Félix Sautié Mederos
Hay sucesos como los del terremoto en HaitÃ, que hoy llenan los espacios informativos, y muchos más menos difundidos que forman parte del transcurso de nuestra existencia terrenal, en los que se ponen a prueba todas nuestras convicciones, nuestra fe en lo trascendente, en la esperanza y en la justicia.
Son circunstancias muy extraordinarias y especiales, en las que nos parece que todo se viene abajo y se derrumban los conceptos y arquetipos de una justicia ideal y de un orden cósmico consecuente y racional que en nuestro subconsciente deseamos. Es muy difÃcil comprenderlos porque salen de nuestra racionalidad instintiva y yo no pretendo explicarlos, sólo quiero plantear algunos apuntes para la meditación.
Cuando el trágico Holocausto de los judÃos en los campos de concentración, en época de Hitler, muchos también se preguntaron con fuerza dónde estaba Dios. De igual forma ha sucedido cuando el sunami arrasó con Indonesia y en muchos otros momentos de la historia, como son las persistentes masacres sionistas contra los palestinos. Incluso en la tradición cristiana, incluyendo a sus raÃces hebreas, se recogen estas interrogantes.
En el libro de Job del Antiguo Testamento, que pudiéramos considerar un diálogo de protestas con Dios, se plantea Job en medio de sus desgracias: “…voy a dar curso libre a mis quejas, voy a hablar henchido de amargura. Diré a Dios. No me condenes, explÃcame por qué me atacas. ¿Te parece bien oprimirme, despreciar la obra de tus manos y favorecer los planes del malvado?†(Job. 10, 1 al 3). En el Nuevo Testamento, Marcos nos relata los momentos finales de la crucifixión: “A la hora nona gritó Jesús con fuerte voz:<> -que quiere decir – ¡Dios mÃo, Dios mÃo! ¿por qué me has abandonado?†(Mc 15, 34).
En consecuencia, quizás no deberÃa tomarnos por sorpresa estas circunstancias amargas y extraordinarias que siempre optamos por olvidar. Yo creo que sin convertirlas en una obsesión, deberÃamos estar preparados para asumirlas porque, realmente, nadie sabe el momento ni las coyunturas en que podrÃamos ser afectados por estas amargas experiencias. La prevención deberÃa ser una sostenida actitud humana, además de buscar la armonÃa con la naturaleza y la vida, no tentar a las fuerzas ni a las energÃas que hacen posible nuestra existencia y estar prestos a la solidaridad sin condicionantes onerosos con nuestros prójimos.
La cuestión es que estos asuntos no son exclusivamente un problema con Dios, constituyen esencialmente su reverso porque si Dios es considerado el bien supremo, lo contrario serÃa el lÃmite hasta el cual llega: su antÃtesis existencial que es el mal al que todos estamos llamados a enfrentar. La concepción robótica y fundamentalista de ser criaturas de un Dios que mueve todos los hilos y que juega con nosotros como si fuéramos marionetas suyas en un siniestro espacio lúdico, es contraria al concepto de Dios del cual deberÃamos partir.
Dios es el ideal supremo del amor y de la justicia que estamos llamados a alcanzar, y está con nosotros para animar nuestras vidas y nuestras luchas contra el mal que constituye su negación intrÃnseca. Dios estaba entonces y está junto al dolor que todos sufrÃan; junto a la desesperación haciendo causa y entrega con todos los que morÃan; en el amor de quienes socorrÃan y socorren; en la solidaridad hacia los demás. Dios está en y con nosotros durante los momentos de tribulación y de felicidad. El mal no es su esencia, es negación a derrotar.
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