Fernando Muñoz Castillo
I
No cabe duda que cuando pensamos en Rita Hayworth, la imagen de Gilda y el strip-tease nunca consumado ante nuestros ojos -aunque en nuestra mente de espectador sà suceda-, sea la del deseo por la mujer que puede llevarnos al cielo o más bien: al infierno.
Es una imagen icónica de la femme fatal y del filme noir norteamericano. Y sucede lo mismo cuando se escribe sobre Rita. Reproduzcamos aquà dos ejemplos.
El primero, del español Javier Coma, gran conocedor y estudioso del film noir. “El uso cotidiano de la calificación mujer fatal, castellanismo de femme fatale, ha contribuido a tergiversar el significado genuino en el marco del cine negro. Apoyan tal mixtificación las imágenes mÃticas, como, por ejemplo, la de una Rita Hayworth enfundada en el largo vestido que prometÃa deslizarse piel abajo conforme avanzaba la sugerencia del strip-tease durante la secuencia más famosa de Gilda. Resulta fácil que, al hablarse de mujer fatal, se rememore a la protagonista de éste, cuando sucede, por el contrario, que pocos motivos sólidos abonan la inscripción de Gilda en dicha categorÃa.†1
Y el segundo ejemplo es el escrito también por otro español: Juan Pando en Hollywood al desnudo.
“Todos los hombres que conocà se enamoraron de Gilda y se despertaron conmigoâ€, se lamentaba Rita Hayworth cada vez que le preguntaban por el personaje que hizo de ella la gran diosa del amor del cine de los años cuarenta. Su tragedia ha sido, es y será la maldición bajo la que viven las estrellas, perseguidas hasta los ámbitos más Ãntimos de su existencia por su imagen en la pantalla. La duda es siempre la misma: ¿A quién enamoraron realmente a Gilda o a Rita?†2
Y la imagen se repite interminable como una de las escenas inmortales del cine: Rita quitándose lentamente esos larguÃsimos guantes negros, su melena suelta y esplendorosa de diosa del amor que juega con los sentimientos encontrados del mortal que la mira extasiado.
El sueño se estrelló como la bomba atómica que cayó sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945, ya que en 1946 los pilotos bautizaron con el nombre de Gilda la primera bomba atómica lanzada en “tiempos de paz†y que fue sobre la isla de Bikini. Esto fue algo que nunca pudo superar Rita Hayworth, ni tampoco Margarita Cansino la bella bailarina de español que adoptó el apellido de su madre Volga Haworth, la showgirl de Florence Ziegfeld, desde 1937. Margarita/Rita la niña que sufrió abuso sexual en su propia casa no pudo superar el mote de bomba atómica y más cuando por Orson Welles se enteró que Japón querÃa firmar la paz, pero como no estaba dispuesto a ceder su territorio a los Estados Unidos, Harry S. Truman presidente de U. S. A., manipuló la información para estallar las dos bombas: Hiroshima y Nagazaki y asà poder adueñarse de un paÃs que nunca se doblegó ante el arbitrario conquistador.
Pando escribe que: “Si se pregunta a cualquier productor la clave del éxito en el cine, lo resumirá en la fórmula: ‘Creer en uno mismo, trabajar mucho, desear el triunfo por encima de todo, dominar el trato social, comprender cómo funciona Hollywood, tener golpes de buena suerte y no desfallecer ante el rechazo.’
La inseguridad es tan grande, la competencia tan feroz y el deseo de trabajar tan perentorio que hasta que un actor no es muy, muy famoso, no tiene apenas posibilidad de elegir sus propios papeles. De ahà que todos hayan hecho cosas horribles, en especial cuando empezaban, que les persiguen el resto de su carrera. La prensa no deja de recordárselo y hasta se publican libros como Opening Shots (Workman, 1994), en el que Damian Bona recopila los comienzos vergonzosos de setenta estrellas.†3
Todo lo anterior fue verdaderamente atroz en la época en que Rita logró posicionarse como una de las grandes reinas de la pantalla a nivel internacional.
Su gran éxito vino como doña Sol, la perdición de Tyrone Power en Sangre y arena, el remake de la novela de Blanco Ibáñez, donde la “escena en que la aristócrata torea al torero. Como una conquista y en cierto modo una humillación erótica, permanece como un excelente acierto cinematográfico, una cúspide de la pelÃcula, y el momento en que Rita Hayworth se erige como diosa de la mitologÃa cinematográfica.†4
Bailó, cantó, actuó en comedias y melodramas y en todo cumplió dignamente. Por supuesto en unas fue mejor que en otras, pero su presencia y dignidad escénica no la perdió jamás.
“Rita, con sus actuaciones en la pantalla, alimentaba la imaginación de todo el planeta. Era la mujer. Y no tenÃa necesidad de hacerse retratar desnuda como Marilyn Monroe, Brigitte Bardot, Carrol Baker o tantas otras.
Una foto de ella, semidesnuda, fue hecha en 1941 y se vendieron 200 copias. Todos los combatientes (de todos los frentes de guerra en el mundo) la adquirieron. Y es que habÃa en ella algo mágico, algo de misterio.†5
Qué mejor para cerrar esta entrega que una trivia sobre Gilda. En la cinta, Rita canta dos canciones, la más rememorada es Amado mÃo. La verdad es que Rita, no cantó ninguna de ellas, la voz es de Anita Ellis.
NOTAS
1.- Javier Coma en Diablesas y Diosas (14 perversas para 14 autores), LAERTES, Barcelona, España, 1990 p. 27
2.- Juan Pando Hollywood al desnudo, Espasa Bolsillo, Madrid, España, 1999, p. 35.
3.- Juan pando, Ibid. pp. 139-140
4.- Manuel Villegas López. Los grandes nombres del cine, volumen II, Biblioteca Universal Planeta, Barcelona, España, 1973, p. 40
5.-Rita Hayworth, CINE AVANCE Nº 122 del 9 de septiembre, México, 1966, p. 25