Oposición silente

viernes, 10 de septiembre de 2021 · 10:00

Según Karl Marx, el más importante científico social del siglo XIX, “para comprender la historia real de determinados procesos sociales, es preciso examinarlos en su forma madura”. Tal cosa no fue posible con el socialismo real, que pereció antes de madurar. La Unión Soviética existió por 70 años, mientras el capitalismo comenzó su andadura en el siglo XII.

El colapso del socialismo real en Europa Oriental y la URSS sorprendió a todo el mundo, incluso a los marxistas que hace siglo y medio anunciaron la crisis general que pondría fin al capitalismo y no vieron venir una que le quemaba los pies. Tampoco los tanques pensantes ni los servicios de inteligencia de las superpotencias y de los países involucrados advirtieron la inminencia del más grande cataclismo político desde la caída de Roma.

Derrotado el fascismo, tanto en la Unión Soviética como en Europa Oriental, la prioridad de las autoridades y de los ciudadanos se concentró en la supervivencia y la reconstrucción que ocuparon las primeras décadas. La política perdió relevancia.

Con el tiempo, la permanencia de tropas soviéticas, la fundación de dos Estados alemanes, la muerte de Joseph Stalin, el tórpido ascenso de Nikita Kruschev, las sublevaciones de Hungría y Polonia, la crítica al estalinismo, la construcción del Muro de Berlín, los efectos de la coexistencia pacífica, la inconformidad por las carencias ligadas al consumo y al confort, el violento final de la “Primavera de Praga”, las limitaciones para viajar y el descontento por razones políticas o ideológicas, gestaron insatisfacciones que, dado la naturaleza del sistema, no encontraron salidas, se acumularon, no fueron percibidas o se subestimaron.

Hostilizadas económica y militarmente y sometidas a intensas campañas propagandísticas, las sociedades socialistas, las cuales no contaban con los mecanismos de relegitimación del sistema, el clima sociopolítico se enrareció paulatinamente, y aunque no se manifestaron del modo usual, afectaron la cohesión social. De cierto modo se formó un sector, aunque políticamente afónico, realmente existente.

Aisladas en zonas de confort, las cúpulas gobernantes vivieron la ilusión de que por no ser reconocida ni tolerada la oposición no existía y olvidaron que el hecho de que las personas no expresen opiniones, no significa que no las tengan. El formalismo se apoderó de las instituciones y las direcciones políticas se aislaron de sus bases que también se acomodaron.

Sin elecciones democráticas, oposición, prensa habilitada para ejercer la crítica y sin estudios de opinión pública ni mecanismos de control social del poder, y sin derecho a huelgas ni manifestaciones, las personas y las instituciones, incluidos los partidos, los círculos dirigentes y los mandos militares desconocían las realidades nacionales, limitándose a percibir sólo aquello que ocurría en su “radio de acción”.

La naturaleza de aquellos procesos, el modo como se desplegaron y los resultados a los que condujeron son productos de errores de diseño o deformaciones estructurales en la construcción de aquellas sociedades, así como de las relaciones entre las fuerzas sociales y políticas que las integraron y de las dinámicas entre ellas.

Una característica es que los órganos de poder en aquellos países eran excluyentes y monocolor, lo cual además de discriminatorio, impedía consensos sociales reales. Escuché al expresidente Raúl Castro razonar que, al visitar una obra en construcción, la policromía social era visible en los obreros de todos los colores, cosa que no ocurría en los consejos de dirección de los ministerios que, prácticamente eran reuniones de blancos. Abundando en el tema, el líder cubano introdujo la idea de que en la Isla se podía ser ministro sin ser militante del partido.

Todo indica que ese conjunto de factores que estimularon consensos ficticios, unanimidades falsas que afectaron a las personas y a las instituciones, también perjudicaron la percepción de las élites gobernantes que, aisladas físicamente de las sociedades, también fueron víctimas de los mitos, las formalidades, las lealtades exageradas y/o simuladas. El llamado a gobernar con los oídos y los pies pegados en la tierra, no es una metáfora.  

Todo ello conllevó a que los procesos que liquidaron al socialismo real, ocurrieran de forma pacífica e incruenta con la espectacular indiferencia de los partidos gobernantes que nominalmente eran “vanguardias políticas”. Tampoco levantaron la voz los trabajadores ni los sindicatos, presuntos dueños de los países y detentadores del poder, y permanecieron indiferentes los intelectuales y los artistas, la juventud, los militares, los cuerpos de seguridad y toda la clase política. Con el derrumbe se sepultó la mitomanía que integró una narrativa hueca.

Obviamente, hubiera sido preferible y más saludable para el sistema permitir que el pensamiento y la opinión diferentes, incluso opuesta, se expresara mediante la prensa y las instituciones y lidiar en tiempo real con desacuerdos y disensos, escuchar las voces alternativas y satisfacer sus demandas legítimas.

Mirar para otro lado, disfrutar la autocomplacencia, hacer oídos sordos y permitir que el descontento se acumulara y se comprimiera como un resorte parece ser una pésima idea, mientras las reformas y las rectificaciones son pertinentes.

  

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