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La esclavitud maya en las plantaciones propició la "Guerra de Castas" PDF Imprimir E-Mail
sábado, 10 de mayo de 2008

Edgar Rodríguez Cimé

 Las plantaciones cañeras y henequeneras generalizaron el abandono de la milpa y la destrucción de la conciencia étnica de los mayas. Si como colonia española a los antiguos mayas les fue mal, con la independencia de Yucatán en 1821 les fue peor, pues entonces los criollos deciden dedicarse a la agricultura comercial centrada en la caña de azúcar y el henequén, cultivos que desplazaron a los principales productos de la hacienda: carne, miel, algodón.
Hacienda Uayalceh, en Abalá


Industria henequenera, Siglo XIX         Hacienda San Pedro Chimay, siglo XVI

Con el fin de aumentar las nuevas producciones comerciales de caña de azúcar y henequén, se requirieron tierras que hasta entonces habían sido del pueblo maya, y más hombres para trabajar al servicio de los terratenientes. Unos años más, se instalaron en el Centro y Oriente de Yucatán las primeras plantaciones cañeras; el cultivo intensivo del henequén inició en 1830, llegando a su apogeo entre 1860 y 1870, debido a la demanda norteamericana que controló el mercado de la fibra hasta 1930.

Con la caña de azúcar, y sobre todo con el henequén, empezó una nueva historia de opresión para los mayas de Yucatán. Como subraya Eric Wolf, en su libro "Aspectos específicos del sistema de plantaciones en el Nuevo Mundo. Subculturas y clases sociales", la plantación donde quiera que ha surgido, tuvo siempre necesidad de destruir sistemas socio culturales e imponer sus dictados, provocando conflictos con la población afectada.

En este escenario, la plantación de caña de azúcar y henequén en el siglo Diecinueve resultó mucho más opresiva y destructora, tanto para los mayas como para la ecología, que la hacienda maicero ganadera de la época colonial.

De este modo, la península yucateca quedó dividida en dos zonas de explotación: la cañera y la henequenera. La cañera: Valladolid, Tekax, Peto y Tihosuco; y la henequenera: la otra área, ocupada desde el siglo XVII por estancias y haciendas; en esta zona, apoyados en las Leyes de desamortización de Bienes Eclesiásticos y Comunidades Indígenas, los latifundistas usurparon grandes extensiones de tierra a los mayas, sometiendo al mismo tiempo a la población.

En la zona henequenera, los mecanismos para captar mano de obra estaban bien aceitados. Por eso, los poderosos criollos solamente perfeccionaron sus métodos coercitivos para mantener sujetos a los peones de por vida, mediante el sistema del "peonaje por deudas". Este consistía en mantener endeudados a los campesinos mayas mediante la falsificación de las cuentas ($5 que me pides; más $5 que te doy; y $5 que me debes, suman $15), y los castigos para quienes se atrevieran a desafiar a los amos pretendiendo evitar el peonaje, o salir de él.

Para 1843, la gota que derramó el vaso lleno de iniquidades y opresión, fue que los campesinos mayas de la zona cañera, antes libres, habían sido convertidos en "peones por deudas".

La red opresiva de la plantación era semejante a la de la hacienda colonial, pero con una cantidad mayor de "peones residentes", vigilados severamente por los mayorales (mayacoles), quienes repartían tanto el trabajo como los castigos. Arriba de éstos estaba el mayordomo, generalmente mestizo, administrador de la plantación y sus instalaciones: casa, desfibradora "tienda de raya", iglesia y cárcel. En la cúspide de esta pirámide social, estaba el patrón "blanco", pomposamente autodenominado parte de la Plasta Divina, perdón, "casta divina"; casi siempre residente en la Mérida de los blancos.

El auge del monocultivo vino a someter a la enorme población de campesinos libres que durante la época de la hacienda maicero ganadera había conservado cierto autogobierno, acceso al agua de los "cenotes", su huerta, aprovisionamiento en el monte y, sobre todo, el cultivo tradicional de la milpa.

Sujetos a las plantaciones, los mayas antes libres, no pudieron seguir leñando, ni cultivando sus huertas; pero, lo más grave, tampoco pudieron continuar con el cultivo tradicional de la milpa, de manera que para subsistir dependían de los jornales pagados con ¡vales canjeables únicamente en la tienda de raya!, como señala Ricardo Arias, en su libro "El grupo doméstico en una comunidad henequenera de Yucatán".

Ahí vino la "ruptura" del pueblo maya con su matriz cultural. Si la hacienda maicero ganadera estaba destinada en gran parte al cultivo del maíz, conservando el "cordón umbilical cultural" entre los mayas, de éstos con la naturaleza, y de esta civilización con sus dioses, la plantación se dedicó exclusivamente al monocultivo del henequén o la caña de azúcar, impidiendo la producción familiar del grano sagrado.

La plantación acabó con la economía de autoconsumo, sustentada en el sagrado maíz, y cortó de raíz la relación entre los mayas, con la naturaleza, y con los dioses antiguos: el cimiento mismo de esta gran cultura antigua. De esta forma, la milpa como representación del plano cosmológico, el agua de los dioses de la lluvia (Chaak`ob), el vínculo con las deidades de la naturaleza (Yuntzil`ob), o el sagrado maíz (ixim), perdían su sustento.

El contingente humano sobre el cual se sustentó la hacienda maicero ganadera, fue prácticamente el mismo que hizo posible el surgimiento de la plantación. Esta población maya, superior al 50%, llevaba más de un siglo estrechamente ligada al poderoso grupo de los criollos, por lo cual esas relaciones habían erosionado su identidad étnica, volviéndola "negativa", como señala la antropóloga Alicia Barabas en su estudio "Colonialismo y Racismo en Yucatán".

Cuando este sector de la etnia fue requerido por los mayas rebeldes en la guerra de 1847, no sólo no se unieron a la lucha contra los "blancos", sino que se aliaron a éstos, en unos casos por la fuerza y en otros voluntariamente, seducidos por el nuevo status de "hidalgos" que les confería esta alianza.

Por lo tanto, no es extraño que la "ruptura cultural" en la cosmovisión del mundo maya, propiciada por la plantación, no encontrara una fuerte oposición en la región henequenera, como sucedió en la zona cañera del Oriente.

Estructural e ideológicamente dominados, los mayas henequeneros se separaron de su etnia y su historia, con lo cual no pudieron ya desasirse del dominio criollo, a diferencia de los mayas rebeldes del Oriente, cuyos últimos sublevados fueron arrinconados en el centro de Quintana Roo, como nos ilustran Miguel Bartolomé y Alicia Barabas en el estudio "La resistencia maya. Relaciones interétnicas en el Oriente de la península de Yucatán".

Sin embargo, para 1870 la mayoría de los combatientes mayas había sido pacificada y reintegrada a la "situación colonial". De esa manera, la esclavitud maya en Yucatán se prolongó hasta la llegada del general Salvador Alvarado.

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