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Y polarizó a la opinión pública nacional con su insistencia de crear equipos de limpia, de rudos, para enfrentar a secuestradores y narcotraficantes. De un lado estaban muchos sampetrinos que, hartos de la inacción federal, estatal y municipal para frenar la ola de secuestros y venta de protección, se mostraban dispuestos a sacrificar la legalidad en aras de su tranquilidad. Son los mexicanos que aplaudían el arrojo de un alcalde que no se detenía, ni con el freno de la ley, para acabar con el crimen organizado. Su lema: “Por fin un político que ya no se hace güey”. Del otro lado aparecían los conscientes de las implicaciones de legalizar las guardias blancas, esos escuadrones de la muerte que como ya se probó en Colombia y en otras latitudes, terminan convertidos en una lacra peor que la que se pretende combatir. Son los mexicanos que censuran que se renuncie al estado de derecho para destapar una caja de Pandora de la que saldrán demonios mayores. Su lema: “La delincuencia no se combate con delincuencia”. Pero Mauricio Fernández se creció frente a los apoyos de quienes lo aplaudían y despreció los llamados a recobrar la cordura y la legalidad. En sus pronunciamientos, el alcalde de San Pedro desdeñó sistemáticamente la Constitución y el estado de derecho, ridiculizó al gobierno federal y pretendió imponerse asimismo por encima del Estado mexicano. El cuestionamiento de fondo era simple. ¿Por qué un alcalde tiene que crear “grupos de limpieza” cuando tiene toda la autoridad para legitimar a esos personajes rudos como policías del municipio que gobierna? La única respuesta es que esos “grupos de limpieza” actuarían al margen de la ley, como el propio alcalde de San Pedro terminó admitiendo en distintos medios de comunicación. ¿O es que acaso esos “grupos de limpieza” podrían no ser otros que justicieros de los mismos cárteles defendiendo la territorialidad de su plaza? Pero lejos de apagarse, el caso creció. Y dando muestras de un precario equilibrio emocional, Mauricio Fernández modificó una y otra vez –en prensa, radio y televisión– sus controvertidas declaraciones. Comenzó la semana revelando que fue “mi grupo de inteligencia” el que le avisó de la ejecución de “El Negro” Saldaña cinco horas antes de que se conociera su identidad en la Ciudad de México. Y terminó la semana rectificando que fue “una llamada anónima” la que le reveló la muerte de quien se presume era el principal secuestrador de San Pedro. Comenzó la semana declarando que el gobernador de Nuevo León le había confirmado la ejecución minutos antes de rendir su protesta como alcalde. Pero terminó la semana desmentido por Rodrigo Medina, quien declaró que “No fue así”. Que él nunca le confirmó nada. Mauricio Fernández no tuvo más que aceptar que lo había malinterpretado. Comenzó la semana admitiendo que los “grupos de limpieza”, los rudos, operarían al margen de la ley para sacar por la buena o por la mala a los secuestradores de San Pedro. Y terminó la semana confiando en que los “grupos de limpieza” nunca se fueran a utilizar y que si lo tuvieran que hacer, fuera para capturar a los criminales y entregarlos a la autoridad. ¿Qué eso no se llama policía? Los pronunciamientos del alcalde de San Pedro, lejos de lograr un consenso a favor, fueron dividiendo a la opinión pública. Pero el común denominador fue que nunca pudo sostener una misma versión, ni dar una respuesta coherente. Cambiaba por minutos, se contradecía, titubeaba y se enfadaba frente a los cuestionamientos de los comunicadores que no daban crédito a sus ilógicas tesis y absurdos planteamientos. El escándalo alcanzó tales dimensiones nacionales, que el gobierno federal se vio obligado a recuperar la agenda para ratificar el estado de derecho. Y el secretario de Gobernación salió a recordar que nadie está por encima de la ley, porque de lo contrario se convierte en un delincuente. Cuestionado específicamente sobre la propuesta de Mauricio Fernández de crear “grupos de limpieza”, dijo que “la fuerza ejercida fuera de los ámbitos de la ley y del derecho es simple y sencillamente ilegal. Y el que la use bajo cualquier discurso se convierte en delincuente”. Gómez Mont dijo que “el que no quiera escuchar,que se atenga a las consecuencias (…). No se puede aceptar que con delincuencia se abata la delincuencia (…). No se puede defender la legalidad con la ilegalidad”. Y es que, aunque tarde, el gobierno federal tenía que poner un dique de contención a lo que se había desbordado y estaba fuera de control. Polarizando a la sociedad. La demostración más clara de que el hartazgo estaba orillando a una autoridad, así fuera municipal, a aceptar que el Estado había perdido el monopolio del uso de la fuerza. Y que al tener que recurrir a “grupos de limpieza” o guardias blancas, se estaba reconociendo que México se colocaba en la antesala de convertirse en un Estado fallido. Analicemos. DE CONTRADICCIÓN EN CONTRADICCIÓN CON JOAQUÍN LÓPEZ-DÓRIGA, Radio Fórmula / 1:30-3:00 p.m. López-Dóriga: “Este grupo de limpieza personal, rudo, es gente que va a actuar (...) pues al margen de la ley, ¿no? Mauricio: “Pues en alguna forma es correcto (…)”. CON CIRO GÓMEZ LEYVA, Milenio TV / 10:30 p.m. Ciro: ¿Está funcionando un escuadrón de la muerte bajo las órdenes del presidente municipal de (San Pedro) Garza García? Mauricio: No, absolutamente. Para nada, Ciro. Lo que sí ya tengo funcionando es un equipo de inteligencia. Ése es Mauricio Fernández Garza. Un hombre inteligente, creativo, pragmático y osado, que siente que puede modificar radicalmente lo que dice el mismo día, sin que alguien se dé cuenta. Sin consecuencias. Un político arriesgado que toma ventaja del hartazgo y el miedo social generados por la inseguridad y la inacción de los gobiernos para promover la ilegalidad como instrumento de purificación. Pero se le olvida que ya no es candidato. Que las promesas de campaña se terminaron el 4 de julio. Y que el 31 de octubre tomó posesión como alcalde prometiendo cumplir y hacer cumplir la ley. Y que al momento de invocar a los “grupos de limpieza”, pierde de vista que el monopolio del uso de la fuerza pertenece, por ley, a sus cuerpos policiacos. Es cierto que no son los más eficientes. Que pueden ser incompetentes o pueden estar infiltrados. Pero como jefe de jefes de la Alcaldía de San Pedro, él tiene facultades para renovarlos. ¿Cuál es la diferencia de dar a sus “rudos” un uniforme y habilitarlos para que operen desde la legalidad que les da el estado de derecho? La permanente exhortación a operar desde la clandestinidad abre esa caja de Pandora que libera todos los males, excepto la esperanza. Y esa esperanza es la que sirve de apoyo para cosechar una ovación de cinco minutos en su toma de posesión cuando declara que se tomará atribuciones que no tiene para combatir a quienes tenga que combatir. Pero al amparo del enervante aplauso, el que presumió en distintos programas de radio y televisión, se comienzan a tejer historias. Algunas ciertas, otras verdades a medias que se van completando conforme más declara, y algunas falsas. El alcalde de San Pedro tiene que explicar hoy, más allá de su última versión de la llamada anónima que le anticipó la ejecución de “El Negro” Saldaña, quién le avisó. Porque si en un principio dijo que eran sus grupos de inteligencia, y ante el desmentido del gobernador debió decir que fue una llamada anónima, se pueden tejer muchos supuestos. Si fueron sus propios grupos de inteligencia, como inicialmente presumió, ¿quiénes fueron?, ¿cómo consiguieron la información?, ¿fueron ellos los ejecutores? Si fue una llamada anónima, ¿a qué teléfono le hablaron?, ¿al de la oficina?, ¿a su casa?, ¿al celular?, ¿al de uno de sus asistentes?, ¿el informante era el vengador “anónimo”? ¿Le tenía tanta confianza al informante “anónimo” como para tomarle la palabra y anunciar en su toma de posesión la ejecución como un hecho consumado? ¿O es que el informante no era tan “anónimo”? Y sobre los llamados “grupos de limpieza”, ¿por qué tantas versiones en apenas 24 horas?, ¿bajo qué presupuesto operan?, ¿quién les da las órdenes?, ¿quiénes definen al próximo ejecutado? Quizá valdría la pena voltear la vista a otras latitudes. Y aprender en cabeza ajena, antes de soltar los aplausos al vuelo. Miremos hacia Colombia. *Director de Reporte Indigo.
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