El libre albedrío y la política

martes, 8 de noviembre de 2022 · 12:08

El padre Domenech, un cura jesuita de cuya amistad disfruté, me explicó que Dios creó al hombre y la mujer, pero no le indicó cómo vivir. Fue omiso, le dije. No, me respondió, así inventó la libertad y todo lo que ella significa.

Al dotar a las criaturas humanas de libre albedrío, el Creador los convirtió en emprendedores que, por su cuenta, como parte de una difícil andadura, crearon el liberalismo económico y el capitalismo que según precisó Carlos Marx: “Desarrolla las fuerzas productivas más que todas las formaciones sociales anteriores juntas”.

Otro ilustre economista, Adam Smith, descubrió la “mano invisible” del mercado que, según se sabe, opera para bien y para mal, pero cuya existencia es una formidable palanca. Otros, con el mismo derecho, percatados de que el modelo económico basado en la iniciativa privada presentaba deficiencias, amputaron la mano y entronizaron la propiedad estatal total y la planificación centralizada.

Ambos actores tienen las mismas prerrogativas, pero los dos no pueden tener la razón. El modelo económico capitalista es incapaz de distribuir con equidad lo que produce con eficiencia, mientras el socialismo, eficaz en la distribución es incompetente para la producción.

El reto era combinar las virtudes de cada uno de los modelos y, asumir los defectos con los cuales, manteniéndolos bajo control, se puede convivir, como ocurre con las desigualdades, con las cuales, siempre que no sean sistémicas ni exageradas es posible contemporizar.

Terceros actores menos radicales, más apegados a las reformas y que, en lugar de por los extremos se mueven por el centro del espectro político, sin rechazar a Marx ni sacralizar a Adam Smith, descubrieron que, utilizando los poderes reguladores y la capacidad para arbitrar del Estado, podía realizarse la alquimia ganadora, creando un modelo económico mixto que incluyera servicios y beneficios, así como eficiencia productiva y justicia distributiva.

Algunas fuerzas políticas europeas, aleccionadas por experiencias históricas que la distanciaron tanto del liberalismo extremo en el cual “vale todo” y se excluye al Estado, como del centralismo socialista que no alienta iniciativas y promueve la estatización total, limita la democracia y suprime las libertades económicas, apostaron por Estados de bienestar, asumiendo como válidas las ideas de la economía social de mercado y el socialismo democrático.

Usando eficazmente las palancas de los Estados, en democracia y con plenas libertades económicas, con poca burocracia, menos corrupción y reducidos gastos militares, mediante contratos sociales virtuales, legislaciones laborales y políticas sociales apropiadas, medidas fiscales correctas, salarios ajustados, seguridad social, rentas básicas, protección de la infancia, la vejez, la maternidad y otras, se logró una distribución si no perfecta, avanzada de la riqueza social, y se atenuó la lucha de clases y se alcanzó la paz social.

Con otros conceptos, aunque con metas parecidas en cuanto a lograr sociedades prósperas y razonablemente acomodadas, China y Vietnam adoptaron enfoques pragmáticos, realizando reformas estructurales profundas, sin cambiar lo que no precisaba ser cambiado. Todavía les queda recorrido y deberán saldar deudas, pero van por buen camino. Entretanto, Cuba, impertérrita, libra sus batallas.

El acoso imperial le impone unas y ella escoge otras, como, por ejemplo, trata de probar la pertinencia de la planificación centralizada y de la dirección de la economía mediante directivas y “encargos estatales”, así como la idoneidad de los monopolios gubernamentales, entre ellos el del comercio exterior y el mercado local. Insiste en la eficacia de la empresa estatal socialista y, usando derechos de soberanía, desestima evidencias históricas y apuesta por el modelo económico y político socialista ortodoxo; reiteradamente hace las cosas de la misma manera y espera resultados diferentes.

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