Escrutinio
Juan José Morales
Uno de los más preocupantes problemas sociales y de salud pública, es el aumento en los embarazos de adolescentes. Cada vez hay más jovencitas, casi niñas, que ven truncada su vida normal por un embarazo indeseado. Y el problema se agrava por un hecho biológico al que muchas veces no se le presta atención o del cual los padres no se percatan: que desde hace algunas décadas, ha estado disminuyendo la edad de la menarquia. Es decir, la edad en la cual las niñas comienzan a menstruar, lo cual implica que ya son fértiles, que producen óvulos viables susceptibles de ser fecundados.
De acuerdo con estudios de médicos y antropólogos fÃsicos, desde mediados del siglo XX la edad de la menarquia se ha ido reduciendo de manera constante al ritmo de unos doce meses por década. A principios de los 60, en promedio la primera menstruación se registraba en las niñas a los 14 años. En los 70, ya se presentaba a los 13 años. En la siguiente década a los 12, y en el último decenio del siglo recién terminado, las niñas estaban comenzando a menstruar ya desde los 11 años.
Sobre las causas de este fenómeno, los especialistas barajan diversas explicaciones, pero esencialmente se atribuye a que tanto hombres como mujeres experimentan un desarrollo fÃsico cada vez más rápido como resultado del mejoramiento en las condiciones generales de salud debido a las vacunas, la introducción de agua potable y otros factores que permitieron eliminar enfermedades e infecciones antes muy extendidas que eran importantes causas de morbilidad y mortalidad y entorpecÃan el desarrollo de quienes las padecÃan y sobrevivÃan.
Sea cual sea la razón, el hecho es que a una edad en que las niñas están apenas cursando la primaria, se convierten súbitamente en mujeres sexualmente maduras. Y es que, como decÃamos, la menstruación significa que una mujer ovula y por tanto ha llegado a la edad en que puede reproducirse. Pero el hecho de que sea ya fisiológicamente apta para la reproducción no significa que también esté sicológica y emocionalmente lista para ello. Mucho menos que se encuentre preparada para evitar un embarazo, pues se le escamotea —o se le da sólo a cuentagotas— información sobre métodos anticonceptivos o siquiera sobre su propia sexualidad porque, se dice, “es demasiado chica para saber de esas cosasâ€.
En esa ignorancia mantienen a nuestras mujeres-niñas las deficiencias del sistema educativo y la mojigaterÃa decimonónica de quienes se oponen a la educación sexual o quieren limitarla a vagas recomendaciones sobre castidad y pureza, y a flamÃgeras amenazas a las y los potenciales pecadores.
Por otro lado, a la falta de adecuada información sexual hay que sumar el bombardeo de estÃmulos sexuales que los y las cada vez más precoces adolescentes reciben a través de la televisión, las revistas y otros medios de comunicación. Esa combinación de hormonas y estÃmulos externos ocasiona una también precoz iniciación sexual, para la cual no están preparados.
Los lamentables resultados están a la vista en la gran cantidad de niñas-mujeres que terminan embarazadas. Hay zonas del paÃs donde cuatro de cada diez embarazos se dan entre niñas de 11 a 15 años. Y, desde luego, ser madre a esa edad significa perder la infancia y caer en la marginación que acarrean la pobreza, la interrupción de los estudios y la falta de capacitación para el trabajo. Además, por no ser trabajadoras asalariadas, a menudo las niñas-madres carecen de atención médica y prestaciones por parte de los servicios de seguridad social.
La disminución en la edad de la menarquia es, pues, algo más que una curiosidad médica o biológica. Implica un grave problema social, educativo y de salud pública al cual hay que prestar atención cuanto antes pero que ni siquiera les pasó por la mente a los diputados que han estado aprobando leyes antiaborto.
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