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A propósito, desde la más alta dirección, aunque sin mayores precisiones, se ha planteado la necesidad de realizar “cambios estructurales y de conceptos”. Al propio tiempo en órganos alternativos cubanos circulan ideas, propuestas e incluso críticas atendibles y los debates convocados por el Partido, aunque parecen tener un rico contenido, no alcanzan los medios de difusión, por lo cual el conocimiento y la participación de militantes y dirigentes se limitan a lo que ocurre en su radio de acción. Por primera vez en cincuenta años se percibe una presión de abajo hacia arriba y probablemente una brecha generacional. En tan compleja coyuntura, además de las percepciones que el pueblo, los militantes de base y los observadores y críticos legos obtienen mediante sus propias observaciones empíricas, con frecuencia expertos, especialistas de alta calificación o intelectuales de renombre, realizan comentarios, ponen en circulación ideas, plantean críticas o adelantan sugerencias que por su contenido e intención positiva merecerían mayor atención. Como botón de muestra, entre esos pronunciamientos figuran los de Fernando Martínez Heredia, militante revolucionario y uno de los más sólidos exponentes de las ciencias sociales cubanas, Premio Nacional de Ciencias Sociales quien recientemente escribió: “Estamos en medio de una sorda batalla de ideas dentro de la Revolución…” y Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, una de las mentes más esclarecidas de la sociedad civil cubana, quien ha afirmado que: “La mayoría de los cubanos cree que debe haber un socialismo más democrático y participativo… y pide que los cambios sugeridos por el presidente Raúl Castro, sean algo más que: “ejercicios mentales y de oratoria más o menos acertada.” Se trata de un segundo anillo de análisis que no tiene porqué ser “una batalla”, sino que pudiera constituirse en un intercambio fluido, fraterno y maduro que por derecho propio el Partido condujera hasta arribar a propuestas constructivas que alimenten los circuitos institucionales de toma de decisiones, a los cuales, como al Parlamento, lo mismo que a otras instancias de dirección colegiada se les echa de menos. La coyuntura da lugar a un proceso de selección natural mediante el cual, influidos por la crítica o por ideas ajenas al proceso revolucionario, ciertos elementos se decantan, tomando distancia del proyecto socialista, sugiriendo reformas que en realidad son retrocesos o simplemente abandonando una nave que consideran en aprietos. Ignorar que esas tendencias progresan, producen desmovilizaciones, conspiran contra la unidad y la cohesión y debilitan a la Revolución, no conduce a ninguna solución, sino todo lo contrario. La pertinencia y para muchos la urgencia de análisis que conduzcan, no sólo a la recepción de las opiniones, sino a la adopción de medidas, se deriva de un visible agravamiento de la situación económica y social, que de no ser atendida a tiempo y de modo eficaz, puede asumir componente políticos. Si bien meses atrás el optimismo se nutrió de una evidente recuperación y sostenidamente se comenzó a remontar la calamitosa situación creada por la desaparición de la Unión Soviética que había empujado a la economía nacional a una caída libre, la crisis económica mundial que comenzó en los Estados Unidos, anuló los discretos avances obtenidos y reinició otro retroceso. La crisis ha revelado graves problemas estructurales relacionados, entre otras cosas, con un régimen de tenencia de la tierra y de políticas agrarias que ha conducido a que un importante por ciento de superficie cultivable se encuentre ociosa o se explote por debajo de sus posibilidades, mientras se importan la mayor parte de los alimentos y de las materias primas agropecuarias. La situación general de la economía hace perder empleos, merma la productividad del trabajo y aumenta el gasto público. Cuando la pobreza aumenta, en lugar de más subsidios, el Estado puede ofrecer menos. A todo ello contribuyen reiteradas catástrofes naturales que han tenido un efecto devastador sobre la economía nacional y sobre el nivel de vida de las familias más pobres, cuya escasa solvencia no puede ser, como en otros tiempos apoyadas por el Estado. Las epidemias que azotan al mundo y la región, también hacen impacto en Cuba afectando la salud, poniendo en riesgo la vida de las personas y generando gastos adicionales. Todo ello ocurre sobre un fondo de medio siglo de incesante batallar y una crisis extrema que dura 15 años, circunstancias agravadas por el persistente bloqueo y por un fuerte y agresivo cuestionamiento político e ideológico que obliga a Cuba a una incesante actividad defensiva. En su conjunto tales circunstancias, inevitablemente producen tensiones sociales. El crecimiento de la corrupción, de todo tipo de delitos, especialmente los económicos no se explican sólo por las carencias materiales, sino por una visible quiebra de valores. No obstante la labor del Partido, las instituciones educacionales del Estado y las organizaciones populares, es difícil impedir que tales situaciones sociales y económicas no adquieran connotaciones políticas. Naturalmente que estos puntos de vista, lo mismo que otros, son resultado de impresiones personales, experiencias locales y anécdotas e incluso pueden estar contaminados con percepciones erróneas. No obstante lo válido es la intención de llamar la atención. Los observadores, los críticos y militantes revolucionarios, pueden estar equivocados. Quien no puede equivocarse es el Partido de quien se esperan las respuestas.
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