|
Que se confesaron, puede ser cierto. Mas ello no significa que se hubieren reconciliado con esa institución que los persiguió con tanta saña y crueldad. Mucho menos significa que se hubiere levantado la excomunión dictada contra ellos. De hecho, no existe un solo documento oficial de la Iglesia anulando tal castigo. Es más: justo antes de ser fusilado Hidalgo, se le leyó el decreto de excomunión firmado por el obispo de Michoacán, Manuel Abad y Queipo, quien para emitirlo se dijo investido nada más ni nada menos que con la “autoridad del Dios Omnipotente, El Padre, El Hijo y El Espíritu Santo y de los santos cánones, y de las virtudes celestiales, ángeles, arcángeles, tronos, dominaciones, papas, querubines y serafines: de todos los santos inocentes, quienes a la vista del santo cordero se encuentran dignos de cantar la nueva canción, y de los santos mártires y santos confesores, y de las santas vírgenes... juntamente con todos los santos y electos de Dios”. Dice en algunas de sus partes el susodicho decreto, refiriéndose a Hidalgo: “Que el Hijo, quien sufrió por nosotros, lo maldiga. Que el Espíritu Santo, que nos fue dado a nosotros en el bautismo, lo maldiga. Que la Santa Cruz a la cual Cristo, por nuestra salvación, ascendió victorioso sobre sus enemigos, lo maldiga. Que la santa y eterna madre de Dios, lo maldiga. Que San Miguel, el abogado de los santos, lo maldiga. Que todos los ángeles, los principados y arcángeles, los principados y las potestades y todos los ejércitos celestiales, lo maldigan”. Y más adelante ordena el decreto de excomunión que Hidalgo “sea condenado... en dondequiera que esté, en la casa o en el campo, en el camino o en las veredas, en los bosques o en el agua, y aún en la iglesia. Que sea maldito en la vida o en la muerte, en el comer o en el beber; en el ayuno o en la sed, en el dormir, en la vigilia y andando, estando de pie o sentado; estando acostado o andando, mingiendo o cantando, y en toda sangría. Que sea maldito en su pelo, que sea maldito en su cerebro, que sea maldito en la corona de su cabeza y en sus sienes; en su frente y en sus oídos, en sus cejas y en sus mejillas, en sus quijadas y en sus narices, en sus dientes anteriores y en sus molares, en sus labios y en su garganta, en sus hombros y en sus muñecas, en sus brazos, en sus manos y en sus dedos. Que sea condenado en su boca, en su pecho y en su corazón y en todas las vísceras de su cuerpo. Que sea condenado en sus venas y en sus muslos, en sus caderas, en sus rodillas, en sus piernas, pies y en las uñas de sus pies. Que sea maldito en todas las junturas y articulaciones de su cuerpo, desde arriba de su cabeza hasta la planta de su pie; que no haya nada bueno en él. Que el hijo del Dios viviente, con toda la gloria de su majestad, lo maldiga. Y que el cielo, con todos los poderes que en él se mueven, se levante contra él.” Por si todo lo anterior no fuera suficiente, antes de darle muerte, a Hidalgo se le sometió a un bárbaro procedimiento para degradarlo como sacerdote, que consistió en rasparle la piel de la cabeza para eliminar la tonsura sacerdotal, y arrancarle las yemas del pulgar y el índice, dedos con los cuales se da la bendición y le habían sido consagrados el día de su ordenación. Y como remate, su cadáver fue decapitado y la cabeza se exhibió durante nueve años en una esquina de la Alhóndiga de Granaditas, en Guanajuato. Así que no nos venga ahora el clero con el cuento de que Hidalgo no murió excomulgado sino dulce y tiernamente reconciliado con la Iglesia. Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx
|