El mundo cambiará a su ritmo

jueves, 7 de julio de 2022 · 10:59

En cierta ocasión cité en clase una socorrida sentencia de Karl Marx: “Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo, de lo que se trata es de transformarlo”. Un estudiante me confrontó: ¿Usted se refiere al planeta o a la humanidad? Supongo que Marx se refería a ambos y, en cualquier caso, para los fines de esta clase, asumimos como mundo la totalidad, aquello que los filósofos denominan “realidad”. La realidad en el imaginario mejor establecido incluye a objetos y sujetos. Otros sabios con fines prácticos elaboraron la categoría de “sistema mundo”.

En los años 60 y 70, Immanuel Wallerstein, el más universal de los científicos sociales y el más brillante de los académicos marxistas de los que he sido contemporáneo, difundió la idea de que el mundo era un sistema constituido por el centro y la periferia. Como siempre, se trata no de una descripción de la realidad, sino de un modelo teórico y un recurso metodológico a los que frecuentemente, acudía Marx creador de representaciones, útiles para, de modo abstracto, y a escala de laboratorio, representarse dinámicas sociales sin acudir a la disparatada idea de realizar, en tiempo real y estado práctico, experimentos sociales. El modelo teórico propuesto por Wallerstein en América Latina fue asimilado y por el entorno de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) liderada, entre otros, por Raúl Prebisch quienes aplicaron el esquema al examen del capitalismo, afirmando que el desarrollo y el subdesarrollo, en lugar de opuestos, eran partes de un mismo sistema cuya característica esencial era la disfuncionalidad.

Aquel pensamiento, esencialmente tecnocrático, lo cual -frente a la ideologización extrema de las ciencias sociales en entornos donde el pensamiento social era regulado por doctrinas oficiales, fue más virtud que defecto, introdujo la idea de que el capitalismo podía ser reformado lo cual liberaba a las vanguardias del contrasentido de promover la destrucción del modelo productivo más eficiente que ha conocido la humanidad, y bajo el cual las fuerzas productivas se han desarrollado más que en todas las otras formaciones sociales juntas.

El pecado de aquella visión, que en América Latina coincidió con los momentos más intensos de la Guerra Fría, la movilización de fuerzas sociales y políticas asociadas a la Revolución Cubana y la violenta reacción del imperialismo norteamericano, fue asumir la idea de que eran pertinentes reformas por lo cual, sin proponérselo formaron parte de la manipulada contradicción entre revolución y reforma.

Corregir disfuncionalidades a escalas sistémicas y planetarias gestadas espontáneamente o inducidas conscientemente a lo largo de miles de años, es un propósito que trasciende las capacidades humanas y supera el tiempo de la existencia humana, de ahí que antes como ahora, las soluciones posibles son realizables a escala nacional. Ningún líder y ningún país está habilitado para transformar el mundo y ni siquiera para indicar cómo hacerlo.

El imperio global es una quimera. La apuesta por la reforma, menos traumática que la revolución e igualmente eficaz, es una opción legítima a la que en Europa acudió la socialdemocracia, una corriente de origen marxista a la que el dogmatismo y las veleidades políticas de sus partidarios convirtieron en una especie de hijo bastardo, pero hijo al fin, del pensamiento social avanzado.

Con tres mil años de experiencia, medio milenio de modernidad, casi tres siglos de democracia liberal, 70 años de ejercicio en el experimento socialista soviético y a 30 años de su colapso, el mejor consejo a los líderes del momento, es actuar con sentido del momento histórico y con moderación que es compatible con el liberalismo y el marxismo, con el capitalismo y con el socialismo, opciones que finalmente se mezclan, se identifican, incluso se confunden.

Gustavo Petro, primer presidente no oligárquico, progresista, incluso de izquierda de Colombia, ha dicho que se propone impulsar el desarrollo del capitalismo en su país. De lograrlo en paz y con aceptable cohesión social, habrá realizado un aporte tan válido como la integración propuesta por Andrés Manuel López Obrador, cuyo mejor ingrediente es la inclusión.

El mundo cambiará, pero lo hará a su ritmo. En la medida en que el pensamiento progresista y las vanguardias políticas puedan acelerar y facilitar esos procesos, contribuirán al progreso general, sin necesidad de excesos de violencia. La hoguera, la horca, la guillotina y el paredón aplicados en el pasado, no pueden ser la solución para hoy; tampoco lo son los misiles y las guerras de las cuales hubo demasiadas.

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