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Jorge Gómez Barata habla las implicaciones que conlleva la campaña militar de Rusia contra Ucrania y como esta estremece los conceptos de diplomacia multilateral

La campaña militar emprendida por Rusia en Ucrania, en la cual participa la OTAN, liderada por Estados Unidos, estremece los conceptos y las estructuras de la diplomacia multilateral que no está preparada para una confrontación en la cual, los miembros permanentes del Consejo de Seguridad, en gran medida responsables por la paz global, se enfrentan entre sí.

A la vez, debido a la existencia del veto, el Consejo de Seguridad ha sido anulado y no ha podido pronunciarse, en tres sesiones sucesivas en la Asamblea General de la ONU, unos 140 países se han sumado a la crítica y en ocasiones a la condena a Rusia, llamando a la paz o exigiendo el fin  de la guerra.

En esos eventos, cuatro Estados han manifestado su apoyo a Rusia y unos 40 se han abstenido, entre otras cosas por razones prácticas: no es su guerra, y los contendientes, Estados Unidos, Europa y Rusia son actores internacionales relevantes con los cuales enemistarse no es buena idea.

Aquellos que rehúsan sancionar políticamente a Rusia consideran pertinentes las preocupaciones de seguridad asociadas a la expansión de la OTAN y la aproximación de sus efectivos y sus armas a las fronteras rusas, pero no endosan la invasión a Ucrania, país al cual no suelen criticar ni alabar.

Los Estados que, con distintos grados de radicalismo, rechazan o repudian la guerra y aconsejan el diálogo y la paz, tampoco comparten las posiciones de Estados Unidos y la OTAN, no se suman a las sanciones económicas a ni al boicot de los productos culturales rusos, aunque acatan las decisiones de organismos internacionales al respecto. Ninguno suministra armas a las partes beligerantes y algunos se abstienen, incluso de opinar.

Entre estos Estados, son notorios China e India, potencias emergentes, paradigmas tercermundistas, con enorme peso en las relaciones internacionales, políticamente cercanos a Rusia, a la cual ofrecen apoyos económicos para lidiar con las sanciones y respaldo político en las organizaciones multilaterales, incluida la ONU; sin embargo, auspician la paz bajo premisas que no son las de Rusia.

Un caso notorio es el de Turquía, miembro de la OTAN desde 1952, políticamente cercana a Rusia, de quien es un importante socio comercial, a tal punto que se abstiene de aplicar la mayoría de las sanciones impuestas por Estados Unidos y la Unión Europea.

Esta ambigüedad gestada desde 1923, momento en que León Trotski, siendo comisario para la defensa del Gobierno soviético, apoyó la lucha encabezada por Kemal Atatürk, líder del movimiento que condujo a la formación de la Turquía moderna.

En reciprocidad, en su condición de presidente de Turquía, en 1929  Atatürk brindó asilo a Trotski hasta 1933, entregándole un pasaporte turco, único que tuvo en su vida y con el cual fue acogido en 1929 por el presidente Lázaro Cárdenas en México, donde lo alcanzó la larga mano de Joseph Stalin, quien armó la del español Ramón Mercader, hijo de la cubana María del Río, agente de la KGB y autor material de uno de los más oprobiosos crímenes políticos del siglo XX.

La guerra que siega vidas, destruye bienes, envenena las amas y siembra vientos, también daña y quebranta instituciones y prácticas de diplomacia multilateral difícilmente construidas. No hay alternativas ni sustitutos para la paz.