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Las escritoras Georgina Rosado y Ariadna Tenorio hablan sobre la discriminación y racimos que sufren las comunidades de Yucatán principalmente por el tono de piel

Dos tonos de piel: Racismo y discriminación en Yucatán

Georgina Rosado Rosado

Dos tonos de piel fueron suficientes para que Chelito, una de las tres hermanas Marrufo, fuera la elegida y decidieran educarla junto a sus primas en una de las tantas haciendas pertenecientes a la casta divina, dejando a sus morenas hermanas en el pueblo para que ejercieran labores domésticas. Fue así como mi abuela, de blanca piel y de ojos verdes, pudo adquirir una exquisita caligrafía e impecable ortografía y con el paso de los años llegó a ser la secretaria particular de un Gobernador, logrando además un “buen matrimonio” con el integrante de una familia de clase acomodada.

Dos tonos de piel, o quizás solo uno, es lo que llevó a una mujer maya a asegurarme hace unos años que la más chica de sus hijas, “más blanquita” que sus hermanas, sí iría a la escuela a diferencia de las otras, augurándole que tendría un futuro promisorio. No porque quisiera menos a la otras, sino porque los escasos recursos de la familia debían invertirlos en quien tenía mejores posibilidades de adquirir en el futuro un trabajo bien renumerado, por ejemplo, en alguna casa comercial, que ella sabía muy bien, siempre solicitan “buena presentación”, es decir, ser clara de color.  

No sé cuántos tonos de piel fueron los suficientes para que la adolecente de una secundaria rural ejerciera acoso hace unos meses contra su compañera a la que consideraba “negra, fea e india” por su color de piel y a la que golpeó usando una piedra, con tanta fuerza y animada por los gritos de sus compañeras, que terminó matándola.

Y es el tono de piel el que indica, en la mayoría de los casos, el grupo social al que se pertenece en Yucatán y en otros lares de México. Si creen que exagero, les invito a cruzar variables y comprobarán que, salvo excepciones, mientras más alto es el nivel económico más clara la piel de sus integrantes, al grado de que, si ustedes visitan un club social, balneario, incluso una iglesia muy al Norte de la ciudad en los fraccionamientos exclusivos de las élites yucatecas, podrían creer que están en el extranjero, quizás en algún país nórdico por la fisonomía y vestimenta de sus ocupantes. Igual sucede con las fotos de cumpleaños de los niños de la clase alta yucateca donde podemos observar que, como en el porfiriato, son cuidados por sus nanas morenas, en su mayoría de origen maya, mientras sus madres platican.

Tan real es que, según la última encuesta del Inegi, los municipios más pobres de México son los habitados por población indígenas, con sus pieles cobrizas y pobreza a cuestas. Aquí en Yucatán, esta realidad se agudiza y resulta que tener un apellido maya, hablar en la lengua originaria de esta región, el tono de piel, o ser de una comunidad rural, es motivo de discriminación y que se reduzcan las opciones laborales. Porque como dice el dicho popular: “como te ven te tratan” y si te ven de rasgos mayas o utilizas la vestimenta tradicional el trato será discriminatorio.

De acuerdo a más de mil encuestas que aplicamos, Landy Santana y la que escribe, en escuelas de nivel medio de Yucatán ser “wiro” se define de acuerdo a las respuestas de los jóvenes como: ser “moreno”, “de pueblo”, “indio”, “feo” e “ignorante”. Lo más triste fue que cuando les pedimos describieran a sus parejas ideales un buen número de ellos y ellas las retrataron con rasgos occidentales (hueros, de ojos claros y altos), incluso los describieron así quienes portaban evidentes fenotipos mayas, lo que nos habla no solo del racismo sino de una identidad estigmatizada adquirida por siglos de discriminación. Y en esas mismas encuestas fueron las jóvenes de origen indígena las que reportaron sufrir más discriminación en sus escuelas, por lo tanto, ser mujer y ser maya te sitúa en una posición de riesgo y vulnerabilidad ante las violencias.

Así es, aunque lo neguemos e intentemos ocultar de mil maneras, vivimos en un Estado terriblemente racista que discrimina a los descendientes de los pueblos originarios de Yucatán, los legítimos dueños de este territorio que hoy padecen, injustamente, dominio y explotación.

Es urgente entonces el diseño de políticas públicas que rompan de tajo, más allá de las voluntades personales, las practicas racistas en Yucatán.

Se necesitan políticas que impliquen campañas de sensibilización y formación en las escuelas desde edades tempranas, pero también que nos aseguren a través de las acciones afirmativas que ser maya, hablar la lengua materna, tener un apellido maya, un fenotipo o una indumentaria indígena no sea una desventaja, sino, por el contrario, una oportunidad para obtener una beca, ser escuchado en los medios de comunicación, obtener un puesto bien renumerado o tener asegurado un cargo de elección popular.

Esto solo será posible a través de las leyes y políticas públicas que permitan que los y las legítimas herederas y herederos de este territorio maya dejen de ser víctimas del colonialismo violento y discriminatorio. Así, para que al fin sea verdad aquello de que nos sentimos orgullosos de nuestras raíces mayas, no solo por el pasado glorioso prehispánico, sino por lo que son y representan hoy las mujeres y los hombres mayas de Yucatán. Primero en tiempo, primero en derecho.

Panorámica para entender el racismo hoy

Ariadna N. Tenorio

Las panorámicas son como una fotografía. Ésta es mi fotografía del racismo: Mi padre es hijo de José (nahua) y Francisca (mixteca). La familia materna de mi madre creció en el barrio de la Huaca, en Veracruz, y aunque ella es blanca su apellido hace más bien alusión al sujeto que en algún momento esclavizó a Joseph, mi antepasado.

Yo no soy mestiza, soy prieta y nací en México. El padre de mi padre (nacido en 1923) nunca votó; si usted se pregunta por qué, le doy una pista: nunca sintió que su país lo considerara ciudadano. En Diario de los Debates del Congreso Constituyente de 1916-1917, una de las principales discusiones gira alrededor del concepto de una ciudadanía supeditada a un proyecto civilizatorio, el cual se centra en un marcador racial que implica la asimilación de la población indígena (estos grupos deben renunciar a su lengua, a sus formas de organización, a su comunidad y a su territorio), y que niega por completo a la población negra.

El documento emplea las categorías de criollos, mestizos e indios dividiéndolas, respectivamente, según su grado de “civilización”, en “la intelectualidad que puede hacerle honra a la república, las medianías y el indio en estado salvaje”. Se pretende consolidar la ciudadanía civilizando al indígena y nacionalizando al extranjero.

Se trata de un debate que privilegia y promueve una idea única de civilización: la blanca, de manera que se es más mexicano entre menos indígena se sea (y de ser negro, mejor ni hablamos). Es innegable que la Constitución de 1917 fue uno de los documentos más liberales y progresistas de su época, pero ello no implica que las bases de nuestro derecho no sean profundamente racistas. Así, si usted quiere entender los fundamentos estructurales del racismo en un país, lo primero que hay que hacer es leer su constitución y los debates generados en torno a ella.

Mis abuelos paternos abandonaron su lengua y territorio para mudarse al centro de la ciudad de Puebla con la esperanza de alcanzar la promesa de la mexicanidad para mi padre y sus hermanos. Mi padre (nacido en 1947) fue el primero en su familia extendida en cursar la educación superior; sin embargo, tiene muy claro que la movilidad social tampoco implica la eliminación de los prejuicios racistas. En Before Mestizaje: The Frontiers of Race and Caste in Colonial Mexico (2018), el afroestadounidense Ben Vinson III analiza tres de las castas que se encuentran en los últimos eslabones de la estructura colonial novohispana: lobos, moriscos y coyotes.

Vinson III se centra en la fluidez que permeaba este sistema, cuyo objetivo era —precisamente— el de imponer fronteras, y observa que, si bien esta fluidez o movilidad intergeneracional ocurría en contra y a pesar del sistema, el límite era siempre claro y éste dependía del marcador racial (el esclavo Joseph y su esposa, por ejemplo, registraron a dos de sus seis hijos como mestizos, mientras que los cuatro restantes fueron registrados como mulatos). Aunque el mestizaje promueva la mezcla interracial, en realidad mantiene la estructura social colonial, cuyo pilar sigue siendo el racismo. Si usted quiere entender la llamada pigmentocracia actual, este libro es fundamental.

Mi abuela materna (nacida en 1931) solía decir que su padre era ingeniero y que su familia había llegado de Europa. En realidad, Silvano (el padre de mi abuela y bisnieto de uno de los hijos a los que Joseph registró como mulato) era prieto y se ganaba la vida como mecánico. La vida de los hijos de Silvano estuvo definida, al igual que las de los hijos de Joseph 200 años atrás, por el marcador racial. Los hijos blancos corrieron con mucho mejor “suerte” que los hijos prietos.

¿No tendría que haber cambiado esto en un país que promovió el mestizaje como bandera de igualdad? En teoría, sí. En Piel negra, máscaras blancas (1952), el afromartiniqueño Frantz Fanon postula que la deshumanización es el eje a partir del cual se realiza el proceso de racialización del sujeto colonizado, y demuestra que el racismo es un principio de organización económica que descansa sobre la vida de aquellos que no son considerados humanos (y a veces ni animales).

Partiendo de la no-humanidad epidermizada en el sujeto racializado, Fanon analiza las relaciones interraciales y advierte que están destinadas a reproducir las lógicas de desigualdad a nivel social, pues se dan en un contexto en el que el racismo es el centro y el motor de la estructura del Estado. El análisis de Fanon no es, sin embargo, una sentencia; la frase con la que cierra su libro: “¡Oh, cuerpo mío, haz siempre de mí un hombre que interroga!” es una invitación a no despolitizar nuestros cuerpos.

A mi bisabuelo Juan (nacido en 1895, papá de Francisca) lo vi una sola vez. Vivía en un terreno semibardeado en el que había una construcción en obra negra, un baño exterior, una milpa y una pequeña habitación de adobe con techo de palma a la que el bisabuelo llamaba cariñosamente ve’ena (“mi casa”).

La construcción en obra negra era fruto de las remesas que enviaban sus nietos desde el otro lado del río Bravo. Se había quedado a medio terminar porque él nunca aceptó mudarse, evitó incluso que le pusieran piso firme a su ve’e. Cuando le pregunté por qué, me respondió en un español pausado (él hablaba mixteco da’an davi) que le gustaba poder sentir con los pies la tierra en la que sembraba. En la novela Los canarios pintaron el aire de amarillo (1993), el afroecuatoriano Nelson Estupiñán Bass visibiliza el entramado neocolonial racista que atomiza las luchas de la población no deseada por el Estado (negros e indígenas), y hace una fuerte crítica al progreso extractivista que hacia finales de los años setenta diezmó a la población indígena despojándola de sus tierras y desplazó a la población afrodescendiente.

Este libro es un buen punto de partida para entender porqué el Estado promueve la división entre las “minorías”.

Mi abuela Francisca (nacida en 1924) contaba con un conocimiento excepcional en herbolaria, ir con ella al mercado era una fiesta. Siempre fue muy cuidadosa, eso sí, frente a quién hablaba o con quién compartía sus saberes, para ella era doloroso y desgastante que la llamaran “ignorante” o “supersticiosa”. En La amante de Gardel (2015), la afropuertorriqueña Mayra Santos Febres narra, por un lado, cómo el despojo epistémico del que fue objeto la comunidad negra sería utilizado años más tarde para el control de la natalidad y la esterilización masiva y no consensuada de las mujeres racializadas en Puerto Rico.

Por otro, expone la falsa armonía de la mezcla cultural de productos como el tango. Santos Febres muestra cómo los dos protagonistas materiales de su novela —la píldora anticonceptiva y el tango— son resultado de las lógicas más crudas de desigualdad social.

La única vez que escuché a mi abuela hablar en mixteco se despedía de una de sus hermanas que había viajado desde el pueblo para visitarla. A mi abuela no le habían arrebatado únicamente la lengua, la habían despojado de todo sentido de comunidad y de pertenencia. Soñaba con regresar a una tierra que, por desgracia, era ya sólo un recuerdo.

En Chen tumeen chu’úpen (Sólo por ser mujer) (2015) la escritora maya, Sol Ceh Moo, denuncia a un Estado mexicano que promueve el multiculturalismo, pero es incapaz de respetar los derechos lingüísticos más básicos al mantener en la cárcel a una mujer indígena a quien le fue negado un traductor durante su proceso penal. Ceh Moo evidencia el racismo estructural del Estado y exige un alto a la simulación.

Comparto esta panorámica para poder decirle a Francisca que no sueño en da’an davi pero que no me olvido de la lluvia, y que Alicia, mi hija, ya aprendió a cultivar la tierra; lo hago para decirle a Joseph que 300 años después aquí seguimos y seguimos prietos; lo hago para poder decirle a Silvano que pronunciamos su nombre y que todas las noches Alicia y yo cantamos juntas una de las canciones que él tocaba en la Huaca; lo hago porque ahora construyo comunidad no sólo con los vivos, sino también con mis muertos.

Me despido con En Blanco y Prieto (2014), de Fabián Villegas, prieto nacido en México que, valiéndose de la tradición oral como un espacio contrahegemónico del conocimiento, teje un mapa de vivencias en el que nos comparte las luchas comunitarias antirracistas y anticoloniales de los sujetos racializados alrededor del mundo, porque entender el racismo no es sólo conocer la opresión sino también la lucha.

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LV

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