En la Navidad habanera del 2015…



Félix Sautié Mederos


Crónicas cubanas


Estamos en tiempo de Navidad que es una etapa siempre cercana al final del año, de alegrías, encuentros familiares y entusiasmos por el futuro. La alegría y el ejercicio del entusiasmo, aunque sea sólo en una época del año, se origina en la expresión de una necesidad humana reconocida en el tiempo y estimulada por la fe de los cristianos por motivo de la conmemoración, hace tres milenios, del nacimiento de un Mesías adelantado de la paz, pletórico de amor y justicia. Un niño humano-Dios, a quien los poderes fácticos de aquella época intentaron infructuosamente eliminar y no lo pudieron lograr porque estaba escrito por los profetas, que sería sal y luz del mundo en una época oscura y de desdichas, después que Espartaco había sido derrotado por los poderosos de la época y anegada en sangre su lucha por la libertad de los esclavos y por la justicia para los desposeídos.
Jesús de Nazaret inició una época distinta de posibilidades objetivas y subjetivas para que el amor, la paz y la justicia pudieran abrirse paso en el mundo. Fue un acontecimiento que dividió la vida sobre la tierra en un antes y un después. En la profundidad de la Historia de la Humanidad, incluso más allá de los sentimientos y realidades de la Fe en Dios, Jesús vino al mundo para todos sin excepción y no es preciso creer en su Misión de Dios Redentor para recibir los influjos y resultados de la Redención en que creemos los cristianos porque realmente fue para todos, incluso para los que se esfuerzan en negarlo tal y como hace años aún recientes sucedió en Cuba. Me refiero a una época ya pasada, cuando las expresiones de fe y alegría cristianas se prohibieron, incluso con circulares, en las que se prohibían hasta los arbolitos y los belenes de Navidad, tal y como si borrando esos símbolos externos hubieran podido borrar las esperanzas y la historia que ellos simbolizan.
En definitiva no pudieron anularlos porque era ir contra natura y con el tiempo de nuevo Cuba regresó al Estado Laico de respeto a las creencias y religiones que animan la vida de los seres humanos, dejando atrás el estado confesionalmente ateo que, en mi criterio, lavó las esperanzas tratando de reconducir la vida social por una única dirección que sólo nos trajo hastíos y desesperanzas en detrimento incluso de tradiciones tan cubanas como la “Noche Buena” familiar, en que los que éramos familia nos encontrábamos en las casas de los abuelos y padres con alegría y amor más allá de que fuéramos creyentes o no, simplemente porque éramos humanos y familia. Toda esa magia de creatividad alegre que algunos en el tiempo han tratado de comercializar, en sus verdaderas esencias de alegría, amor y paz, ha calado profundamente en los sentimientos populares; y más allá de cualquier comercialización pagana que realmente se hace, marcan una época del año propicia para el amor, la paz y el encuentro que es lo más importante que se ha mantenido vigente en el tiempo.
En Cuba, poco a poco se ha ido recuperando todo aquello que les describo e incluso los símbolos ayer prohibidos, han ido apareciendo de nuevo en los comercios y lugares públicos, como señales y luces de que lo que es justo y humano se resiste a desaparecer por mucho que se le ataque y prohíba. Personalmente, no puedo inhibirme de estas consideraciones y pensamientos porque nací en 1938 y he vivido intensamente las dos épocas a que me refiero con sus luces y sombras; y creo firmemente en la misión redentora del Niño-Dios, cuyo nacimiento conmemoramos cada Navidad.
En estas circunstancias, cuando camino por mi Habana abandonada por entre sus ruinas, medias ruinas y suciedades no barridas ni recogidas, sufro por causa de lo que se podría denominar como la “ineptitud urbana manifiesta” que cierra los entendimientos de que La Habana es Maravilla por sobre todo eso y la Capital de todos los cubanos, pero que con sus 496 años habrá de renacer por encima de todas esas desatenciones cada vez más incongruentes y envejecidas, propias de quienes con poder para transformarlas se encuentran detenidos en el tiempo con su más de lo mismo que realmente ya no convence a nadie. Hace algunos días, cuando caminaba por la calle Obispo renacida por la obra ingente de la Oficina del Historiador de La Habana que ha luchado sin tregua por salvar a nuestra ciudad, y vi a la Obispo ayer renacida hoy en los inicios de un nueva etapa de desatención propia de los burócratas de siempre, pero llena de transeúntes, entonces se me reflejó el dilema que estamos viviendo en La Habana entre lo viejo y lo nuevo. Confieso que no perdí las esperanzas ni tampoco la fe en que lo nuevo, en definitiva, se habrá de imponer y La Habana renacerá con su esplendor innato que han tratado de arrancarle la desidia, el abandono y la secularización extrema de la sociedad.
Comprendo que es algo triste y cargado de hastíos mi testimonio sobre la Navidad habanera del 2015, que bien se puede traducir en una denuncia de lo que no debe ser y se nos impone artificialmente como lo que es. Su causa y origen se asientan en la realidad en que estoy inmerso, que no puedo maquillar ni menos manipular porque repudio lo que algunos escriben para no buscarse problemas; hacerlo sería indigno e impropio de quien pretenda ser cronista de su época. ¡Feliz Navidad 2015! para todos porque el espíritu y la esperanza que la anima es para todos sin excepción; y en consecuencia en estos momentos no puedo dejar de pensar en mis compatriotas varados en Centro América que pasarán estas navidades en lucha por su esperanza; con los cuales desde mi Rincón de Centro Habana, con mis muy limitadas posibilidades me solidarizo. Así lo pienso, así lo afirmo y lo escribo en esta Crónica de Navidad, con mis respetos para la opinión diferente y sin querer ofender a nadie en particular. De nuevo ¡Feliz Navidad 2015!



 
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