Doble mensaje


Por Julio Pimentel Ramírez

Hace apenas unos días Elba Esther Gordillo reconoció en entrevista televisiva que su entrada a la dirigencia del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), en sustitución traicionera de su mentor y “padrino” Carlos Jongitud Barrios, acatando una orden del primer presidente ilegítimo del ciclo neoliberal, Carlos Salinas de Gortari, fue por el escusado; ahora, después de 23 años de caciquismo, crímenes y corrupción, es desalojada por la misma vía, solamente falta que jalen la cadena.
No cabe duda que este acto ordenado por la cúpula del poder, en primer término el innombrable, y orquestado por instrucciones de Enrique Peña Nieto, no es un simple “acto de justicia” sino un ajuste de cuentas y un mensaje, no solamente para la clase política sino también dirigida a la oposición de todo signo.
Si de justicia se tratara se aplicaría la ley a una larga lista de delincuentes de cuello blanco y de las altas esferas de las administraciones federales y estatales, tanto las de la “docena trágica” panista como las anteriores del tricolor. Pero no hay “perro que coma perro”, solamente cuando eso les reditúa más ganancias que pérdidas y la indigestión es lo de menos.
La carrera de Elba Esther Gordillo como dirigente magisterial está plagada de acusaciones que la vinculan con hechos delictivos. Una de las más graves se refiere a su responsabilidad en el asesinato del dirigente Misael Núñez Acosta, ocurrido el 30 de enero de 1981 en Ecatepec. También se le señala por secuestros y detenciones ilegales de profesores disidentes de los años 80 a la fecha, en los primeros años siguiendo órdenes de Carlos Jonguitud.
Durante muchos años, desde sus inicios con Carlos Salinas y bajo las administraciones de Ernesto Zedillo y los panistas Vicente Fox y Felipe Calderón, a Gordillo Morales se le acusó recurrentemente de opacidad y corrupción en los manejos de las cuotas sindicales, así como de recursos de múltiples programas que la Secretaría de Educación Pública cede al SNTE.
No se olvide además de que la defenestrada presidenta vitalicia del SNTE, cuenta con un amplio ejército de operadores políticos que cobran como maestros sin trabajar y recibe recursos extras de gobernadores que, por complicidad o temor, acatan los chantajes de la “maestra” Elba.
Un ejemplo más es el señalamiento formulado en julio de 2011 por Miguel Ángel Yunes –ex aliado gordillista que fue uncido director del Issste el sexenio pasado– en el sentido de que la lideresa chiapaneca le exigió 20 millones de pesos mensuales de los fondos del organismo de seguridad social para financiar al Partido Nueva Alianza.
De todo eso y mucho más, ni una sola palabra. El móvil no es, pues, hacer efectiva la justicia y aplicarla a todos los cómplices de la profesora, tanto los que operaron financieramente los actos de corrupción como a toda la red de complicidades que permitió que durante más de veinte años creciera en tierra fértil un personaje de este linaje.
Desde hace unos años las relaciones de Elba Esther con su partido de origen, el PRI, fueron borrascosas, es decir impregnadas por el dualismo de amor y odio, rechazo y complicidad. En las elecciones del 2000 apoyaba dubitativamente a Francisco Labastida y a Vicente Fox, quien por cierto lejos de echar de Los Pinos a las víboras y tepocatas, convivió con muchas de ellas, como fue el caso de la Gordillo.
En el 2006 Elba Esther fue una de las piezas importantes en el fraude de Estado orquestado para imponer a Felipe Calderón, quien a cambio le otorgó a la dirigente del SNTE múltiples y millonarios beneficios.
Ya en el 2012 la cacique magisterial, siguió su juego y ordenó al candidato presidencial de su Panal confrontarse con Andrés Manuel López Obrador, jugando carta oculta en pro de Enrique Peña Nieto. Las relaciones entre Elba Esther y Peña Nieto se mantuvieron al filo de la navaja.
Ante la primera reforma estructural del nuevo gobierno, la de la educación que significa un importante paso en el proceso de privatización del sector, la dirigencia del SNTE respondió con ambigüedad, oponiéndose no porque afecte los intereses genuinos de maestros y alumnos sino porque menoscaba el poder sindical. Aquí le falló el cálculo político a Gordillo Morales: pensó que después de presionar un poco más se podría sentar a negociar nuevos términos de connivencia, no tomó en cuenta que Enrique Peña Nieto en aras de legitimar su gobierno podría decidirse por un golpe de timón que mostrara quién tiene el poder, enviando un mensaje a la clase política para que nadie se mueva, al menos por un buen tiempo.
Pero también es un mensaje para la auténtica oposición y para los movimientos sociales, en el sentido de que si se procedió así con alguien que a pesar de todo es parte de la gran familia priísta, con más razón aplicará todo el poder del Estado en contra de quien se oponga a las reformas estructurales que se encuentran a la vista, la reforma energética y la extensión de IVA a medicinas y alimentos.



 
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