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Cristóbal León Campos escribe dos breves ensayos sobre las mentes revolucionarias de Paulo Freire y Julio Cortázar

I

Nacido en Bruselas, Bélgica, el 26 de agosto de 1914 y de nacionalidad argentina, pasó gran parte de su vida en París, Francia, donde encontró su sentir latinoamericano y ejerció el compromiso intelectual-político con los desposeídos del mundo. Así fue Julio Cortázar, un escritor de fama internacional y de difícil definición, ya que el mismo rechazó los moldes en los que en muchas ocasiones se le quiso encasillar.

Un autor enigmático, que hizo del cuento y la novela su refugio-hogar, deslizó las palabras desbordando estilos y confrontando al canon, recorrió cientos de veces el inconmensurable borde que separa al río Sena de las mágicas calles parisinas, capturó el apasionado sentir de generaciones que a través de las páginas de Rayuela (1963) imaginaron otras vidas, instaurándose en lo más alto del llamado boom latinoamericano, al cual Cortázar rechazó en varios sentidos, por su vinculación con los procesos de mercantilización de la literatura.

Cortázar escribió con gran apasionamiento, algo muy propio de quien nunca negó su sensibilidad, misma que lo condujo por los linderos del fuego, no sin salir en más de una ocasión lacerado por sus propias flamas. El intelectual argentino ejemplifica en su persona la disputa, a veces imperceptible y otra más de abierta confrontación, entre el compromiso político-ideológico y la creación literaria, ese juego de elementos que con un simple desliz canoniza o sataniza a uno u otro autor o autora.

Fue el propio Cortázar quien en diversas ocasiones reflexionó sobre el papel del intelectual ante los flagelos globales de la humanidad, en una carta-ensayo dirigida a su amigo, el intelectual cubano Roberto Fernández Retamar, fechada el 10 de mayo de 1967, desde Saignon, Francia, en donde, casi al finalizar, el cronopio mayor revela que “la tentación cotidiana de volver como en otros tiempos a una entrega total y fervorosa a los problemas estéticos e intelectuales, a la filosofía abstracta, a los altos juegos del pensamiento y de la imaginación, a la creación sin otro fin que el placer de la inteligencia y de la sensibilidad, libran en mí una interminable batalla con el sentimiento de que nada de todo eso se justifica éticamente si al mismo tiempo no se está abierto a los problemas vitales de los pueblos”.

Esta reflexión sobre sí mismo y el papel del intelectual, que se publicó originalmente en la Revista Casa de las Américas (núm. 45, 1967), se convirtió en una especie de testamento filosófico adelantado, donde puede atestiguarse la transformación que atravesó Julio para convertirse en el afamado Cortázar, partiendo de la visión tradicional del escritor apolítico y únicamente responsable de su estética, a un escritor abiertamente comprometido con los procesos revolucionarios de su época, entre los que pueden nombrarse la Revolución Cubana, el Mayo Francés de 1968 y la Revolución Sandinista en Nicaragua. A estos procesos emancipatorios dedicó diversos escritos a lo largo de varios años.

En 1969, al ser entrevistado por la Revista Life, Cortázar comentó: “Mi idea del socialismo no se diluye en un tibio humanismo teñido de tolerancia; si los hombres valen para mí más que los sistemas, entiendo que el sistema socialista es el único que puede llegar alguna vez a proyectar al hombre hacia su auténtico destino”. Estas palabras sintetizan al escritor de Todos los fuegos el fuego (1966), que confrontó el suyo propio, para legarnos una vasta obra innovadora de la estética y del compromiso con la humanidad. 

II

“No fui al entierro de Julio Cortázar. No estoy en la foto. En las numerosas fotos que se hicieron después de su muerte, una lluviosa mañana de febrero de 1984”. Así comienza el hermoso relato de complicidad literaria y amistad amorosa que se vivió en dos ciudades míticas como son París y Barcelona. Escrito desde el alma, expresa con la razón del sentimiento que evoca lo que todavía se percibe, entre calles, letras, cafés y jazz, fundaron una relación que sobrepuso al tiempo para volverse inmortal. Cristina Peri Rossi, escritora uruguaya exiliada desde 1972 en España, manifiesta treinta años después de la partida física de Cortázar, algunos detalles de lo mucho que compartieron, sin caer en sentimentalismos, cada fragmento expuesto, permite adentrarse en la profundidad de un diálogo sostenido durante años entre juegos y cartas.

La relación inició cuando Cristina recibió por sorpresa una carta de Julio donde le relataba el agrado que le causó la lectura de su novela “El libro de mis primos”, obra que recibió el premio Marcha y fue publicada en 1970. A partir de la respuesta inmediata de Peri Rossi a la misiva de Cortázar, comenzó a perfilarse esta bella historia de fraternidad sincera y amor compartido. Se conocieron en París en 1973 por invitación de Julio, recorrieron los rincones y las calles, los bares-cafés y las librerías, hablaron de dinosaurios y política, el exilio los unía mucho más de lo que llegarían confesar, eran los años de las dictaduras latinoamericanas en Chile, Uruguay y Argentina, el sentimiento por las patrias fragmentadas y usurpadas era evidente en la nostalgia que les identificaba.

La obra divulgada bajo el título “Julio Cortázar y Cris”, se adentra en el ambiente literario, narra algunas de las más apasionadas disputas intelectuales que sostuviera Cortázar con Óscar Collazos en el semanario Marcha, al igual que recrea la hostilidad que sobre el autor de Rayuela pesara por años, al considerársele por sectores conservadores y de izquierda como un autor “europeizante” y ajeno a los asuntos nacionales de Argentina. El compromiso que Cortázar asumiera con las revoluciones cubana y nicaragüense, fue otra de las razones por las cuales se le atacó desde ambas orillas del río revuelto. Peri Rossi logra ejemplificar esas disputas en el humor de su amigo, sin convertir la historia en un anecdotario cargado de datos y fechas.

La autora uruguaya presenta a un Julio humanizado, lejos del autor aclamado, habla de la simplicidad de las percepciones complejizadas por el agudo sentido de reflexión que poseía, el peso de las ausencias (amistades, amores, naciones) y el gusto compartido por la ópera y el jazz. Y es justamente en ese mar de sensibilidades del cual surgen los poemas que Cortázar le dedica: “Cinco poemas para Cris”, “Otros cinco poemas para Cris” y “Cinco últimos poemas para Cris”. De la obra de Cortázar, una de sus facetas menos conocidas es su poesía, los reveladores textos dedicados a su amiga, abren una página importante entre el ser humano, el escritor y su obra; sobre los poemas Peri Rossi escribió: “En 1977, en una de sus cartas desde París, Julio me envió una serie de poemas dedicados […] Confieso que su lectura, en un principio, me apabulló, Yo, la poeta, me veía ahora tratada como musa, como objeto, y el cambio de papeles trastornaba un poco mi identidad”. Testimonios fieles del tiempo compartido.

“Un hombre que combinaba con mucha armonía la filosofía de la Ilustración y de la Modernidad con el gusto por el inconsciente, el azar, los sueños y los símbolos”, así define Cristina a su entrañable amigo Julio, esa armonía entre la razón, los sentimientos y lo imaginario, quedó para siempre plasmada en sus personajes e historias. La transgresión de lo convencional que representa la obra de Cortázar, en la que se diluyen las líneas divisorias de la realidad, la razón y la ficción, dan lugar al mundo de los cronopios y del compromiso social, además de la intimidad compartida por dos grandes autores de la literatura latinoamericana y universal que vivieron su amistad entre letras.

III

Unas horas atrás, finalicé la lectura de una entrevista que le realizará Rosa Montero a Julio Cortázar en 1982, el texto vio la luz originalmente en el periódico El País, y ahora forma parte del libro El arte de la entrevista (2019), donde se reúne la evolución periodística y como entrevistadora de la escritora española.

En la conversación -desarrollada dos años antes de la muerte de Cortázar-, entre varios tópicos, uno de los temas que resalta es el relativo al exilio del escritor argentino en París, Francia, debido a que fue en esa ciudad en la que dio vida a sus más célebres obras como Rayuela (1963), cuya esencia parisina se respira en cada página. Pero, al mismo tiempo, es en su escritura donde se reafirma lo que Julio aseverara ante el cuestionamiento de Montero sobre sus razones para dejar su patria: “Yo creo que me volví más argentino estando en París, porque allí descubrí algo que los argentinos, en general, no saben, y fue el hecho de ser latinoamericano”.

La respuesta de Cortázar no sorprende si recordamos que años antes escribió una carta al escritor cubano Roberto Fernández Retamar, que se publicó en la Revista Casa de las Américas (núm. 45, 1967), donde el cronopio mayor reflexionó sobre su papel como intelectual y la transformación que vivió como persona y escritor al acercarse a procesos revolucionarios como el de Cuba, triunfante en 1959, y, posteriormente, al de Nicaragua, con la llegada al poder de los sandinistas en 1979.

Así, Julio narrándole a su amigo, afirma que: “Cuando digo que aquí [París] me fue dado descubrir mi condición de latinoamericano, indico tan sólo una de las consecuencias de una evolución más compleja y abierta”. La sinceridad y ese juego entre sarcástico y fantasioso que caracterizó a Cortázar, se puede percibir en las formas que utiliza para abordar las preguntas de Montero, ese diálogo contribuye también a corroborar el sentimiento antidogmático del autor de libros como Historias de cronopios y de famas (1962), Todos los fuegos el fuego (1966) o Nicaragua tan violentamente dulce (1983). Esas mismas posturas, le valieron una serie de murmuraciones y descalificaciones de algunos críticos que, junto a grupos políticos, vieron en la postura reivindicativa del ser latinoamericano que Julio asumió ya radicado en París, una “falsa actitud”, ya que se le cuestionó que sus reflexiones sobre la realidad de América Latina las realizara desde el continente europeo.

Estas injurias llevaron a Cortázar a sostener infinitos debates con sus críticos, de los que se puede extraer la verdad inobjetable de que el compromiso intelectual con las causas de los desposeídos no puede tener lugar de residencia, sino que debe desarrollarse en cualquier parte del mundo, sin importar el lugar de origen de quien suscribe a favor de la justicia.

Lo anterior, lo comprendió bien Julio, y esa es la esencia de su autoevaluación como intelectual que se puede leer en los documentos aquí referidos. En el último párrafo de su carta a Retamar, Cortázar afirma que: “Estoy convencido de que sólo la obra de aquellos intelectuales que respondan a esa pulsión y a esa rebeldía se encarnará en las conciencias de los pueblos y justificará con su acción presente y futura este oficio de escribir para el que hemos nacido”. La comprensión de su papel como ser e intelectual latinoamericano, llevó a Julio Cortázar a despertar consciencias y afrontar tormentas a favor de la humanidad hasta el fin de sus días.

Paulo Freire, libertad y emancipación

I

En septiembre de 2021 se cumplió el primer centenario del natalicio de Paulo Freire (1921-1997), siendo uno de los más destacados pedagogos e intelectuales brasileños, cuya influencia ha marcado de manera determinante el pensamiento emancipador desde la segundad mitad del siglo XX en América Latina y el mundo, por sus postulados a favor de la educación como una herramienta de liberación de los pueblos.

Justamente, su obra más conocida, Pedagogía del oprimido (1968), es un llamamiento a la conciencia de profesoras y profesores para que reconozcan en su contexto los elementos pedagógicos fundamentales para la superación de las condiciones de injusticia apremiantes a lo largo de los confines de Nuestra América.

La educación popular, que tantos ejemplos ofrece en pleno siglo XXI, es uno de los legados invaluables de Freire, su propuesta de reconocer qué tanto el educador como el educando, al ubicarse conscientemente en el contexto concreto en el que habitan, pueden reconocer los elementos de enseñanza ejemplificados a través de la vida material y generar procesos de transformación que partan del individuo hacia la colectividad, asumiendo en todo momento roles no jerárquicos y construyendo una nueva estructura del diálogo y la reflexión como premisas esenciales de cualquier proceso de enseñanza-aprendizaje. En Pedagogía del oprimido escribió: “Nadie lo conoce todo ni nadie lo desconoce todo; nadie educa a nadie, nadie se educa a sí mismo, los hombres se educan entre sí mediados por el mundo”. Una frase que resume su método pedagógico implementado en diversas campañas de alfabetización de los pueblos y sectores más marginados de su natal país, y que ahora sirve de guía a cientos de proyectos libertarios que ven en la educación la base de la construcción de un mundo mejor.

Para Freire, la construcción del saber y su reproducción forman parte de un complejo proceso de autoconocimiento y reconocimiento de los individuos y las clases sociales, y por consecuencia, entre los pueblos que viven bajo estructuras dominantes de opresión. El saber es construido de forma conjunta y no partiendo de la verticalidad horizontal de la educación formal y tradicional que domina las instituciones controladas por el poder, pero no debe olvidarse que Friere fue un marxista convencido y crítico del capitalismo, por lo que su análisis del poder, sus estructuras y sus manifestaciones educativas, parten de la necesidad de superar al sistema y la urgencia por construir sociedades justas e igualitarias, no basadas en el fin del lucro y el mercado. Su perspectiva fue siempre materialista.

Freire escribió y dictó un sinfín de artículos y conferencias que se han editado en varios volúmenes, además de que publicó cerca de una media centena de libros, que se fundamentan en el reconocimiento de que el aprendizaje como proceso humano está indiscutiblemente inmerso en la dialéctica de la sociedad y, por tanto, forma parte también de la lucha de clases. Entre tantas otras, resultan indispensables obras como: La alfabetización y la conciencia (1963); La educación como práctica de la libertad (1967); Pedagogía del oprimido (1968); La importancia del acto de leer (1982); La cultura popular, la educación popular (1983); Pedagogía de la esperanza (1992); Pedagogía de la autonomía (1996) y Pedagogía de la indignación (2000). Freire, sin importar el paso de los años, es consciencia y emancipación para los oprimidos del mundo.

II

La obra del pedagogo brasileño Paulo Freire abarca un gran número de temáticas educativas en las que se vio envuelto, su quehacer transformador lo llevó a poner en práctica una serie de preceptos que reflexionó con el paso de los años, sus propuestas buscaron siempre el sustento en la realidad, a partir de ella ideó el cambio social de la mano de su principal planteamiento pedagógico que conocemos como educación popular.

Entre sus escritos enfocados a la lectura, podemos destacar La importancia del acto de leer, una propuesta que originalmente presentó en el Congreso Brasileño de Lectura, realizado en Campinas, Sao Paul, Brasil, en 1981, donde expuso un análisis crítico de lo que se ha entendido como leer. En el documento, Freire explica que –bajo su concepción- el acto de leer conlleva tres tiempos: en el primero encontramos al individuo, quien efectúa una lectura previa de las cosas del mundo que lo rodea, se trata del primer contacto con el entorno representado por signos y símbolos, que se manifiestan en los olores, ruidos y sentidos, en las creencias, valores, preferencias y todo tipo de acto humano, siempre con una enorme carga sociocultural dependiendo del lugar en que se habite. Un segundo tiempo se presenta cuando el ser humano realiza la lectura de las palabras escritas previo el proceso de aprendizaje en los sistemas generalmente estandarizados de la educación “formal”. El tercer y último tiempo acontece cuando el ser humana lleva a cabo una relectura y reescritura del mundo que lo rodea, involucrando la conciencia como un elemento activo enfocado a la transformación.

Freire afirma que: “La lectura del mundo precede a la lectura de la palabra, de ahí que la posterior lectura de ésta no pueda prescindir de la continuidad de la lectura de aquel”. La concepción que presenta el educador latinoamericano se contrapone de manera directa a la mecanización y memorización características del acto de leer entendido como la descripción de los contenidos, careciendo de profundidad al no posibilitar la generación de conocimiento significativo por la falta de un proceso real de interiorización del saber. El autor de La pedagogía del oprimido es muy claro al referir que: “La comprensión del texto —afirma— es alcanzada por su lectura crítica, es decir, implica la percepción de relaciones entre el texto y el contexto”. Por ello, el primer tiempo de lectura descrito líneas arriba es fundamental, pues de la conciencia que desarrollamos sobre el mundo, es de donde surgirá nuestra interpretación del mismo.

La enajenación del ser humano sobre su contexto es una de las grandes limitantes para la generación de pensamiento crítico, la lectura memorística únicamente desarticula la posibilidad de cambio, carece de relevancia en este sentido la cantidad de textos utilizados en el estudio, si previamente se ha desactivado la conciencia sobre el entorno en el que el ser humano interactúa, al acontecer lo anterior se desarticula toda relectura y reescritura de la realidad, el ser enajenado únicamente reproduce mecánicamente lo que se le impone.

La salida de la enajenación está para Freire vinculada a la alfabetización, entendida como un acto creador asociado a la conciencia sobre la realidad, la praxis se presenta como idea-acción en el proceso dialéctico, posibilitando al ser humano efectuar una lectura crítica de todo, que en términos generales es para Freire el verdadero acto de leer, tal y como menciona: “La lectura crítica de la realidad, dándose en un proceso de alfabetización o no, y asociada sobre todo a ciertas prácticas claramente políticas de movilización y de organización, puede constituirse en un instrumento para lo que Gramsci llamaría acción contrahegemónica”. Para Freire, el acto de leer, es un ejercicio de la libertad humana.

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