La última travesía del Gran Timonel



Uuc-kib Espadas Ancona
A Roger Aguilar, en su octogésimo aniversario

Hace una semana, el 5 de septiembre, los viejos comunistas yucatecos nos despedimos de quien fuera nuestro último, en mi caso, único, Secretario General, Róger Aguilar Salazar. Su familia, con la generosidad de siempre, nos permitió acompañarla en este íntimo trance. En él rendimos tributo, con emociones que mezclaban laureles y alcatraces, a quien por más de seis décadas hizo de la lucha partidista, política y social la sustancia de su vida. Aquella tarde acudieron también a darle el adiós sus viejos compañeros de la Normal Rural de San Diego Tekax. Reseñaron historias de las luchas magisteriales, del temprano papel de Roger en ellas, de su entrega y de su generosidad. Frente a su cuerpo, arropado con la bandera roja de la hoz y el martillo del Partido Comunista Mexicano, pasaron lista profesores de larga carrera, diciendo su nombre y generación. Al llamar a Roger Hervé Aguilar Salazar, más de un centenar gargantas respondimos ¡Presente!, con las voces quebradas por los recuerdos. Ahí estaban quienes con él cursaron estudios recién terminada la secundaria; sus camaradas de las primeras luchas políticas junto a los ex-jóvenes con los que, primero en el Partido Comunista Mexicano, y luego en sus sucesores, el Partido Socialista Unificado de México, el Partido Mexicano Socialista y el Partido de la Revolución Democrática, hombro con hombro, peleó exitosamente por dar a México elecciones libres; y, desde luego, sus viejos y nuevos compañeros de MORENA, que lo acompañaron en su imponente triunfo electoral en la disputa por la diputación del Tercer Distrito federal de Yucatán, arrancada a la derecha panista en su otrora bastión, el Sur de Mérida.
A nuestra vez, los comunistas tomamos la palabra para recordar batallas e historias en las que participó. Los antiguos integrantes de la célula Antón Makarenko, la de los profesores, casi en pleno, y otros de sus compañeros, reconstruyeron con sus voces la vida de apasionada lucha por las mejores causas de quien ese día no podía ya hablar por sí mismo. Finalmente, con no pocas lágrimas, entonamos en su honor nuestro histórico himno, La Internacional, seguido de la versión magisterial de Venceremos, para después cerrar con La canción del Partido.
Pocas veces esta letra había resultado, a lo largo de las décadas, tan adecuada para un hombre de carne y hueso. Versos escritos a la medida del veterano militante.

Puedo morir como nací ¡sabedlo!
Puro, sencillo y optimista
De pie sobre la tierra como un árbol
En las filas del Partido Comunista

Tres llamadas cerraron nuestro adiós. ¡Compañero Roger Aguilar Salazar! ¡Presente! ¡Ahora! ¡Y siempre!

* * *

Conocí a Roger a finales de 1979, cuando ingresé al PC y él era su Secretario General en Yucatán. Eran tiempos de intensos cambios y aún más intensos debates en aquélla la principal fuerza de la izquierda mexicana. Sólo dos años atrás el partido había salido de la semi-clandestinidad, aceptando la apertura que la Reforma Política de López Portillo significaba, y acudiendo, tras décadas de ausencia, una vez más a las urnas. A sus 41 años era ya una figura consumada dentro del partido, de cuyo Comité Central era integrante. Era un hombre extraordinariamente serio para los asuntos partidistas y que, pese a ello, mantenía al tiempo un sentido del humor hasta corrosivo, que no necesariamente le generaba simpatías. Gozaba de un amplísimo consenso al interior del PC que, sin embargo, no se traducía, como es rutinario en los políticos de hoy, en decisiones personales y mucho menos arbitrarias. De prebendas, ni hablar. Tenía el hábito de ganar los debate y así sacar adelante sus propuestas, que sólo por excepción eran netamente personales. Sus compañeros del Comité Estatal, casi todos militantes curtidos, distaban de ser sus incondicionales. De esta forma, en los debates que correspondía, pues las distintas instancias organizativas discutían por su cuenta los asuntos propios, era regular que tuvieran planteamientos disímbolos. Jamás recurría a las trampas que hoy son rutina en los dirigentes políticos (fraguar acuerdos previos a los debates formales, pactar apoyos para sus posiciones, ni mucho menos mercar privilegios partidistas). Con una formalidad que caracterizaba a la inmensa mayoría de aquéllos dirigentes, debatía con quienes se debía debatir, ciñéndose estrictamente a las reglas y centrándose en lo que consideraba lo sustancial en cada decisión. Rebatía con el mismo respeto –y eventualmente falta de él, pues nadie lo acusaría nunca de llevar atole en las venas– tanto a sus más antiguos camaradas de las trincheras magisteriales, como a mozalbetes recién llegados como el que estas líneas escribe. Discutía para convencer y no para vencer, pues tenía también una enorme capacidad para escuchar, verdaderamente escuchar y no sólo oír, los argumentos de sus oponentes. La mezcla resultaba por lo demás interesante, pues no faltaba la ocasión en que se convencía de lo que otro argüía, al tiempo que aquél adoptaba la postura original de Aguilar. Lo cierto, sin embargo, reitero, es que tenía la costumbre de ganar los debates, y con ellos las votaciones, invariablemente transparentes, democráticas y, crucial, sin rencillas posteriores.
Hay que decir, sin embargo, que entre aquellos veteranos, con él a la cabeza, y los jóvenes llegados al PC al calor de su legalización, había un brecha generacional. Teníamos la capacidad de exasperarlos con nuestra informalidad, con nuestra cultivada vocación de burlarnos de lo solemne y con nuestra ética iconoclasta. Ninguna gracia podía hacerle a quienes habían sufrido, y en ocasiones sobrevivido, la verdadera represión del régimen, la ligereza con que tomábamos, por ejemplo, los méritos de aquellos viejos (pocos de los cuales rebasaban los 45 años). Mientras ellos habían construido lazos de solidaridad en la confrontación con el Estado, que podían incluir ocultarse por temporadas en casas unos de otros, nosotros intercambiábamos burlas, proclamábamos nuestra militancia y cruzábamos apodos. Por nuestra parte, veíamos en su solemnidad, su rígido respeto personal, y sus modos políticos, pautas anticuadas del quehacer político, obsoletas e inútiles para nuestros tiempos. Por ese camino, no tardamos en motejar a Roger como el Calvo Sagrado, ensañándonos en la irritación que le provocaban las alusiones a su prematura pérdida de cabello, e ironizando con su imbatible condición de principal dirigente partidista, pese a diversos conflictos internos y externos. Con ironía, y con menos mala fe, comenzamos también a llamarlo Gran Timonel, término acuñado para Mao Tse Tung en la cima del culto a la personalidad. Este apodo, por cierto, sí llegamos a usarlo para interpelarlo directamente, cosa que él tomaba, me parece, con la resignación del tío al que el sobrino de cuatro años le embarra el pantalón de helado de chocolate. “Gran Timonel ¿será que podamos usar el mimeógrafo esta semana para imprimir nuestros volantes?”. Fue por cierto por aquellos tiempos que conocí más de cerca a su familia. Mirna, la única mujer que amó en su vida, y que contrajo matrimonio con él sabedora de que ya se encontraba casado con el Partido Comunista Mexicano, según le hizo saber, y que con frecuencia era la encargada de recibirnos en su casa para mil y un asuntos; y sus hijos, Tania, Nadia y Fidel, que en su nombres llevan la evidencia del compromiso, más que político, moral de Roger.
Pero los años fueron pasando, la calvicie fue cada vez más adecuada a la edad y la sacralidad de su liderazgo probó ser la solidez de virtudes dirigentes críticas. Cuando tras un conflicto interno de gran intensidad, Roger se vio fuera de la Secretaría General, ya en el PSUM, aquella serenidad política, pero sobre todo aquel sentido de realidad fueron exhibiendo su verdadero valor. Las burlas tornaron en respeto y la ironía en una lealtad ganada a pulso con sus nuevos pares, los antiguos recién llegados que comenzábamos a ocupar cargos de dirección. En los años que siguieron, varios de aquellos chamacos irrespetuosos fuimos cerrando filas de manera cada vez más estrecha en torno a él, en una dinámica que no terminó, sino al ser rota por la autoritaria destrucción, a cargo de la dirección nacional, del primer PRD Yucateco. Tras una indecente expulsión colectiva de la directiva local electa, sanción ilegal que fue posteriormente declarada nula por el Congreso Nacional del PRD, Roger optó por la lucha social fuera de los partidos. Perdíamos así a nuestro Gran Dirigente y nuestras rutas políticas se apartaban.
En los años que siguieron, a la distancia, lo vi seguir participando en el movimiento magisterial, en el de pensionados y, la cabra tira pa’l monte, volver la vida partidista, en MORENA. No siendo yo ni de lejos simpatizante de López Obrador, sentí un sorprendido entusiasmo al saber que había ganado la elección de diputado federal por el Tercer Distrito, y me indignó profundamente la burda manera como pretendieron escamotearle la victoria. El resto es sabido. Los tribunales recontaron los votos y lo reconocieron como diputado electo, cargo que ya no pudo ocupar, pues su vida llegó a su fin. Sin embargo, su camino sigue, según nos recuerda Silvio Rodríguez.

Con Patria se ha dibujado el nombre
Del alma de los hombres que no van a morir

Roger perdió su última batalla, la que todos estamos fatalmente condenados a perder cuando la muerte siegue nuestras vidas. Pero ha emprendido una travesía reservada para unos cuantos, para aquéllos cuyo ejemplo trasciende la propia existencia para ser parte de la vida de otros y, quizá, después, de otros más. Nuestro Gran Timonel, sus enseñanzas y su esfuerzo seguirán adelante, no sólo en los corazones de sus camaradas, amigos y familia, sino en los actos de quienes de él aprendimos. Y de otros. Discípulos de discípulos que, aún sin saberlo, seguirán nutriendo sus actos en aquéllas.
Su última travesía continuará, incluso allende su recuerdo.
Hasta siempre, comandante Roger Aguilar.



 
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