Un testimonio de la vida del Yucatán de hace media centuria. Las Reinas del Cine Nacional



Ariel Avilés Marín
“La buena educación es la que da a las almas la belleza y perfección de la que son capaces”. -
Platón.

Uno de los placeres más grandes que puede haber es escuchar a Enrique Vidal contar sus vivencias con las estrellas de cine, teatro y televisión, en una mesa del café del Hotel Montejo. Si damos un pronóstico reservado de ello, podremos calcular que esto puede durar muchas horas, casi hasta el amanecer, y la conversación ha de ser cortada, pues el maestro Vidal, bien podría seguir hablando indefinidamente sobre el tema. Tanta así es la riqueza de sus memorias.
Enrique Vidal, es todo un personaje que tiene el don de la comunicación a flor de piel, y esa riqueza interior la comparte sin egoísmo alguno, su capacidad de narrar está revestida de la riqueza que le da su rico manejo del lenguaje coloquial; no en balde, quien esto dice toma la decisión en la vida de hacerse maestro de literatura por la profunda influencia que dejaron en mi fantasía juvenil sus narraciones de El Rey Rodrigo o la Pérdida de España, Fernán González o la Independencia de Castilla o la Leyenda de los Infantes de Lara. Las narraciones del maestro Vidal impresionaban de tal manera nuestra juvenil imaginación que, materialmente, veíamos pasar a Babieca, con el Cid en su lomo, cruzando nuestro salón de clase en esta Escuela Modelo.
Enrique Vidal es un caso único en el periodismo; primero, por haberse iniciado en él desde su adolescencia y haberse sostenido en él, contra viento y marea. Es muy significativo que este libro de sus memorias se esté presentando precisamente en este Salón de Actos, pues aquí, entre estas cuatro paredes, viejas y entrañables, nació hace más de sesenta años un periodista singular. Además, hablar de Enrique Vidal es hablar de un modelista entrañable. Sus pinitos en el periodismo nacen en los salones de clase de la secundaria de la Escuela Modelo y se publican en las páginas de la revista El Modelista. Y aquí mismo, en este Salón de Actos, un muchacho de apenas quince años, lanza desde entonces y hasta ahora, la revista de periodismo de espectáculos más antigua de México. Revista que se llamó en sus inicios Guía Cinematográfica, hoy Guía del Espectáculo de México, que ha sentado precedente, al mantenerse en circulación más de sesenta años, sin interrupción alguna.
Enrique Vidal, es, por sobre todas las cosas, un maestro, lo ha sido en las aulas de esta escuela, y lo sigue siendo en la vida. Muchos de los aquí presentes podemos presumir de nuestra ortografía adquirida en sus clases de Español; nadie de nosotros egresó de la secundaria de esta escuela, sin dominar perfectamente todas las conjugaciones verbales, incluidas las de los verbos irregulares. Con ingenioso método, heredado de Don Pepe Novelo, aquí presente, Vidal, materialmente, sembraba el terror entre nosotros con la forma de tomar las conjugaciones, pues fallar en la respuesta, era ir a ocupar el último lugar en la fila trasera del salón de clase; después de unas cuantas sesiones, todos conjugábamos a perfección y hasta hoy en día usamos con toda propiedad los tiempos y modos verbales. En las clases de Enrique se cumplía a plenitud la frase profunda de Don Pepe: “La educación es al hombre, lo que el molde al barro, le da forma”. Sin duda ninguna, Enrique Vidal es un maestro que dejó huella en todos los que pasamos por su salón de clase.
Pero esta noche hemos venido a presentar un libro, pero no un libro más, pues a diario son publicados muchos libros; éste que hoy nos ocupa tiene una cualidad que le da una riqueza incomparable, es tremendamente ameno; es un libro que, desde las primeras palabras, te agarra y no te suelta. Para hacer estos comentarios, obviamente me senté a leer este libro; inicié su lectura más o menos a las cinco de la tarde del sábado antepasado, y a las nueve de la noche, lo había devorado de cabo a rabo. Cosa semejante me pasó un verano, en Xalapa, Ver., al leer Cien Años de Soledad, del Gabo; el libro me atrapó desde el principio y no pude dejar su lectura, hasta concluirla dos días después. Por supuesto que no estoy tratando de hacer una equiparación entre Cien Años de Soledad y Las reinas del Cine Nacional, pues son géneros totalmente diferentes; sólo dejo constancia de que me sucedió lo mismo en la lectura de ambas obras, y con ello dejar constancia de su amenidad.
Cuando uno inicia la lectura de Las Reinas del Cine Nacional, siente uno como si estuviera en la añorada mesa del café del Hotel Montejo, la voz y el espíritu de Enrique Vidal se pasean en sus líneas con una gracia ligera y sin igual; además, hay que apuntar que los alumnos de la Escuela Modelo estuvimos siempre involucrados, año con año, en el proceso de la elección de cada una de estas reinas; comprábamos la revista para votar por nuestra candidata, nos apasionábamos durante el proceso con cómo iba la votación, a quién estaba favoreciendo el apoyo del público, e incluso debatíamos sobre quién debía ser la ganadora; así que lo narrado en el libro no nos es ajeno y nos lleva a recordar con añoranza estos días de feliz adolescencia; esto, créanmelo, pone un color muy especial a lectura de este libro.
Otro factor que relaciona profundamente esta historia con la Escuela Modelo es que todas y cada una de las reinas, siempre entró al Teatro Peón Contreras escoltada por la Banda de Guerra de la Escuela Modelo y eran coronadas al compás del Tres de Diana de cornetas y tambores. Bien valdría la pena escuchar testimonios de gente como Jorge Rivas Cantillo, sargento de la Banda de Guerra.
El libro es, además, un importante testimonio gráfico, pues está muy profusamente ilustrado con magníficas fotografías, vivos testimonios de la popularidad y trascendencia de este evento, esperado cada año por el público meridano que, materialmente abarrotaba la sala hasta la gayola, y hasta quienes no alcanzaban lugar en el teatro, inundaban la calle 60, entre la 57 y la 59, para ver y vitorear a la reina coronada. La coronación anual de la Reina del Cine Nacional es un evento vivo en la entraña yucateca y que aún es añorado por muchos de los que lo vivieron y lo recuerdan.
Enrique Vidal ha sido periodista, empresario de espectáculos, productor de teatro, impulsor de figuras que llegaron a ocupar un lugar importante en el cine y el teatro; es pues también, un incansable trabajador de la cultura. Por obra y gracia de Enrique Vidal, gozamos las extraordinarias temporadas de operetas y zarzuelas de la Compañía de Pepita Embil; por Enrique Vidal tuvimos la oportunidad de ver varios estrenos de autores como el Mtro. Luis G. Basurto; por Enrique Vidal vimos por última vez en escena a la gran actriz mexicana María Teresa Montoya. Por Enrique Vidal, vimos por última vez en el escenario del Teatro Fantasio al actor yucateco y modelista Arturo de Córdova, en una extraordinaria temporada la Compañía de Carmen Montejo. Por Enrique Vidal, tuvimos el privilegio en Mérida de atestiguar el gran homenaje a los “monstruos del cine nacional” y aclamar a María Félix, a Don Fernando Soler, a Sara García, a Mario Moreno “Cantinflas”. Por Enrique Vidal tenemos el honor de hablar de la existencia de una gran película del Cine Nacional, con el protagónico de un inolvidable actor yucateco, Alfonso Palma, producida por él, tenemos el orgullo de calificar “La Sangre Derramada”, como una película yucateca.
Hay tantas y tantas cosas para decir de Enrique Vidal, que esta noche no nos alcanzaría; venimos hoy a recibir este su libro, en el que está asentada y narrada magistralmente una buena parte de su vida y sus acciones. Lo recibimos con gran beneplácito y nos congratulamos que sea aquí, en el recinto donde nació el periodista. Además, hemos recordado su otra faceta, la de educador, y con Romain Rolland podemos decir: “Dichoso el que ha tenido vida de maestro”.

*Palabras pronunciadas por el autor la noche de hoy.



 
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