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La educación superior en Quintana Roo




Juan José Morales
Escrutinio

Comentábamos ayer la crisis por la que atraviesa la Universidad del Caribe, y decíamos a propósito de ella que en general la educación superior en Quintana Roo no se halla precisamente en su mejor momento. Sus dos principales instituciones, la Universidad del Caribe en Cancún, y la Universidad de Quintana Roo en el Sur —con incipientes campus en Cozumel y Playa del Carmen— han experimentado en los últimos años un estancamiento que contrasta con el notable dinamismo que las caracterizaron en sus primeros años. Hay una tercera universidad, de reciente creación, la Universidad Técnica de Cancún (que no debe confundirse con la Universidad Tecnológica, que ofrece carreras cortas), pero por ahora no nos ocuparemos de ella, pues prácticamente se encuentra en gestación.
Ciertamente, quizá sea exagerado hablar de retroceso de la Unicaribe y la Uqroo. La propia inercia del ímpetu inicial y la calidad de la mayoría de sus investigadores y catedráticos les han permitido mantener un aceptable nivel académico. Pero, al igual que los vehículos, los centros educativos no pueden avanzar sólo por la fuerza de la inercia. Tarde o temprano ese impulso irá disminuyendo hasta agotarse si no se le añade energía. Y, lamentablemente, ambas universidades se ven amenazadas de que ello ocurra.
Quizá la principal causa de la problemática que las aqueja, y que deriva de la falta de un buen liderazgo, deriva del hecho de que los últimos gobernadores —Joaquín Hendricks Díaz, Félix González Canto y Roberto Borge Angulo— no han comprendido la importancia de las universidades como impulsoras del desarrollo social, económico, cultural y político. No han comprendido que su papel no es simplemente preparar profesionistas para desempeñar las tareas rutinarias de una actividad económica —en este caso el turismo—, sino que una verdadera universidad debe también realizar investigación, extensión y difusión, y que sus catedráticos y egresados deben tener un espíritu inquisitivo, crítico y analítico, que les permita conocer y comprender el medio en que se desenvuelven, con miras a transformarlo y mejorarlo.
Por esa falta de visión, los sucesivos gobernadores no sólo han mirado a las universidades que de ellos dependen como meras escuelas superiores, sino —peor aún— al designar a sus rectores lo han hecho con el mismo criterio con que se reparten nombramientos en la estructura gubernamental. Es decir, “darles chamba”. Si no se puede —o no se quiere— acomodar a alguien en alguna secretaría, alguna dirección o alguna jefatura, se le nombra rector, quizá temporalmente mientras se le asigna otra encomienda.
Así se explica porqué la Unicaribe tiene un rector, Arturo Escaip Manzur, cuya relación con la vida académica antes de ocupar el puesto había sido —por decirlo suavemente— muy tenue, marginal y distante, y porqué la rectoría de la Uqroo la ocupa una dama, Elina Elfi Coral Castilla, que ha transitado por variados cargos burocráticos, de elección popular y de dirección del PRI, y sólo —un tanto por casualidad y como parte de su peregrinar por la estructura burocrática— estuvo un tiempo a cargo del sistema educativo del Colegio de Bachilleres.
A ambas universidades les guardo un afecto especial. De la Uqroo fui por varios años miembro de su junta directiva, que incluso presidí un tiempo. En la Unicaribe, formé parte de su primer consejo consultivo. (Ninguno de dichos cargos —aclaro— fue remunerado, sino puramente honorario). Y me tocó ver muy de cerca el gran impulso que —durante los ocho años que ocuparon sus rectorías— les dieron respectivamente Efraín Villanueva Arcos y Fernando Espinosa de los Reyes y que permitieron a esas instituciones alcanzar un alto nivel de excelencia académica.
Por eso me preocupa mucho que sus problemas persistan y del estancamiento pueda pasarse a la regresión.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx



 
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