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Julián del Casal



Pedro Díaz Arcia

Finalizada la Guerra Grande en Cuba o Guerra de los Diez Años (1868-1878), a la que siguió la Guerra Chiquita (1879), se produjo en la Isla lo que dado en llamarse la “tregua fecundaâ€, que dio paso a la Guerra Necesaria contra el colonialismo español, convocada por José Martí a fines del siglo XIX.
El país vivía un momento épico de definiciones respecto a los caminos que condujeran al destino de la Patria sin tutelajes extranjeros, una vez cimentada en la “manigua redentoraâ€, al fragor de las batallas por la independencia, el concepto y el sentido de cubanía.
Las batallas en el período se registraron con particular fuerza en el terreno de las concepciones filosóficas, literarias, así como en otras esferas de la intelectualidad que asistía a una visión, a veces mítica, alimentada por los relatos de los veteranos de las guerras y los “pinos nuevos†que aspiraban a seguir los pasos de sus predecesores.
Julián del Casal (1863-1893), fue testigo privilegiado de los avatares de la epopeya que le tocó vivir.
En 1886, cuando Martí, Máximo Gómez y Antonio Maceo habían enfrentado criterios sobre el carácter de la nueva contienda por la definitiva independencia de Cuba; por los temores del primero a la primacía del orden militar sobre el civil y la preocupación de los últimos de que se repitieran los trágicos errores cuando el poder civil no pocas veces se había convertido en un lastre en el desarrollo de la guerra, Julián del Casal publicaba su primer poemario “Hojas al Vientoâ€.
Más tarde, en 1892, data trascendente por la fundación del Partido Revolucionario Cubano creado por Martí para organizar y dirigir la Guerra de 1895, Del Casal editó su libro de poemas “Nieveâ€.
También escribió “Bustos y rimas†(“Tengo el impuro amor de las ciudades…â€), cuya publicación no alcanzó a ver, pues en 1893 lo sorprendió la muerte, apenas con 30 años.
En su obra poética, de tinte amargo, empalagado del parnasianismo, influjo imantado del romanticismo francés y, en general, de la lírica europea, intentó encerrarse como Gustave Flaubert en una urna de cristal, ajeno al entorno cotidiano que lo apresaba.
Soñaba un mundo al estilo del joven Werther, de Goethe.
Buscaba afanoso el hilo de la perfección para rendir culto a la belleza.
Obnubilado por el exotismo oriental se movía entre kimonos, atrapado en una nube de sándalo.

UN LIRICO DE LAS SOMBRAS

Era un poeta del gris, en medio de la explosión marina del trópico; un lírico de las sombras, en medio de las luces.
Tal vez no conoció los versos heréticos de Tristán de Jesús Medina inspirados en la Santísima Virgen María o la trágica oda de Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido), fusilado a mediados del XIX junto a la tapia del hospital de Matanzas por sus actividades conspirativas. Camino al calvario, Plácido recitaba sus sentidas estrofas: “…yo, ante el Dios de la gran naturaleza odio eterno he jurado a los tiranosâ€. Semejante a los soldados del milenario imperio del Bata Khan que marchaban a la muerte elevando los cánticos de alabanzas a sus hazañas o de respeto a su verdad.
Julián del Casal cayó en una laxitud mística, como Nicolás Gogol, quien al final de su vida quemó los últimos manuscritos de su célebre obra “Almas muertasâ€, de obligada referencia universal.
Bien pudo sucederle al escritor y lírico habanero lo que a Wifredo Lam cuando un buen día se preguntó asombrado: “¿Cómo pude ignorar durante tanto tiempo la significación de combate que tiene la pintura?â€.
Del Casal quizás pudo abandonar con tiempo el sendero de los discípulos de vacuas escuelas, dignos de aquella frase del Diablo Cojuelo, de Don Luis Vélez de Guevara, de fines del siglo XVI y mediados del XVII: “…hay un gramático enloquecido buscándole a un verbo griego el gerundioâ€.
Pero en su ayuda no podían acudir Paul Verlaine, Judith Gautier, Flaubert, Sófocles o Espronceda, Gutiérrez Nájera o Moreau. Ellos no disponían de las reglas, del “metro exquisitoâ€, para liberar a su pueblo; mientras permanecía sometido a la impronta de la evasión romántica.
No obstante, junto a él estaban los clarines de tormenta de los héroes de las guerras de independencia y la realidad lacerante impuesta por el yugo colonial.
Fue amigo del general Manuel Sanguily, que sería uno de los principales opositores de la denigrante Enmienda Platt en la seudorrepública (1901) que establecía en la Constitución el derecho de Estados Unidos a intervenir en Cuba cuando lo estimara conveniente, y del también combatiente independentista Manuel de la Cruz, autor del famoso libro “Cromitosâ€, un racimo de inapreciables relatos de la contienda del 68.
Del Casal fue rompiendo de a poco las penumbras que le impedían apreciar los valores fundamentales que latían en el pulso de su pueblo.
Conoció a Cirilo Villaverde, autor de la antológica novela costumbrista “Cecilia Valdés†y quien había sido secretario privado del Mariscal de Campo español de origen venezolano, Narciso López, quien dirigiera dos expediciones militares para liberar a Cuba de España a medio camino del siglo XIX.
Compartió impresiones en La Habana con Rubén Darío, autor de “Azul†y “Prosasâ€, quien se encontraba en tránsito hacia España y que marchaba a la vanguardia del movimiento modernista en América: de inspiración francesa, pero de savia y raíz americanas.
Bajo el manto del bizantinismo y abrumado por el fardo del culturismo europeo buscó con Martí, Gutiérrez Nájera y Darío las nuevas formas de expresión de un mundo urgido por canalizar su identidad por los cauces naturales: el autoconocimiento de su propia identidad y fortaleza. Julián del Casal se convertiría en un poeta de transición del romanticismo al modernismo.
La vida, en su eterna terquedad, y la elevada sensibilidad del poeta, lo llevaron de la mano a la asunción de su pobreza material y los matices de la sociedad en la que sufría.
En 1888 publicó un artículo en la “Habana Elegante†dirigido contra el general Sabas Marín, Capitán General de la Isla.
Tenía el plan de publicar 16 artículos que abarcaran el universo de aquella sociedad; como la idea inconclusa de Honorato de Balzac con su Comedia Humana.
Pero al editar su primer artículo fue cesanteado y llevado ante los tribunales. Transitó la ruta de un crítico sagaz de la opresión y la humillación del mundo colonial.

AHI TENEIS A UN GRANDE DE AFRICA

Contaba en uno de sus artículos que un día, cuando el Marqués de Aguas Claras* bajaba de su coche en la famosa acera del Louvre en La Habana, donde se reunían los veteranos cubanos de la independencia a planear los nuevos escenarios de las próximas batallas y en la que no faltaban las altas autoridades coloniales, un realista dijo con orgullo: “¡Ahí tenéis un grande de Españaâ€!, a lo que Casal respondió: “¡También su cochero es grande de Ãfrica!â€.
En 1890 fue de los organizadores de la tertulia lírica que tuvo lugar en el gran teatro Chacón de La Habana, auspiciada por “El Fígaro†y “La Habana Elegante†para homenajear a Loly Rodríguez de Tió.
Ocasión en que la poetisa boricua, en presencia de Salamanca, Capitán General de la Isla, recitó aquellos versos inmortales:

“Cuba y Puerto Rico son
De un pájaro las dos alas
Reciben flores y balas
En el mismo corazónâ€.

Pensar en Del Casal es rendir honores al “Príncipe del Estiloâ€, al “ángel adorable†del modernismo cubano y puente de oro entre la literatura autóctona y la universal.
Rememorar a Del Casal es repetir con emoción sus versos inspirados en los estudiantes de medicina vilmente asesinados por los españoles en 1871, en plena guerra por la independencia de Cuba, para intentar apagar el fervor revolucionario:

“Dormir en paz los sueños postrimeros
en el seno profundo de la nada
que nadie ha de venir a perturbaros;
los que ayer no supieron defenderos
sólo pueden, con alma resignada
soportar la vergüenza de llorarosâ€.

Al conocer la muerte de Del Casal, el Apóstol de la independencia de Cuba, José Martí, diría: “Murió, de su cuerpo endeble, o del pesar de vivir, con la fantasía elegante y enamorada, en su pueblo servil y deformeâ€.
Y agregó sentencioso: “…es que en América está ya en flor la gente nueva, que pide peso a la prosa y condición al versoâ€.
“Ya Julián del Casal acabó, joven y triste. Quedan sus versos. La América lo quiere, por fino y sinceroâ€.
Martí no lo conoció personalmente.
¿Podría decirse de Del Casal, a otra escala, lo que se dijo de Tolstoi, a quien los bolcheviques consideraron: “Espejo de la Revolución†rusa?
¡No lo sé!
Pero le doy validez a la interrogante.
El pueblo cubano está históricamente comprometido con Del Casal, para que aquellos que no supieron defenderlo ayer, nunca puedan, con alma resignada, soportar la vergüenza de llorarlo.
Al defender nuestro suelo, defendemos su obra, quebrada con trágica anticipación, e hincamos aún con más fortaleza los principios de nuestra identidad nacional, soberanía e independencia.
Si dejamos de ser lo que somos, la imagen de Julián del Casal, distorsionada por la usura mercantil, terminaría en el mejor de los casos en un burdo cartel de Coca-Cola en cualquier barrio de La Habana.
* En esos momentos fungía como Jefe de los Voluntarios. Una tropa adocenada que perseguía con saña y cruentamente el menor desliz liberal de la época…en una isla esclavizada por el coloniaje.



 
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