Lenguaje, amor y Wabi-sabi japoneses

domingo, 14 de febrero de 2021 · 13:32

Desde que las malas experiencias amorosas suceden, los días dedicados a los besos y arrumacos se deshojan. El 14 de febrero, por ahora, nos servirá de excusa para abordar los mínimos de la cultura japonesa en torno a esta festividad, no sin pasar por alto el lenguaje nipón y culminando nuestro texto con una reunión de ambos: la filosofía estética del Wabi-sabi.

El japonés consta de tres sistemas de escritura: el hiragana, el katakana y el kanji, cuyos caracteres pueden fusionarse al momento de transcribir el habla cotidiana.  Esto es buena parte de la complejidad que lo hace tan fascinante. Cada trazo expresa la belleza misma con la que se ha creado. Por ello incluso en sus escuelas existen clubes que se especializan en la caligrafía tradicional. Allí se evalúa el cuidado, la dirección y el detalle realizado en cada signo.

El primer sistema que se aprende en las escuelas japonesas es el hiragana, reinventado por las mujeres de la aristocracia durante el periodo Edo (1603-1868) y consta de 46 caracteres. Se utiliza para terminaciones verbales, terminaciones en los adjetivos, ciertas palabras y como conectores gramaticales. Las grafías del  hiragana se caracterizan por tener trazos redondeados y que cada caracter equivale a una letra. Su lectura es igual al modo que se escribe.

Luego está el katakana, cocreado por monjes budistas (Kobo Daishi suele ser nombrado como su originador) y utilizado para palabras que provienen de un idioma extranjero, pero que han sido adaptadas al idioma japonés. También se utiliza para las onomatopeyas japonesas, cuya clasificación se divide en 5 categorías: las giseigo, que sirven para imitar sonidos de animales y sonidos humanos, por ejemplo, el ladrido del perro (wan wan) o la risa que intentamos disimular (ufufu); las conocidas como gitaigo expresan condiciones y estados, como el brillo en los ojos de una persona a causa de la emoción (gira gira); las onomatopeyas denominadas giongo, que provienen de los sonidos hechos por objetos inanimados o de la naturaleza, tal y como el sonido de la lluvia que cae en abundancia (zaa zaa); la categoría llamada giyougo expresa el sonido de los movimientos y situaciones, por ejemplo, si se camina sin rumbo, como cuando se está perdido, la onomatopeya que expresa ese movimiento es urouro, o bien, cuando afirmamos que no tenemos la fuerza de voluntad para hacer algo, utilizaríamos la palabra gutara. La última categoría es gijougo, que busca definir los sentimientos. Si estamos emocionados y felices, podríamos expresarlo con la onomatopeya waku waku. El silabario katakana  suma 46 caracteres, al igual que el hiragana. Sus trazos se distinguen por ser angulosos.

El kanji es, quizás, el más complejo de los tres sistemas, dada la gran variedad que hay de ellos (alrededor de unos 3 mil caracteres). Tienen un significado propio que puede ser interpretado de diferente forma al mismo tiempo. También sirven para expresar ideas concretas como sustantivos, verbos o adjetivos. Pueden escribirse solos, con otros kanjis o con el hiragana.  A diferencia de los otros dos sistemas, el kanji no se compone de silabarios, ya que expresa palabras y conceptos en sí. Su pronunciación varía dependiendo de si su lectura es japonesa (kunyomi), la cual es la más común y que se emplea cuando un kanji se encuentra solo, o si es china (onyomi), que se da cuando se junta con otros kanjis. Este último sistema de escritura se basa en caracteres ideográficos, es decir, que parten de las cosas que les rodean; las interpretan y con ello crean cada elemento de la escritura. Por ejemplo, el kanji que significa “fuego” es la interpretación de una llama que arde; la de “montaña” son los picos y la palabra “bosque” son tres kanjis de la palabra “árbol” acomodados. Los nombres japoneses muchas veces utilizan los kanjis para crear un significado. Un sustantivo propio puede tener varias acepciones. Todo dependerá de los kanjis con los que haya sido construida la palabra en cuestión.

Por último, hay que agregar que el japonés también se traduce al romaji, refiriéndose al alfabeto latino, o bien, a la traducción del sistema de escritura japonesa a la que se emplea en gran parte de Occidente. Por ejemplo, el carácter que significa “Fuerza”, en romaji se leería como si fuera Chikara.

Del lenguaje sólo queríamos contar los pormenores. Ahora, ofreceremos una breve muestra de la festividad dedicada a los enamorados y los amigos.

A diferencia de otros países donde el San Valentín se celebra entre parejas con regalos, paseos, alguna que otra carta, entre otros detalles, Japón tiene una manera un tanto diferente de festejar esta fecha. Todo empieza a finales de enero y principios de febrero, cuando los escaparates de las diversas tiendas comienzan a llenarse de cientos y cientos de chocolates, cada cual tan singular y especial como ningún otro.

Culturalmente hablando, el 14 de febrero no es una fecha que lleve mucho tiempo celebrándose en Japón. Su valor es más bien comercial y no fue hasta 1950 que se popularizó el concepto occidental del San Valentín entre las parejas. Ya en la década de 1970, el concepto cambia de ser sólo para parejas a una tradición de regalar a otros, como los amigos, familiares, compañeros del trabajo o escuela, jefes y, cómo no, a aquella persona especial. Esta costumbre de regalar a otros data del periodo Muromachi (1336-1573). Desde entonces, los japoneses ofrecían a las familias regalos por cortesía, y ya en el periodo Edo (1603-1868) dicha costumbre se popularizó por todo el país. Para el año 1900 esta tradición comenzó a hacerse de manera individual, es decir, los regalos se comenzaron a dar a personas específicas a modo de agradecimiento, por ejemplo, a alguien que nos ayuda, que cuida de nosotros, una amistad de años o que cuyos lazos sean fuertes, o a tus superiores. En la actualidad, y con la apertura a las costumbres occidentales, también se ha adoptado la costumbre de elegir esta fecha como una oportunidad para confesar los sentimientos.

Otra característica particular de esta celebración en el país nipón es que, para el 14 de febrero, sólo las mujeres dan chocolates a sus conocidos varones. La razón por la cual únicamente las mujeres dan chocolates en San Valentín es que, en las familias japonesas, las mujeres son las responsables de llevar las finanzas del hogar. Ellas administran el dinero con el que se hacen las compras y gastos en general. Entonces,  al ser ellas las que realizan las compras, algunas compañías decidieron implementar la venta de chocolates exclusivos de San Valentín con el fin de obtener mayor publicidad y consumo. La primera empresa en intentarlo fue Morozoff, proveniente de la prefectura de Kobe, en 1936 y 1953, sin mucho éxito. Pero en 1958, la compañía Isetan creó una campaña publicitaria que obtuvo un gran éxito. A partir de entonces, el San Valentín se convirtió en una celebración muy apreciada por el marketing de las empresas japonesas, especialmente las de chocolate.

Un mes después, es decir, el 14 de marzo, las mujeres se ven correspondidas en el evento conocido como White Day: los hombres regalan chocolate a las mujeres que les hayan dado uno el mes anterior. Se le dice White Day debido a que el color blanco representa la pureza, interpretándolo como una confesión de sentimientos sinceros.

Existen varios tipos de chocolates, cada uno apropiado para la persona a quien vayan dirigidos:

El giri-choco: su nombre significa “chocolate de cortesía”. Se suele regalar por compromiso y como agradecimiento hacia personas que han sido amables con uno mismo, como familiares, amigos, compañeros de trabajo o escuela y jefes.

El honmei-choco: estos chocolates son los que se le regala únicamente a esa persona especial, ya sea el novio, esposo o a la persona atractiva. La mayoría de las veces se elaboran a mano. No se compran, ya que, al ser dedicado a la persona que amas, se supone que debes invertir dedicación y cariño en ello.

El jibun-choco: se traduciría como “chocolate para uno mismo” y, como su significado lo indica, es un autorregalo.

El tomo-choco: suele ser costoso y elaborado. Es un regalo dedicado a las amigas exclusivamente.

El gyaku-choco: o “chocolate inverso”, es una costumbre inusual del día de San Valentín. Consiste en que un hombre le regale chocolates a una mujer.

En la actualidad, muchas mujeres rechazan la costumbre del giri-choco, dado que representa una acción forzada y bastante estresante debido al gasto extra que conlleva comprar los chocolates, por lo que prefieren comprar solamente para sus amistades, familiares, persona especial o para ellas mismas. Incluso muchas empresas han prohibido los giri-choco a raíz de esto. Del mismo modo, muchos hombres en la actualidad han optado por rechazar esta costumbre, o bien, sólo regalarles a sus allegados más cercanos y queridos.

Hay una última cosa que nos gustaría mencionar en este brevísimo recuento de la cultura japonesa: el Wabi-sabi. Para nada debe confundirse con el condimento picante color verde. El Wabi-sabi es más bien una forma de comprender la espiritualidad y la belleza.

El término es, irónicamente, una concentración sobre lo inacabado y cómo ello puede representar belleza. Es más: se trata de afirmar, desde esta concepción nipona, que lo inacabado es lo más puro y natural. La renuncia a la ostentación, todo aquello que no proviene de la naturaleza, es la columna vertebral de la idea que Leonard Koren explora en su libro al respecto, que, acompañado de imágenes, es un recuento tan amable que provoca una aspiración de calma ancestral en medio del día a día. El volumen lleva como nombre Wabi-sabi: para artistas, diseñadores, poetas y filósofos. Recomendadísimo para estos profesionistas y cualquier persona en busca del asombro.

Wabi, explica el autor, alude a un modo de vida, un camino espiritual. También perfila su existencia y asimilación hacia lo interno, en un sentido subjetivo. Wabi, por tanto, tiene que ver con la formulación de un pensamiento con sentido, con una construcción filosófica.

Sabi, por su parte, atiende la aproximación a los objetos materiales, así como al arte y la literatura. Es la molécula que relaciona al sujeto con el objeto, con el mundo que lo rodea. Alude igualmente a un ideal estético, que explicaremos en breve.

“El Wabi-sabi”, escribe Koren, “es el rasgo más notable y característico de lo que consideramos la belleza tradicional japonesa. A grandes rasgos, ocupa la misma posición en el panteón japonés de los valores estéticos que los ideales griegos de belleza en occidente”. Estos valores griegos deben ser entendidos, principalmente, como los preceptos que dieron lugar al arte neoclasicista y la noción acerca de lo bello que aún perdura en buena parte de nuestras apreciaciones y gustos al mirar, por ejemplo, un cuadro: el orden, el equilibrio y la proporción. El Wabi-sabi, en el fulgor de su diferencia, preferirá la simplicidad.

“El término que más se acerca a Wabi-sabi es ‘rústico’ en el sentido de simple, sin artificio, o no sofisticado… (con) superficies rugosas o irregulares”. Asombra con el retrato de este paradigma inspirado en las ideas sobre la simplicidad, naturalidad y aceptación de la realidad presentes en el Taoísmo y en el Budismo Zen chino: “El Wabi-sabi comparte algunas características con lo que comúnmente llamamos ‘arte primitivo’, esto es, objetos toscos, sin pretensiones, hechos a partir de materiales naturales”. Pero, de nuevo, hay peculiaridades en la producción de estos objetos: “al contrario del arte primitivo, el Wabi-sabi casi nunca se utiliza figurativa o simbólicamente”, advierte.

Uno estaría tentado a dibujar una línea de acero, tajante, entre lo que a tientas llamamos Modernidad y aquello otro extraño, oriental, antiguo. Este gesto no deja de lado cierto exotismo. Este escrito mismo pareciera cargar con algo de esa culpa: el que exploremos un grupo de ideas ajenas a nuestra cultura, sea cual sea, ¿no nos autoriza indebidamente a una curiosidad muy estrecha? Quizá. Quizá no. La óptica del Wabi-sabi, sin embargo, posee bases metafísicas que no están destinadas a dividir, sino a congeniarnos en ideas primordiales.

Si la comparación es necesaria, Koren ofrece los puntos comunes entre este espacio de la filosofía japonesa y la sensibilidad de la “sociedad industrializada internacional”, emanada en la segunda mitad del siglo XX. Tanto el Wabi-sabi como la Modernidad “tienen que ver con toda clase de objetos, espacios y diseños hechos por el humano”. Es decir, que la interacción con el mundo es irremediable. La conjunción de lo espiritual y el mundo material, el cuerpo incluido, es una preocupación que atañe a casi todos los paradigmas de pensamiento conocidos. Desde Platón y Santo Tomás de Aquino hasta Bertrand Russell, la filosofía europea/occidental se ha preocupado por aclarar conceptos como ‘alma’, ‘espíritu’, ‘lenguaje’ y ‘pensamiento’.

Eso significa que las ideas, lo inmaterial del humano, conviven y reaccionan en torno al mundo físico a su alrededor. Koren presenta entonces la segunda similitud: “Ambos representan una reacción contundente contra las sensibilidades establecidas y dominantes de su tiempo. El movimiento moderno se enfrentó radicalmente al clasicismo y al eclecticismo del siglo XIX”, dice, prestando atención a los sucesos que convulsionaron Europa, como la Revolución francesa, dejando consecuencias en todo ámbito social, artístico e idiosincrático. “El Wabi-sabi”, continúa el autor, “se enfrentó radicalmente a la perfección y a la suntuosidad china de los siglos XVI y anteriores”.

Pero, claro, existen diferencias significativas que delatan distintas reflexiones sobre la realidad. El Wabi-sabi es utilizado principalmente en el ámbito privado. No es motivo de vanagloria o espectáculo; mucho menos podría acoplarse al sentido de la moda, tan común en nuestra cultura. La estética japonesa que mencionamos implica una visión del mundo intuitiva. No todo debe cuadrar en una fórmula lógica, como en el caso del ordenamiento arquitectónico y pictórico perfecto gracias a la Sección Áurea. El Wabi-sabi prefiere la relatividad frente a los valores absolutos. Como decíamos, hay margen para la imperfección, y, en realidad, la imperfección es aquí una forma de belleza. Por tanto, las piezas elaboradas con esta filosofía en mente son únicas, pues no hay molde. Si no hay molde, la producción en serie no satisface necesidad alguna. Son objetos naturales, creadas a partir de una aceptación: en la naturaleza, hay libertad, y lo que es libre es incontrolable. Es la gente la que debe adaptarse a los estatutos de la naturaleza; no al revés. Las formas son irregulares por diseño, porque nuestra esencia es el caos. La degradación y el desgaste no son motivo de terror. El tiempo también envejece, como al viento le salen cabellos de plata. Incluso en lo inmaterial hay perfección, y existe un tiempo para cada cosa.

Las bases metafísicas del Wabi-sabi podrían responder a las siguientes preguntas, que igualmente preocupan a la comunidad “de nuestro lado del mundo”: ¿Cómo es el universo? “El universo”, contesta el mismo Koren, “mientras destruye, también construye. Nuevas cosas emergen de la nada. Pero no podemos determinar realmente, mediante una observación superficial, si algo está evolucionando hacia o desde”. Continúa: “Si no supiéramos que es de otro modo, podríamos confundir un niño recién nacido -pequeño, arrugado, doblado y un poco grotesco- con una persona muy vieja al borde de la muerte. En representaciones Wabi-sabi, quizás arbitrariamente, la dinámica de la evolución ‘hacia’ [la nada] tiende generalmente a manifestarse en cosas un poco apagadas, más oscuras y poco llamativas”. La noción de la temporalidad en el Wabi-sabi no necesariamente piensa en un progreso. Se trata más de asimilar nuestra existencia en un espacio que cambia de manera constante. Así, existe la contraparte, aquello otro que visualizamos como venido de una nada inicial: “Las cosas en evolución ‘desde’ tienden a ser un poco más claras y ligeramente más llamativas. Y la nada en sí misma -en vez de ser un espacio vacío, como en occidente- vibra de posibilidades. En términos metafísicos, el Wabi-sabi sugiere que el universo está en movimiento constante hacia o desde lo potencial”.

El filósofo Friedrich Nietzsche, un bigotón muy de moda durante el siglo XX, advirtió en el aformismo 146 de Más allá del bien y el mal: “Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, también éste mira dentro de ti”. A la luz del pensamiento occidental, ya añejándose el romanticismo europeo, el abismo puede significar varias cosas, entre las más llamativas la advertencia sobre el mal, el drama de la libertad y, muy probablemente, sobre el alarmante descubrimiento de la nada. “Nada tiene sentido. Todo es un constructo”, por ejemplo, es una frase tan satírica como verdadera, quiero decir, lo suficientemente coherente como para regir la parte contemporánea de nuestra existencia colectiva. Wabi-sabi, al comprender la nada como una posibilidad, sea de llegada o de salida, la dota de sentido. El humano no tiene miedo a la nada, sino al vacío, al sinsentido. En el Wabi-sabi no es necesario el temor. Nada es la posibilidad de Todo.

Esta estética japonesa también puede, desde sus valores espirituales, entrever las lecciones del universo. Para empezar, dirá que la verdad proviene de la observación de la naturaleza. “Los japoneses no confiaban especialmente en la naturaleza, pero aprendieron de ella”, explica Koren. Estas fueron las cosas aprendidas después de siglos: 1) Todas las cosas son mutables (la tendencia hacia la nada es implacable y universal. Lo supuestamente esencial no ofrece más que una “ilusión” de permanencia). 2) Todas las cosas son imperfectas (nada de lo que existe está libre de imperfecciones), 3) Todas las cosas son incompletas (incluso el universo mismo está en perpetua transformación. Nunca se llega al final del cambio) 4) La “grandeza” existe en los detalles desconocidos y desapercibidos 5) Puede hallarse belleza en la fealdad (la belleza es un “acontecimiento dinámico” que puede aparecer espontáneamente en cualquier momento en que se den las circunstancias.

El 14 de febrero, en muchos lugares del planeta, el amor es celebrado. Cada quien, cada cultura realiza distintas prácticas. Los actos son una forma del lenguaje. Existen actos más significativos que otros de acuerdo a su contexto y su propósito. De eso trata, en buena medida, la cultura. Es por ello que hablamos de culturas, en plural, y la aspiración de muchos es entendernos mutuamente, como en un ejercicio de extraña traducción. He aquí que el amor también es un lenguaje, en el que los detalles desapercibidos, incluso aquellos que suceden en silencio, podrían significar una forma de imperfecta belleza.