9 de Febrero de 2010

Reformas de fondo, sólo con la Izquierda
2009-11-19

Por Ricardo Monreal Avila

España, Francia, Alemania, India, Brasil, Chile y Argentina son países que tienen un común denominador político: sus gobiernos de izquierda lograron impulsar las reformas económicas, fiscales, laborales, educativas y políticas que les dieron viabilidad y competitividad en medio de la globalización. Más aún, gracias a esas reformas estas naciones podrán salir relativamente rápido de la crisis financiera internacional en curso.

En sentido contrario, podríamos mencionar que también hay gobiernos y programas económicos de izquierda que produjeron un resultado contrario, es decir, hicieron retroceder a sus países o por lo menos estancaron a sus economías, como el caso de Rusia, Corea del Norte y Venezuela.
El caso de México es especial. Con una larga transición democrática, se arribó a una alternancia en el poder público, pero no a una alternativa en el modelo económico y social. Disponemos de una mejora sustancial en los procesos electorales, pero no de una mejora en las condiciones económicas del país ni, mucho menos, de una mejor calidad de vida social para los habitantes. La democracia en México se quedó a nivel de la superficie, lo electoral, no reflejándose en una mejoría en las mesas ni en los bolsillos de los ciudadanos.
Gran parte del fracaso de este modelo de democratización (rico y exuberante en lo electoral, pobre y raquítico en lo social y económico), se debe a las visiones y limitantes conservadoras de origen. En primer lugar, se partió erróneamente de que una transición democrática se constriñe a tener procesos electorales limpios, creíbles y legítimos. Es decir, que una democracia nace y acaba en las urnas. “Basta con elecciones limpias y todo lo demás cambiará por sí solo”, es la premisa de esta visión conservadora.
En segundo término, el arreglo político que impulsó esta transición desde la década de los ochenta del siglo pasado sólo contemplaba dos fuerzas básicas, PRI y PAN, excluyendo de este diseño de alternancia cualquier posibilidad real de ascenso de la izquierda al poder público. En otras palabras, ese arreglo partía de la premisa implícita de impulsar un bipartidismo en el país o, a lo sumo, de tener un partido de dos fuerzas y media, donde la izquierda fungiera como una bisagra entre los dos grandes, sin posibilidades reales de aspirar al poder. Un partido de izquierda de 20e votos, frente a dos grandes de 40ada uno, era un sistema funcional a este modelo de transición conservadora. En cuanto la bisagra creciera y pudiera disputar el poder, entonces la izquierda sería tratada por PAN y PRI, como “un peligro para México”. Situación que se presentó en el 2006.
Pero la esencia de este modelo conservador de alternancia del poder no radicó únicamente en el arreglo bipartidista básico PRI-PAN, sino en el acuerdo de mantener intocado el modelo económico. Se podría cambiar de siglas en el poder público, pero no en el modelo de privilegios, prebendas y beneficios económicos para una oligarquía en el país, basado en la concentración de la riqueza, en el desmantelamiento del mercado interno y en la expansión de la pobreza. Un modelo económico que mantiene fiscalmente protegidas a 424 grandes corporaciones empresariales y bajo el terrorismo fiscal y la amenaza de quiebra a más de 70 mil pequeños y medianos empresarios.
Hoy que ese modelo concentrador de la riqueza se encuentra en entredicho por los efectos de la crisis financiera global, PRI y PAN se culpan denodadamente. A lo largo de las últimas dos décadas, ambos partidos han tenido la oportunidad de impulsar las reformas que el país necesita, pero no han podido por los intereses económicos oligárquicos que representan. Por ello es que sólo sacan “reformitas” o remedos de reforma, que más tardan en ser aprobadas por el Congreso, que en ser rechazadas por el gobierno y la sociedad.
Las reformas de gran calado que el país necesita en lo fiscal, en materia de pensiones, educación, competencia económica, laboral y salud, entre otras, sólo podrán ser impulsadas cuando se permita a la izquierda acceder al poder público. La razón es sencilla: las reformas necesarias (no las posibles) implican tocar los intereses de la oligarquía económica, política y sindical, como primer paso, y generar confianza y credibilidad entre trabajadores, clases medias y pequeños y medianos empresarios, como segunda condición.
La izquierda es la única que podría emprender estas medidas, ya que carece de las vinculaciones orgánicas y corporativas con el sector oligárquico, principal obstáculo para que la economía se democratice y para que la distribución de la riqueza cree una sociedad menos desigual y fragmentada.
Es importante explicar que ninguna de las izquierdas que han logrado poner en pie y en la ruta del crecimiento económico a España, India, Chile o Brasil, son anticapitalistas. Son izquierdas antioligárquicas, antimonopólicas, anticorporativistas en lo sindical, antiautoritarias en lo político, anticoncentración del ingreso y anticorrupción en lo social. En cambio son procompetencia en lo económico, proliberales en lo político, prosindicatos libres, pro Estado de Derecho, prodistribución de la riqueza y a favor de una nueva ética social y pública. Están en contra del “capitalismo de cuates” (Joseph Stiglitz), del capitalismo monopolista depredador de las personas y del medio ambiente, pero no del mercado con responsabilidad social, del capital con rostro humano y del llamado “desarrollo verde” o sustentable.
Por ejemplo, el PRI difícilmente impulsará una reforma que abra realmente a la competencia el sector telecomunicaciones, que permita una tercera cadena de televisión o más empresas en la telefonía. El gobierno actual jamás democratizará sindicatos como el de maestros o el de petroleros, porque son sus pilares de apoyo. El PAN nunca promoverá una verdadera regulación bancaria que obligue al sector a bajar sus altas comisiones y tasas de interés. Ni PRI ni PAN eliminarán los regímenes de excepción fiscal para grandes corporativos privados.
Las verdaderas reformas que podrían hacer crecer al país, generando millones de empleos bien remunerados y distribuyendo con mayor equidad la riqueza nacional, implican cortar el cordón umbilical entre poder político y poder económico (núcleo central de cualquier sistema oligárquico), y esta cirugía mayor sólo puede realizarla una izquierda moderna, socialdemócrata, asentada en el poder. Esta izquierda es la que actualmente está construcción en el país y no habrá que perderla de vista.

ricardo_monreal_avila@yahoo.com.mx

 

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