Indice PolÃtico
Francisco RodrÃguez
EL CAOS QUE hoy por hoy se vive en México ha provocado que muchos más ciudadanos de los que suponemos, seamos presos de una nostalgia autocrática. Hay incluso quienes son capaces de añorar truculencias y estar dispuestos a cambiar nuestra libertad por cierto grado de “orden†y “seguridadâ€, militarizando totalmente al paÃs –hoy ya lo está, parcialmente— lo que por supuesto resulta peligroso.
Sucede todo esto porque el Estado mexicano, temporalmente depositado en un gobierno panista, está más débil de lo que estamos dispuestos aceptar. Que es incapaz de dar los servicios indispensables a la población. Que para empezar no garantiza nuestra seguridad.
Mas allá de las gestiones de los gobiernos y los esfuerzos que se han hecho, estamos frente a un Estado incompetente, mal administrador, descreÃdo de sà mismo, desposeÃdo de su fuerza para articular sus facultades. Un Estado que conspira contra sà mismo. Un Estado subversivo, que interviene con frecuencia en la violación del orden jurÃdico, cuando se supone que debe ofrecer seguridad y certidumbre, proveer al ciudadano de un marco estable de reglas que sirvan para orientar y guiar en toda circunstancia.
El desarrollo es imposible sin un Estado de Derecho eficaz, con autoridad y reglas claras.
Pero hoy toda la actividad polÃtica gira en torno a cambiar los personajes y las figuras, para seguir en lo mismo. Ha sucedido con Vicente Fox y hoy con Felipe Calderón. Fue un “quÃtate tú para ponerme yoâ€. Y reitero, para seguir con lo mismo.
La sociedad, en tanto, no sabe a qué a tenerse, atrapada entre los poderes legÃtimos o los llamados poderes fácticos, cada vez más beligerantes y desafiantes: la Iglesia Católica, las televisoras, los mismos cárteles del narcotráfico tienen mayor poder que la fallida Administración del señor Calderón.
Asà es, entonces, como vivimos atrapados entre dos aguas, y como lo fáctico parece tener mayor viabilidad que el Estado, el orden social se está reproduciendo al margen de la legalidad.
El hecho de que los gobiernos tengan que buscar fuera de sus propias instituciones mediadores ajenos a su legitimidad, denuncia su postración.
Y es la debilidad institucional la que obliga a que toda la sociedad funcione entre las dos aguas aludidas.
Ya lo afirmaba Octavio Paz: en México existe una “mentira constitucionalâ€.
En esta situación, el cacareado Estado de Derecho es una simple aspiración y pomposa materia de discursos en ceremonias mayestáticas.
Esto se desborda al sector público, porque hay poco sentido de la responsabilidad. Los gobernantes por ello, siempre buscan culpar de sus fallas e ineficiencias a sus antecesores, a sus opositores o antagonistas polÃticos o, incluso, a factores provenientes del extranjero.
Pero tampoco la hay de parte de la ciudadanÃa, y no se puede esperar que el orden institucional funcione si no hay ciudadanos concientes de sus derechos y deberes.
La debilidad del Estado se come la eficiencia y las buenas intenciones de los gobiernos y sus presidentes y, por lo tanto sin importar inteligencias, aciertos y carismas, la erosión de la gestión se traga sus prestigios. No hay ex Presidente, desde Adolfo López Mateos, que haya concluido su gestión con un buen recuerdo de sus gobernados. Desde DÃaz Ordaz, todos han caÃdo en la ignominia.
La desconfianza, la crisis moral, está vinculada con el trauma que se produjo a raÃz de la “democratización†y al hecho de que el nuevo estado de cosas no le dio solución a los problemas de siempre.
La promesa de democracia en el 2000 ofertó un nuevo acuerdo social, que nos aseguraba participación, derechos civiles, repartición justa de las riquezas y legalidad. Pero esa transición sólo se concretó en un reparto de la autocracia priÃsta entre los poderes fácticos relegados y hasta entonces mantenidos a raya.
Asistimos, pues, a una desestructuracion del sistema polÃtico que ni aún los buenos discursos o los decálogos del señor Calderón pueden salvar, porque no satisfacen en la práctica las demandas y aspiraciones de la población. Por eso no es raro que por la desarticulación del sistema polÃtico, la llamada sociedad civil, en medio de la desconfianza y el descrédito de las instituciones, traten de crear alguna clase de orden normativo alterno como remiendo, llámese “convicción civilâ€, “voluntad ciudadanaâ€, “ánimo democráticoâ€, “conciencia legal†o “participación ciudadanaâ€, entre otros.
Si el Estado es un gran pacto social, en nuestro caso, ya no representa los intereses de ninguna de las partes que lo componen y, por lo tanto, estamos en la obligación de reformular el pacto.
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