Carilda Oliver Labra




Rita M. Buch Sánchez*

In memorian
(1922-2018)


Ha muerto una de las más afamadas personalidades de la cultura hispanoamericana: Carilda Oliver Labra. Con su deceso, Cuba pierde a una de sus grandes poetisas de todos los tiempos.
Los asiduos lectores de Unicornio recordarán un trabajo publicado recientemente, en vida de la poetisa, sobre esta destacada personalidad de la cultura cubana. Los que no pudieron leerlo, encontrarán en estos párrafos una remembranza de ese artículo y en esta ocasión se han agregado otros versos de Carilda, que ampliarán el conocimiento del público lector. Es nuestro homenaje póstumo a la que entonces denominamos: “La poetisa del amor”.
Tuve el privilegio de conocer a Carilda en febrero pasado y nunca olvidaré ese encuentro, casi mágico. En esos días, la poetisa contaba con 95 años de edad.
En aquella visita que le hice, acompañada por otros colegas, tuve la impresión de haber conocido a un hada, con su cabello plateado y sus bellos ojos azules, con su figura aparentemente frágil, elegante, culta, y a la vez sencilla, cálida y afable. Como expresé antes, sentí que estaba ante una mujer de fuerte temperamento y recia personalidad, a pesar de su aparente fragilidad y edad avanzada.
Pude constatar cómo “poesía” y “cubanía” se fundieron en esa maravillosa mujer de manera indisoluble a lo largo de su vida y de su obra. Con una increíble agilidad de pensamiento y memoria privilegiada, a sus 95 años recitaba sus versos preferidos, sin necesidad de leerlos, con su sonrisa hermosa y sincera.
Amó a Cuba y a su pueblo hasta el fin de sus días y supo enfrentarse a prejuicios e incomprensiones de toda índole.
Ya no nos acompañará más físicamente, pero ha dejado una estela imborrable en la cultura cubana e hispanoamericana.
Murió como siempre quiso, en su casa, aquella que guarda celosamente los más importantes recuerdos de su vida, en calzada de Tirry 81, la que inmortalizó en su conocido poema La casa, y que hoy también resguarda sus cenizas.
Nació en 1922, en Matanzas, provincia occidental de Cuba. Allí vivió toda su vida, entre recuerdos y añoranzas, y allí también murió el pasado 29 de agosto. Amó su ciudad y su tierra como la mejor patriota y siempre les cantó en sus versos con infinita devoción.
Con una sólida formación académica y habiendo sido educada en el seno de una familia católica, alcanzó la juventud en una sociedad que desaprobaba las emociones espontáneas y se regía por cánones preestablecidos y estereotipados. Carilda supo siempre, con dignidad y valentía, enfrentarse a los prejuicios e incomprensiones sociales.
En sus versos admiró la belleza del cuerpo humano e incluyó toques de erotismo, que a muchos escandalizaron.
Defendió el amor a capa y espada, independientemente de la edad con que se amara, y consecuentemente predicó sus ideas con su ejemplo, sin que las críticas sociales le pusieran límites a su libertad personal de decisión como mujer.
Si algo ha identificado a Carilda y a su obra, a lo largo de los años, ha sido la cubanía que transpira y el tratamiento priorizado del tema del amor en su poesía, desplegado en dos vertientes fundamentales: el amor a la tierra que le vio nacer –así como a sus seres filiales más queridos– y el amor a la pareja.
De este modo, en su obra como totalidad, se observa un balance entre el tema social y el tema amoroso.
En vida, su obra alcanzó gran popularidad y recibió importantes premios.
En 1950 obtuvo el Premio Nacional de Poesía con el libro Al sur de mi garganta (1949). En ese mismo año alcanza el Primer Premio en el Centenario de la Bandera Cubana, por su Canto a la bandera. En 1951 obtiene el Premio del Concurso Hispanoamericano, organizado por el Ateneo Americano de Washington, en el Tricentenario de Sor Juana Inés de la Cruz.
Por la obra de toda la vida, obtuvo el Premio Nacional de Literatura (Cuba, 1997), Premio Internacional José Vasconcelos (México, 2000) y Premio Rafael Alberti (España, 2009).
Desde 1980, en Madrid se convoca anualmente el “Concurso Internacional Carilda Oliver Labra” y fue incluida en el serial de televisión española Mujeres célebres de América.
Muchos de sus poemas han sido traducidos a otras lenguas y posee además una obra en prosa, en la que se destacan sus libros Con tinta de ayer (1997) y A la una de la tarde (2004).
Entre los poemarios más importantes de Carilda que han sido publicados merecen destacarse: Al sur de mi garganta (1949), Canto a la bandera (1950); Canto a Martí, Memoria de la fiebre (1958), Versos de amor (1962), Tú eres mañana (1979), Las sílabas y el tiempo (1983), Se me ha perdido un hombre (1986), Calzada de Tirry 81 (1987), Los huesos alumbrados (1988), Sonetos (1990), Antología de poesías de amor (Colombia, 1994), Desaparece el polvo (Nueva York, 1995, edición bilingüe), Noche para dejar en testamento (Valencia, España, 1997), Biografía lírica de Sor Juana Inés de la Cruz (Campeche, México, 1998) y las antologías: Discurso de Eva (España, 1997), Sombra que seré no dama (2000), Prometida al fuego (2002), La luna en el suelo (2002), La non erótica (2003), Antología personal (2004), Error de magia (2009) y Carilda Oliver Labra. Una mujer escribe. Poesía (2012).
De sus poemas de juventud, merecen destacarse dos. El primero data de 1945 y dice así:

Muchacho

Muchacho loco: cuando me miras
solemnemente, de arriba abajo,
siento que arrancas tiras y tiras
de mi refajo.

Muchacho cuerdo: cuando me tocas
como al descuido la mano, a veces
siento que creces
y que en la carne te sobran bocas.

Y yo tan seria, tan formalita,
tan buena joven, tan señorita,
para ocultarte también mi sed

te hablo de libros, que no leemos,
de cosas tristes, del mar con remos;
te digo: usted…1
El segundo, que fue siempre uno de los preferidos de Carilda, es de 1946, cuando la poetisa era aún muy joven:

Me desordeno, amor, me desordeno

Me desordeno, amor, me desordeno
cuando voy en tu boca demorada;
y casi sin por qué, casi por nada,
te toco con la punta de mi seno.

Te toco con la punta de mi seno
y con mi soledad desamparada;
y acaso sin estar enamorada
me desordeno, amor, me desordeno.

Y mi suerte de fruta respetada
arde en tu mano lúbrica y turbada
como débil promesa de veneno;

y aunque quiero besarte arrodillada,
cuando voy en tu boca demorada,
me desordeno, amor, me desordeno.2

Pero en la obra poética de Carilda, no solo se expresa el amor carnal de la pareja; ella también desborda espiritualidad.
Por otra parte, el amor filial ocupa un lugar de primera importancia y está indisolublemente vinculado al amor a la tierra que le vio nacer.
Dedicó varios versos a sus padres, entre los cuales, pueden citarse los siguientes:

Mi madre

Mi madre es esa niña sin palo y sin muñeca
que nos hizo la carne y el alma del verano.
Usa vestidos serios y ya no toca el piano,
pero aquí en nuestra casa ha sembrado una areca.

Propietaria de todos los pañales del mundo,
por jugar con nosotros, se olvidó de ir a misa,
y ya veis: le ha salido una iglesia en la risa.
Su delantal es sabio como un libro profundo.

Con las tijeras quiere cortarme penas hondas.
Hace guisos humildes y caricias redondas,
y se arruga despacio, como una ilusión.

Mi madre es esa única criatura diferente
que para darme un beso, raro y resplandeciente,
me ha zurcido la herida que llaman corazón.3

Dedicó varios sonetos a su padre, de los cuales transcribimos a continuación el primero:

Padre entonces que hacías la esperanza
empeñado de hijos, de hipoteca:
resucito tu mano, nunca seca
que no supo de piedra ni de lanza.

Te enfermaba el insomnio, cuando juez
pues querías salvar tantos ladrones.
¡Que ya siempre te píen los gorriones
y que tengas juguetes una vez!

Ahora invento que duermes y que existe
tu costumbre de beso, tu alto asombro.
Ahora muevo mi vida con escombro;

ahora soy otra vez la niña triste
que no puede apoyarse ya en tu hombro
porque, padre, en enero te moriste.4

El amor de Carilda a México y a sus tradiciones se refleja particularmente en un poemario que data de 1951. Se trata de la Biografía lírica de Sor Juana Inés de la Cruz, que escribió en ocasión del tricentenario del nacimiento de la afamada monja poetisa mexicana.
Refiriéndose al nacimiento de Sor Juana, expresa:

La sombra de Cuauhtémoc
anda por México aún.
La tarde huyó con el sol,
nada hay abierto ni azul.

Es noviembre y hace frío
en San Miguel de Nepantla.
Don Pedro y Doña Isabel
advierten con esperanza
como un poquito de luz
–que amanece y no es la luna–
pálido, en fin casi espuma,
pareciéndose a Jesús,
niña se vuelve en la cuna.

(…)

Anahuac, Tenochtitlán,
duermen, duermen, duermen, duermen.
Puma, serpiente y jaguar
buscando paloma siempre.

La niña suspira flores
Y tiende al aire una mano
Para despertar la noche
con su mismísimo blanco.

Y de lo blanco le sale
Un resplandor hecho letras:
Me llamo Juana de Asbaje,
Seré como un beso: eterno.5

Carilda valora en alto grado a la poetisa mexicana, y reconoce en ella a una personalidad histórica, comprometida y fundacional del ideario feminista, el cual asume como suyo.
Esta identificación entre ambas poetisas devela el carácter humanista de sus concepciones y explica la posición de vanguardia que han asumido ambas –cada una en su época, con tres siglos de diferencia– en su lucha en defensa de la mujer y de sus derechos humanos y sociales.
En el caso de Carilda, la proyección humanista de su obra desbordó con creces el ámbito de la lucha por la igualdad de derechos de la mujer y alcanzó proyecciones sociales sin límites, al aglutinar a todos los sectores de la sociedad. Defendió a los marginados y denunció la discriminación de que eran objeto, en poemas como los que a continuación se citan:

Al niño que vende berros

No tienes padres, claro… Lo sé por tu indecisa
manera de mirar. Lo sé por tu camisa.

Eres pequeño y grande detrás de la canasta.
Respetas los gorriones. Un centavo te basta.

La gente va vestida por adentro de hierro.
No te oyen… Has gritado dos o tres veces: ¡Berro!
Pasan indiferentes con bultos y sombrillas,
en pantalones nuevos y en blusas amarillas;
caminan presurosas hacia el Banco y el tedio
o hacia el atardecer por la calle del Medio.

Y tú no estás vendiendo: tú juegas a vender,
y aunque jamás jugaste te sale sin querer.

Pero no te me acerques; no, niño, no me hables.
No quiero ver el sitio de tus alas probables.

Te encontré esta mañana al doblar de la Audiencia,
y ¡qué golpe me ha dado tu infeliz inocencia!

Mi corazón que era un gajo de ilusión
ya es como berro mustio, como no corazón.6

La divorciada

Se viste bien. Camina como nube.
Tiene el jamás venciendo la mirada
y un aire de paloma maltratada,
de cadáver con vida se le sube.

Es triste si se para junto al mar.
¡Qué silencio tan grave el de su frente!
Esta muchacha, acaso diferente,
escribe versos para no llorar…

En cada mes alumbra una amapola.
Juega al tedio y la sed. Aunque está sola
espera siempre un hijo del azar.

Y cuando pasa con su azul pequeño
–del brazo de algún hombre para el sueño–
Todos murmuran que se va a acostar.7

El destacado intelectual cubano Miguel Barnet, presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, al referirse a la presencia de acentos de marcada fuerza humanista en la poesía de Carilda Oliver, ha expresado: “(…) Su actitud cívica, su amor por Cuba y la Revolución, le atribuyen el don social necesario para que su poesía se inscriba en lo mejor de la poesía testimonial de su tiempo”.8

Murió como siempre quiso morir, en su amada Matanzas y en su Cuba entrañable, como preconizó en este poema:

La Tierra

Cuando vino mi abuela
trajo un poco de tierra española,
cuando se fue mi madre
llevó un poco de tierra cubana.
Yo no guardaré conmigo ningún poco de patria:
la quiero toda sobre mi tumba.9

Hoy su pueblo la llora y está de luto, pero ahí está su obra, eterna y perdurable.
¡Adiós Carilda!
Tu pueblo, que te ama, siempre te recordará y te da las gracias por haber existido y por dejarnos tu precioso legado de poesía, amor y patriotismo.

Notas

1 Carilda Oliver Labra: Calzada de Tirry 81, Ediciones Loynaz, La Habana, 2017, p. 6.
2 Ibídem, p. 7.
3 Ibídem, p. 21.
4 Ibídem, p. 83.
5 Carilda Oliver Labra: Biografía lírica de Sor Juana Inés de la Cruz, Edit. Casa Maya de la Poesía. Campeche, México, 1998, pp. 7-8. (Nacimiento).
6 Carilda Oliver Labra: Calzada de Tirry 81, ed. cit., p. 28.
7 Ibídem, p. 29.
8 Miguel Barnet: “Carilda Oliver Labra: desaparece el polvo”, en El Don Perpetuo. Miradas a la obra de Carilda Oliver Labra, Ediciones Matanzas, 2004, p. 55.
9 Carilda Oliver Labra: “La Tierra”, en Carilda Oliver Labra: Una mujer escribe, Poesía, Ediciones Matanzas, 2012, p. 90.

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