9 de Febrero de 2010

Carstens y la UNAM
2009-11-09

Bucareli
Por Jacobo Zabludovsky

El rector José Narro Robles recoge una inevitable tradición de la UNAM: afirmar su presencia en la vida de todos los mexicanos.

El miércoles pidió “la refundación de la República”.
No es exceder sus atribuciones. La UNAM tiene obligación, desde sus orígenes, de tomar papel protagónico en la decisión de nuestro destino. En 1910, al refundar la universidad, Justo Sierra habló de “mexicanizar el saber” y de acercar el conocimiento a la solución de los problemas nacionales.
“Una universidad es un centro donde se propaga la ciencia, en el que se va a crear la ciencia… la ciencia es laica, la ciencia no tiene más fin que estudiar fenómenos y llegar a esos fenómenos últimos que se llaman leyes superiores. Nada más. Todo lo que de esta ruta se separe puede ser muy santo, muy bueno, muy deseable, pero no es ciencia”, dijo Justo Sierra. Hablaba no sólo a universitarios.
En este periódico por él fundado, don Félix F. Palavicini publicó, el 14 de julio de 1917, un temprano requerimiento de autonomía: “Para conservar la Universidad Nacional en aptitud de corresponder a los altos fines para los que fue creada, se requiere que subsista ajena a las fluctuaciones de la política, independiente del poder público, libre de toda intervención oficial y no con las limitaciones, la esclavitud burocrática y la tutela ministerial…”
En 1929, al otorgársele la autonomía, el punto octavo de su Ley Orgánica la sacaba del claustro: “Es indispensable que, aunque autónoma, la universidad siga siendo una universidad nacional…”. La nueva ley orgánica de 1944 confirmaba: “Tiene por fines formar profesionistas, investigadores, profesores universitarios y técnicos útiles a la sociedad; organizar y realizar investigaciones, principalmente acerca de las condiciones y problemas nacionales y extender con la mayor amplitud posible los beneficios de la cultura”.
Es innecesario abundar, apoyando la tesis de que la UNAM debe involucrarse en la búsqueda de soluciones a nuestros problemas, en el hecho de que sus egresados han creado las instituciones vertebrales del país y se integran en todos los organismos del gobierno y de la iniciativa privada. Esas aportaciones individuales al progreso colectivo son paralelas a la misión institucional de la mayor casa de estudios en español.
La palabra refundar causó temor entre algunos. Busco su significado en el Diccionario de la Real Academia Española y ¡descubro un error!: figura la palabra refundación como “acción y efecto de refundar”, pero la palabra refundar no está clasificada en el libro. Y mi computadora la subraya en rojo como equivocación. Le escribiré a mi amigo Víctor García de la Concha, Director de la RAE, con objeto de aclarar el asunto.
El desorden de este Bucareli me lleva al desorden de las nuevas leyes fiscales y al mazacote de declaraciones en que se han empeñado el presidente Felipe Calderón y su secretario de Hacienda, Agustín Carstens. Don Felipe empezó culpando a los empresarios que más ganan de no pagar impuestos excepto “rara vez”. El señor Armando Paredes, presidente del Consejo Coordinador Empresarial, protestó y reviró en nombre de los causantes. Dijo que el presidente había sido engañado por el secretario y rechazó la descuidada generalización. “Ah, caray”, dijo el señor Calderón y rectificó afirmando que la mayoría sí paga. Fue cuando el señor Carstens, viendo que la polémica estaba en vías de llegar a algo concreto, intervino para evitarlo. “Yo no fui”, exclamó indignado y rechazó haber dado a su jefe información falsa sobre elusión fiscal.
Quiere decir que don Felipe se aventó como el Borras o tiene otras fuentes más fiables de información fiscal que la Secretaría de Hacienda.
El problema, otro, es que cuando don Agustín agarra vuelo no hay quien lo detenga. Ya apropiado de la palabra se lanzó contra las empresas “que (cuentan) con un gran apoyo de todo un ejército de despachos contables que lo único que están viendo es cómo lograr un menor pago de impuestos”.
Es decir, que el secretario de Hacienda ya no se queja de la evasión sino de que las empresas hagan lo que hacemos todos los contribuyentes del mundo: pagar lo que tenemos que pagar de acuerdo con la ley. Si la ley permite “que se pague menos” y al secretario le molesta esa manera de cumplir las obligaciones fiscales, que reforme la ley.
La pintoresca forma de dirigir las finanzas públicas puede llegar a convertir en delito pagar justo lo que debemos. No tendremos derecho a no pagar de más.
México será el primer país del mundo en obligar a pagar más de lo obligado.

 

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