9 de Febrero de 2010

México: país de grandes pensadores
2009-11-12

María Teresa Jardí

Se podría decir que hasta la corrupción generalizada entre la clase política por Miguel Alemán impulsada en México el pensamiento era lo que iba dictando las reglas del funcionamiento de la cosa pública, jurídica, social y política. Y aunque a trompicones, debido a la juventud del país, las decisiones que se tomaban se reflexionaban antes de ser impulsadas. Y, quizá, hasta Díaz Ordaz, todo lo más hasta López Mateos, para atrás, las decisiones no se impulsaban, en general, como verdades absolutas.

Cultos y preparados en las universidades mexicanas —gran número de políticos egresados de la UNAM— no tenían el cerebro mutilado por las universidades gringas.
Mutilado, sí, como lo tienen todos claramente desde Salinas. Aunque probablemente desde Echeverría el mal ya había permeado de tal manera a la clase política que, como anunciaba su crónica, acabaría por tornarse en un cáncer terminal.
Y en el punto de enfrentar una gravísima enfermedad terminal, empeñada en llevarnos a la tumba a millones, transita hoy la sociedad mexicana.
El pueblo mexicano se encuentra enfrentado a tantas y tan prolongadas crisis de magnitudes impensables por otros pueblos del planeta, que, quizá, si como sociedad lo entendemos y empezamos a tomar por nuestra cuenta las decisiones que lleven al cambio de paradigmas, igual y podríamos ir construyendo otro lugar posible, del que México no debió apartarse. Si logramos recobrar la dignidad como personas, quizá, podremos empezar a construir el orgullo de sabernos y de ser mexicanos.
Los valores tienen que regresar al cauce, no televisivo, que los define. Lo injusto no es justo y el regreso a la justicia es imprescindible. No hay embarazos a medias. Tampoco la mentira es medio cierta. Se es honesto o se elige ser corrupto. Tampoco existe la honestidad a medias. Se ama a México o no se le quiere. Aceptamos al otro respetando su manera de sentir y pensar o nos convertimos en racistas a secas. Ni los valores ni menos aún los principios aceptan medias tintas. O se tienen o no se tienen. Se respetan y ponen por encima del actuar cotidiano o se tiran a la basura con todas sus funestas consecuencias. Aquello de tener la conciencia tranquila no es poca cosa. La vida en bunker por mucho poder y dinero que se tenga no deja de ser una vida carcelaria que mutila la conciencia.
Pero… ¿Cómo recobrar los valores y los principios?, se preguntarán ustedes de inmediato.
Es un ejercicio diario, me parece, que no debimos dejar de hacer como tarea cotidiana.
Lo entendió Benito Juárez y por eso la derecha lo detesta. La justa medianía necesaria para vivir es lo que propicia que la vida sea digna.
No es digna la vida de quien para tener y acumular jode a otros muchos a los que deja sin nada.
No merecen el más mínimo de los respetos los integrantes de los tres poderes que a la mexicana sufrimos, los que convertidos en un solo dios, adorando a su becerro de oro, Padre, Hijo y Espíritu Santo se consideran. Poderes que ya no generan ni el menor de los respetos por parte del pueblo mexicano. Y tampoco los respetan ni siquiera los gobernantes que por intereses, de sus connacionales, les entregan premios fingiendo que lo hacen. Por detrás hablan pestes de los desgobernantes a la mexicana que para el mundo son ejemplo de la corrupción asesina también de las neuronas.
Como sociedad tenemos que empezar por algo. Así como ayer con el paro se habrá empezado, en algunos lugares con más éxito y en otros con menos, pero igual enviando el mensaje de que estamos hartos los mexicanos de ser el pueblo dominado por los perversos intereses de fascistas pervertidos, de quinta, que trasladaron su cerebro al bolsillo de su chaqueta. Hace tiempo que salta a la vista que como sociedad debemos pegarles en ese bolsillo a las empresas que forman parte de las mafias que adueñadas del poder se quedan todo el dinero para ellas.
Es el único lenguaje que saben hablar, adoradores que son del becerro de oro como su único dios verdadero y absoluto. Lo hacemos y las tronamos económicamente. O nos condenan, con nuestro permiso, a vivir la represión que ya instrumentan.
Apagar el televisor, cancelar Cable y otros sistemas de televisión de paga, no acudir a comprar a ninguna de las cadenas que como mega almacenes en cada esquina tenemos, regresar a nuestros tendejones y a nuestros mercados, me parece, que podría ser el inicio que nos llevará, solidariamente, a empezar a recobrar nuestros valores y principios.

 

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