciando así los estereotipos de género. Lo que nos lleva a afirmar que, como todo producto social e histórico, la lengua influye en nuestra percepción de la realidad, condiciona nuestro pensamiento y determina nuestra visión de mundo. En aquellas sociedades cuyo orden social se basa en las diferencias entre los sexos, el lenguaje ha sido utilizado como un mecanismo de poder y control para perpetuar formas de dominación. Así, desde el lenguaje, se define una forma de ver el mundo, de relacionarse con las demás personas y de autopercepción, que coloca al hombre como referente único para comprender a la humanidad. Esto ha contribuido a invisibilizar a las mujeres y lo femenino en el lenguaje, propiciando una imagen desvalorizada y negativa de ellas, y generando situaciones de exclusión y discriminación perpetuadoras de este sistema de dominación.

Como se afirma en la guía del lenguaje incluyente de Lillyam Rojas y Martha Eugenia Rojas, el lenguaje es la rueda de trasmisión de la cultura. Puesto que la cultura es sexista, el lenguaje tiene ese tinte. Eso es grave para la mujer, porque lo que hace es dejarnos sumidas dentro de un contexto de masculinidad. El idioma es un patrimonio cultural también, y hay que defenderlo. Pero lo que no se puede defender es aquella parte que tiene implicaciones de desigualdad.

Sin embargo, es pertinente aceptar las dificultades que implica utilizar el lenguaje incluyente, dado que el idioma español se desarrolló en una cultura machista y por lo tanto desde una perspectiva androcéntrica, su estructura gramatical complejiza la posibilidad de, sin romper sus reglas u oscurecer los discursos, visibilizar a las mujeres y lo femenino. Por lo tanto, las estrategias deben ser cuidadosas y por supuesto van mucho más allá que el usar el femenino y el masculino alternativamente.

Las propuestas para el uso del lenguaje incluyente pueden ir, desde las más radicales, utilizando la @, la x o la letra e para incluir ambos femenino y masculino, a las palabras, incluso a las personas que no se identifican con ninguno de los géneros. Pero también existen manuales donde se pide a las personas que redactan el español, o traducen este idioma, un poco de reflexión y buena voluntad para tratar de evitar, en la medida de lo posible y sin violentar el idioma, el uso de términos o expresiones sexistas discriminatorias para las mujeres.

Ya que como bien dice Yadira Calvo, “escribir en sí ya es una misión difícil, encima de eso hay que buscar que no nos oculten a las mujeres: hay un trabajo adicional que lo dificulta. No es sólo la lucha que supone decir algo que capte mi pensamiento, sino que, además, quede bien escrito y que yo pueda sentirme incluida dentro de ese lenguaje”: Yadira Calvo (Román, 13 febrero 2013, párr. 14-15).

Para mí no hay fórmulas perfectas, por lo tanto, procuro utilizar el femenino y el masculino de las palabras, por ejemplo, hablar de niños y niñas, pero también las palabras; infancias, ciudadanías, estudiantado, es decir los términos que nos incluyen a todos y todas. En una misma página puedo utilizar ambas estrategias, decidiendo cuál de ellas usar con base en el contexto de lo escrito, lo que para nada recomendaría es masculinizar palabras donde incluso las reglas gramaticales más estrictas nos permiten feminizar, por ejemplo, podemos decir, gobernadora, abogada, directora, ingeniera, etc., sin violentar el idioma. Por lo tanto, utilizar en los títulos y nombramientos únicamente el masculino; es decir, llamar gobernador o ingeniero a una mujer que ostente este cargo o ese título no es más que un exagerado androcentrismo que encierra una profunda misoginia.

Porque como bien dicen las autoras del manual arriba mencionado: “ninguna postura rígida puede solucionar satisfactoriamente el problema. Sólo pueden prosperar aquellas posturas flexibles que adapten a cada caso la expresión más conveniente”. Lo recomendable, finalmente, es buscar propuestas mesuradas, que no atenten contra las reglas más profundas del español, pero que permitan la incorporación del cambio, sólo así podremos alcanzar soluciones permanentes en esta problemática.

 

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